Contrastes

Fabricar cerámica y la diferencia entre invertir o cerrar

Algunas empresas eligen invertir y reconvertirse, mientras otras esperan que el Estado las rescate. El contraste entre dos empresas del de la industria cerámica brinda una lección que va mucho más allá del porcelanato.

Láminas San Pietro. Foto: Gentileza San Pietro Láminas

Hace no mucho tiempo estuve presente en el lanzamiento de una nueva planta de una reconocida empresa de Burzaco, provincia de Buenos Aires. No fue un evento de gala ni una inauguración con fanfarrias. Fue, en todo caso, un acto de convicción empresarial poco frecuente en la Argentina de estos años: una empresa que venía acumulando pérdidas importantes decidió no retroceder, sino dar un paso al frente y apostar por tecnología, diseño y producto diferenciado. 

En ese momento, el propio titular de la empresa fue claro: en dos años y medio habían perdido varios millones de dólares, y aún así habían optado por invertir en una planta nueva en lugar de frenar la producción e importar para sostener la cadena comercial. Una decisión, según sus propias palabras, "cero difícil de comprender" para cualquiera que mirara los números desde afuera.

El contraste con lo que pasó con otra fábrica de cerámicos, resulta casi pedagógico, y vale la pena analizarlo con honestidad. Esta segunda firma cerró su planta de Pilar en septiembre de 2025 y despidió a más de 300 trabajadores. Las razones que esgrimió la empresa —y que la prensa reprodujo— fueron las de siempre: caída del consumo, suba de costos, presión de las importaciones. 

Nadie puede negar que esos factores existen y que pesan. El sector cerámico en su conjunto atraviesa una de sus peores rachas en años, con demanda deprimida y competencia importada que no da tregua. Pero esos mismos condicionantes los enfrentan todas las empresas del rubro. La diferencia está en qué hace cada una frente a ellos.

Cerraron más de 24.000 empresas desde que asumió Javier Milei

Lo que la historia de fábrica cerrada deja en evidencia que no se trata sólo una crisis empresarial, sino la consecuencia de no haber tomado decisiones a tiempo. 

El titular de la empresa fue claro: en dos años y medio habían perdido varios millones de dólares, y aún así habían optado por invertir en una planta nueva en lugar de frenar la producción e importar"

Cuando el mercado todavía daba margen —aunque fuera estrecho—, no se hicieron las inversiones necesarias para pelear en otro segmento, mejorar la productividad o diferenciarse del producto importado. Y cuando el mercado dejó de perdonar, ya era tarde. El cierre llegó acompañado, encima, de un conflicto laboral que arrastra hasta hoy: trabajadores reclamando salarios e indemnizaciones adeudadas. 

La empresa reconvertida no la tuvo fácil, ni mucho menos. Su empresa madre, sigue todavía  enfrentando tensiones operativas serias: conflictos por provisión de gas en su planta de Burzaco, un Procedimiento Preventivo de Crisis homologado en 2026 y dificultades para sostener regularmente los salarios. No hay aquí una historia de éxito redondo ni una empresa que haya resuelto todos sus problemas de un plumazo. 

Hay empresas que miran hacia afuera y esperan que el Estado les resuelva el problema con un arancel"

Pero sí hay algo que vale la pena señalar: eligieron pelear con las herramientas que tenían, y eso implica una lógica completamente distinta a la de quien espera que el contexto mejore solo. La apuesta fue salir de la competencia por precio en el segmento básico —donde la guerra contra el producto importado es casi imposible ganar— y moverse hacia las láminas de porcelanato y piedra sinterizada de gran formato, compitiendo en diseño y calidad con productos europeos. No es una estrategia de expansión clásica; es una reconversión defensiva, inteligente y, sobre todo, productiva.

Esta diferencia de actitudes empresariales no es un fenómeno exclusivo de la cerámica. Lo venimos viendo en el textil, en el metalmecánico, en la industria del neumático. Hay empresas que, ante la adversidad, miran hacia adentro y se preguntan qué pueden hacer mejor, qué segmento pueden atacar, cómo pueden agregar valor. 

Y hay empresas que miran hacia afuera y esperan que el Estado les resuelva el problema con un arancel, un subsidio o una prórroga. Las primeras son las que eventualmente generan empleo de calidad y tienen futuro. Las segundas, en el mejor caso, sobreviven artificialmente hasta que el soporte se acaba.

Dicho esto, sería injusto cargarle toda la responsabilidad al sector privado y hacer como si el contexto no existiera. La industria cerámica argentina opera en condiciones que no son neutrales: costos energéticos que no paran de subir, una logística cara e ineficiente, financiamiento escaso y caro, y una demanda interna que tardó demasiado en recuperarse tras años de caída del poder adquisitivo. 

Todo eso es real y condiciona las decisiones. Una empresa que quiere invertir en tecnología necesita crédito accesible. Una empresa que quiere competir en diseño necesita insumos que lleguen a tiempo y a un costo razonable. Sin esas condiciones de base, la reconversión se vuelve una carrera de obstáculos que no todos pueden terminar.

Por eso, el caso de estas dos empresas no debería leerse sólo como una lección de management, sino también como una señal de política industrial. El Estado tiene que estar presente, pero no como bombero que llega cuando el incendio ya consumió todo, sino como facilitador de las condiciones para que las empresas puedan tomar decisiones de largo plazo. Eso implica crédito productivo a tasas accesibles, previsibilidad energética, una logística que no se lleve la mitad de la rentabilidad y una política activa de reconversión que acompañe a los sectores en dificultades antes de que los problemas lleguen al extremo del cierre y los despidos masivos.

La industria cerámica argentina tiene capacidad, tiene mano de obra calificada y tiene un mercado interno que, cuando funciona, demanda activamente. Lo que no puede darse el lujo es de seguir perdiendo tiempo esperando que las condiciones externas cambien solas. Una de las empresas lo entendió, y decidió apostar. La otra, lamentablemente, no llegó a ese punto. Entre esos dos finales hay una distancia que no se mide en metros cuadrados de porcelanato, sino en decisiones que se tomaron —o no se tomaron— cuando todavía había margen para elegir.

* Economista, empresario y presidente del Movimiento Productivo Argentino