OPINIóN
Desconectados

La tecnología no nos salvó del vacío

El problema no es que trabajemos demasiado sino que empezamos a vivir demasiado poco. “La pregunta dejó de ser ‘qué vida merece ser vivida’ y pasó a ser ‘qué tarea conviene ejecutar ahora’”. Con menos vínculos, lenguaje y afectos, las ocupaciones llenan la vida.

Soledad
soledad | Pixabay

Durante décadas aceptamos una promesa casi religiosa: el trabajo nos iba a ordenar, dignificar y realizar. No sería apenas el medio para sostener la vida, sino el lugar donde la vida encontraría reconocimiento y sentido. Pero algo se torció. La práctica, que debía desplegar nuestras capacidades humanas, muchas veces terminó devorándolas. La agenda reemplazó al pensamiento. La eficiencia desplazó a la sabiduría. La ocupación se confundió con la vocación.

Husserl habló del “mundo de la vida”: ese suelo previo de vínculos, lenguaje, afectos y sentido sobre el cual después se levantan las ciencias, las instituciones y los sistemas. Habermas retomó esa idea para advertir cómo las lógicas del dinero, del poder y de la administración podían colonizar ese mundo vital. Hoy habría que agregar otra fuerza: la técnica permanente.

Todo debe ser útil, rápido, medible, escalable. Incluso el descanso se justifica como recuperación productiva. Incluso la conversación se transforma en networking. La pregunta dejó de ser “qué vida merece ser vivida” y pasó a ser “qué tarea conviene ejecutar ahora”.

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Esa mutación también atravesó a la familia. Durante mucho tiempo la casa fue una unidad de crianza, cuidado y pertenencia. Hoy, en buena parte del mundo desarrollado, se volvió una estación logística entre empleos, deudas, pantallas y cansancio. Sería torpe reducir la caída de la natalidad a una sola causa, pero también sería ingenuo negar que la presión económica, el costo de vivienda, la dificultad para conciliar trabajo y familia, y la necesidad de sostener dos ingresos alteraron las decisiones reproductivas. En la OCDE, la fertilidad promedio cayó de 3,3 hijos por mujer en 1960 a 1,5 en 2022, por debajo del reemplazo de 2,1.

Si la IA se incorpora solo como látigo de productividad, hará más elegante nuestra servidumbre"

El ser humano no funciona bien en soledad. Aristóteles lo dijo con una precisión que todavía incomoda: somos animales políticos, seres de polis, comunidad y palabra compartida. No nacimos para vivir como terminales aisladas de producción y consumo. Necesitamos familia, amistad, conversación, rito, pertenencia.

Cuando esas tramas se rompen, no queda libertad pura: muchas veces queda angustia, depresión, pérdida de sentido. Queda una vida sostenida artificialmente por sustancias que intentan reparar químicamente lo que antes era sostenido comunitariamente. La OMS advierte que la soledad y el aislamiento social impactan sobre la salud física y mental, y estima que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad.

La pregunta decisiva no será si la IA destruirá empleos sino qué idea de humanidad quedará cuando una parte creciente de la ejecución pueda automatizarse"

Por eso la inteligencia artificial plantea una paradoja brutal. Puede profundizar todos estos males. Puede convertir cada minuto en dato, cada trabajador en métrica, cada vínculo en pantalla, cada pausa en ineficiencia. Si la IA se incorpora solo como látigo de productividad, hará más elegante nuestra servidumbre.

Pero también puede abrir una oportunidad inesperada.

Si una parte de las tareas repetitivas puede ser delegada, quizá el hombre tenga la posibilidad de recuperar aquello que la modernidad laboral erosionó: tiempo para criar, conversar, cuidar, estudiar, formar carácter, cultivar amistades, habitar una casa y no solo financiarla. Tiempo, incluso, para volver a esa contemplación aristotélica que no era ocio vacío, sino una forma superior de vida: mirar el mundo sin reducirlo inmediatamente a utilidad.

La pregunta decisiva no será si la IA destruirá empleos. La pregunta más honda será qué idea de humanidad quedará en pie cuando una parte creciente de la ejecución pueda automatizarse.

Porque el riesgo no es que la máquina nos quite trabajo. El riesgo es descubrir que, cuando nos quiten trabajo, ya no sabemos qué hacer con la vida.

Si este debate importa, no lo dejemos en manos de tecnólogos ni burócratas. Hablemos de trabajo, sí. Pero volvamos a hablar de vida.

*Consultor y Director del Posgrado en Consultoría con Orientación en Asuntos Públicos (UCEMA)