El rugido de Megadeth en Tecnópolis: nostalgia eléctrica, un falso adiós y la promesa tácita de un regreso inevitable
En el marco del "This was our life tour", Dave Mustaine y su escudería reventaron un predio repleto hasta la asfixia. Con un sonido que golpeaba el pecho y un guiño histórico a su eterna comunión con el público local, la banda brindó un show demoledor que dejó gusto a final abierto.
La marea negra copó Tecnópolis hasta no dejar un solo centímetro libre para caminar. El predio se transformó en un hervidero intransitable, la escenografía perfecta para recibir el "This was our life tour", la gira que Megadeth vendió como su despedida definitiva de los escenarios. Bajo la promesa de presentar su último material discográfico y bajar la persiana de una carrera monumental, la expectativa flotaba en un aire espeso, cargado de esa electricidad que solo el metal sabe convocar. Sin embargo, la noche guardaba un as bajo la manga: el adiós, en el fondo, nunca se sintió como tal.
El ritual comenzó temprano con la furia local de Against. Desde las 20:30, la banda argentina tomó por asalto el escenario con un guitarrista que lució una muñequera blanca, en un claro homenaje al estilo del histórico líder colorado. Mientras el reloj devoraba los minutos previos a las 21, las pantallas del recinto proyectaron un código QR, invitando al público a escanearlo y "ayudar" a decidir el setlist de la velada.
Cuando las luces se apagaron y la distorsión rasgó la oscuridad, el sonido se reveló impecable, como un bloque de cemento que golpeaba directo contra el pecho. La formación actual, un verdadero tanque de guerra musical integrado por Mustaine, el virtuoso Teemu Mäntysaari en la guitarra líder, el aplomo de James LoMenzo en el bajo y la metralla rítmica de Dirk Verbeuren en la batería, rompió el hielo con la apertura de "Tipping Point". Pegado a eso, soltaron el clásico inmortal "Hangar 18" y la afilada "She-Wolf", desatando un pogo infernal que sacudió los cimientos del lugar.
Lejos de la imagen del líder hosco y distante, Mustaine se mostró de un humor envidiable y manejó los hilos del monstruo a su antojo. En los primeros acordes de "Sweating Bullets", dio un paso atrás y dejó que un público completamente endemoniado cantara solo las primeras estrofas. Minutos después, justo antes de detonar "I Don't Care", clavó la mirada en la primera fila. "¿Estás bien? Parece que te estrujaron todo", le preguntó a un fanático, soltando una sonrisa cómplice antes de indagar cuántos de los presentes ya conocían el nuevo álbum.
El clímax de la devoción llegó de la mano de "Symphony of Destruction" y el ya mitológico cántico criollo “Megadeth, Megadeth, aguante Megadeth”. Tras los últimos acordes, el "Colo" caminó de lado a lado del escenario, bañándose en la ovación ensordecedora de sus fieles. Con micrófono en mano, sacó chapa de su vigencia y explicó con orgullo que las canciones "Tipping Point", "I Don't Care" y "Let There Be Shred" alcanzaron el número uno en los ránkings de Estados Unidos, un hito comercial inédito para la banda en toda su historia.
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El epílogo de un falso adiós
El tramo final del recital fue una ametralladora de clásicos ineludibles. La veloz "Tornado of Souls", la crudeza visceral de "Mechanix" y un guiño sorpresivo a su propio pasado al despachar "Ride the Lightning", un icónico tema de Metallica, pavimentaron el camino hacia el cierre definitivo. Previo a soltar la furia de "Hook in Mouth", el líder miró a la multitud y preguntó: "¿Cómo se sienten hoy mis hermanos y hermanas... y mis niños?", confirmando ese rol de patriarca indiscutido del género. El final, letal y abrasador, llegó con la dupla dorada de "Peace Sells" y "Holy Wars... The Punishment Due".
Sin embargo, cuando las luces generales encendieron el predio tras exactos noventa minutos de distorsión ininterrumpida, la sensación colectiva fue unánime. No hubo una atmósfera de luto anticipado, no se derramaron lágrimas de despedida definitiva ni se escuchó un solemne "gracias por todos estos años" por parte de los músicos sobre las tablas. Faltó ese peso dramático que exige el cierre de una era.
A pesar de la etiqueta de gira final, lo que se vivió en Tecnópolis fue un show más, tan prolijo y contundente como cualquier otro de su extensa ruta. No abundaron las joyas extrañas perdidas en el catálogo ni se salió del libreto de forma extraordinaria. Fue un final abierto, una despedida que nadie en el lugar creyó del todo. Porque si algo quedó claro entre el humo, el sudor y los oídos zumbando, es que Megadeth va a volver. Es seguro.
Un huésped de honor con el corazón porteño
La carga emotiva de esta visita comenzó un día antes, lejos de los amplificadores y bajo los techos del Salón Presidente Perón. La Legislatura porteña decidió honrar el legado del músico y lo declaró Huésped de Honor de la Ciudad, a partir de un proyecto impulsado por la legisladora libertaria Silvia Imas. Durante la ceremonia, la funcionaria destacó la faceta artística de Mustaine, pero hizo especial énfasis en su figura como un símbolo y un ejemplo de fortaleza y resiliencia frente a las dificultades.
Lejos de la formalidad acartonada, el cantante recibió el reconocimiento con gratitud genuina y viajó en el tiempo hacia aquel mítico show de 1994 en Obras Sanitarias. Recordó cómo aquel único concierto inicial, con entradas agotadas al instante, fue la semilla que germinó en el famoso "Aguante Megadeth", un fenómeno cultural de exportación que sorprendió al mundo entero y forjó una lealtad indestructible entre la banda y el país.
El gesto institucional tuvo su eco inmediato en el ecosistema virtual. A través de su cuenta oficial en X, la banda compartió una foto del emotivo momento y publicó un sentido mensaje de agradecimiento. Allí remarcaron que la distinción no solo refleja el peso histórico de su legado, sino que materializa la profunda conexión entre su música y el público argentino, calentando motores a pocas horas de su reencuentro en el predio de Villa Martelli.
TC/DCQ
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