Triángulo patrimonial

Guardianes de la historia: los monumentos dicen quiénes somos

El Obelisco, la Torre “de los ingleses” y la Pirámide de Mayo cumplen años en estos días y son un museo al aire libre. “Cuidar nuestro patrimonio mantiene viva nuestra identidad porteña”, dice el autor.

El Obelisco cumple 90 años. Foto: GCBA.

El Obelisco, la Torre Monumental en Retiro y la Pirámide de Mayo tienen algo en común: son más que monumentos, son puntos de encuentro, el ícono reconocible, la memoria compartida y una parte fundamental de la identidad de la Ciudad de Buenos Aires.

Si en vísperas de un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, producida en el corazón de la Ciudad, tuviera que hacer un recorrido por los símbolos que se erigieron con el espíritu de expresar una identidad nacional, no llevaría más de 30 cuadras visitar cada uno de ellos y ver la expresión de un país libre que fundaron los padres de la Patria.

Arrancaría por la Plaza San Martín, en Retiro y Puerto Madero, las principales puertas de entrada a la Ciudad, escenario de las oleadas inmigratorias y del desarrollo urbano a comienzos del siglo XX.

Vería la Torre Monumental, emplazada en el corazón de la plaza, un regalo que los ingleses hicieron a la Ciudad para conmemorar el centenario de la Revolución. Es por eso que, durante muchos años, incluso hasta hoy, muchos la llaman “la Torre de los Ingleses”.

Diseñada por sir Ambrose Macdonald Poynter, se construyó con ladrillos rojos y piedra labrada, mide 60 metros, tiene una cúpula en forma de corona con reloj y un campanario del cual se erige una veleta con forma de fragata isabelina que funciona como indicador de la dirección del viento. Tanto los materiales como sus trabajadores fueron trasladados directamente desde Inglaterra.

La Torre de los ingleses tiene una cúpula en forma de corona, con reloj, campanario y una veleta con forma de fragata isabelina que funciona como indicador de la dirección del viento"

 

En su 110° aniversario, la Torre vuelve a demostrar el valor que tienen los íconos en la construcción de nuestro patrimonio colectivo. A través de ellos es posible recorrer distintos momentos de nuestra historia —con sus aciertos y sus tragedias— que marcaron profundamente la identidad de la Ciudad y del país.

Luego caminaría por Reconquista, no más de 20 cuadras, hasta la Plaza de Mayo, donde me encontraría con su icónica Pirámide que, este 25 de mayo, cumple 215 años.

Esta obra se construyó en 1811 para rendir homenaje a quienes iniciaron la Revolución de Mayo. La Junta de Gobierno solicitó levantar este obelisco al alarife Pedro Vicente Cañete. Originalmente medía 15 metros de altura y estaba adornada con molduras y escudos nacionales en cada una de sus caras.

En 1856 se contrató al pintor y arquitecto Prilidiano Pueyrredón para que instalara una torre mayor, de 42 metros de altura, adornada con figuras de mármol que representaban la industria, el comercio, las ciencias y las artes.

¿Cuál es el origen del nombre de la Plaza de Mayo?

A finales del siglo XIX, Torcuato de Alvear, durante su intendencia, propuso reemplazar la Pirámide por una columna de bronce que conmemorase los sucesos de Mayo en el marco del proyecto de unificación de las plazas La Victoria y 25 de Mayo, pero la opinión pública desfavorable y la falta de apoyo en el ambiente cultural hicieron que se desestimara la idea de derrumbarla.

Sin embargo, persistió durante años la consideración de que el monumento era “primitivo” y poco digno de los acontecimientos históricos. Un tiempo más tarde, en 1912, bajo la intendencia de Joaquín Samuel de Anchorena, se trasladó hacia la Casa Rosada, lugar que ocupa hasta hoy.

En la mudanza, las esculturas no acompañaron el nuevo emplazamiento de la Torre, fue recién en 2017 cuando finalmente los cuatro ornamentos se colocaron en los vértices y volvieron a formar el símbolo de futuro que propuso Prilidiano Pueyrredón.

Para llegar al último ícono de este histórico recorrido, marcharía por Diagonal Norte hasta la Plaza de la República, sobre la Avenida 9 de Julio, para encontrarme con el símbolo por excelencia de esta Ciudad. El que aparece en imanes y fotos, el que es locación de eventos, performances y un punto de encuentro por excelencia: el Obelisco, la postal de Buenos Aires para el mundo que cumple 90 años.

Fue diseñado por el arquitecto Alberto Prebisch e inaugurado el 23 de mayo de 1936 para celebrar los 400 años de la primera fundación de Buenos Aires.

Este Monumento Histórico Nacional de 67,5 metros de altura tiene en su interior 206 escalones y un ascensor que viaja en un minuto a la cúpula, en la que se encuentra el mirador que nos devuelve una vista panorámica. Es un orgullo que, desde 2025, sea posible observar la inmensidad de la Ciudad desde allí gracias al trabajo que realizamos para convertirlo en una nueva propuesta turística.

Cumplimos el sueño de Prebisch, quien, en 1936, envió una carta al doctor Ramón S. Castillo, interinamente a cargo del Ministerio del Interior de la Nación, indicando que existía “el propósito de dotarlo de un ascensor interno que permita el acceso del pueblo a la cúspide del monumento”.

El Obelisco es un patrimonio argentino y porteño que, además de resguardar y preservar, modernizamos y acercamos a los ciudadanos para que puedan visitarlo, como ocurre en las grandes metrópolis del mundo.

Cuidar nuestro museo a cielo abierto es fortalecer nuestra identidad

Estoy convencido de que una Ciudad que cuida sus símbolos en el espacio público fortalece su identidad.

Nuestro trabajo es resguardar, mantener y cuidar cada uno de esos monumentos, bustos, piezas y esculturas que la embellecen. También es intervenir y modernizarlos, cada vez que sea posible, para permitir nuevas experiencias.

Cada uno de los trabajos de puesta en valor y restauración de monumentos vandalizados o dañados por el paso del tiempo los realizan profesionales y técnicos que integran el equipo del MOA (Monumentos y Obras de Arte), un espacio donde artistas y restauradores se ocupan de preservar el paisaje urbano. Ellos también son un orgullo para nuestra Ciudad.

Recorrer las calles de la Ciudad es como caminar por un museo a cielo abierto. Los monumentos públicos y las miles de piezas artísticas distribuidas en cada barrio cumplen un rol fundamental en la construcción del imaginario cultural, por eso trabajamos con persistencia en la conservación y la preservación de la memoria urbana porteña.

*Ministro de Espacio Público de la Ciudad de Buenos Aires