Soberanía: lo que se cifra en el nombre
Una sobretasa arancelaria de 12,5% que EE.UU impuso a Chile, más la exigencia de mayor control aduanero en los productos que el país andino importa para luego enviarles, reabre el debate sobre el concepto. “Soberanía plena es la capacidad de un Estado para ejercer autoridad sin subordinación externa”, sostiene el autor.
Gertrude Bell — conocida como la Reina del Desierto — llegó a El Cairo a finales de septiembre de 1919, pocas semanas después de que se pusiera fin oficialmente a la Primera Guerra Mundial, con la firma del Tratado de Versalles en el Salón de los Espejos (28 de junio).
La brisa cálida se mezclaba con el aroma de las buganvillas, mientras los egipcios recorrían las calles arenosas junto al Nilo, vestidos con finas chilabas y deteniéndose a comprar caña de azúcar a los vendedores ambulantes (Wallach, 1998).
Diplomática y arqueóloga británica, había desempeñado y desempeñaría un papel crucial en la configuración del Medio Oriente moderno, especialmente en la creación del Reino de Irak bajo la dinastía hachemita.
Anglosajona por formación, pero capaz de escuchar con sensibilidad el mundo árabe, ilustrada y versátil, mundana, aunque estricta, empática y elocuente, creía que los árabes debían superar las ideas coloniales de Francia y Gran Bretaña.
En Egipto, “las amargas realidades del nacionalismo y de la resistencia”, según señaló el general Gilbert Clayton, alto funcionario británico, anticipaban lo que vendría. Como protectorado británico desde diciembre de 1914, Egipto había aportado hombres, suministros y dinero para combatir a los turcos, y reclamaba ahora su autodeterminación.
Bell, amiga y consejera de Lawrence de Arabia, sostenía una postura favorable a una autonomía limitada bajo el sistema de mandatos, subordinada a los intereses británicos y franceses. Para los nacionalistas, el autogobierno limitado no era más que colonialismo disfrazado.
Mientras las potencias hablaban de “preparación para el autogobierno”, los nacionalistas árabes invocaban la autodeterminación para reclamar independencia. Los cairotas elegantes descansaban en el balneario de Helwan con tratamientos electrotérmicos, o jugaban al golf en el Gezira Sporting Club.
En contraste con esa vida cosmopolita, Bell intentaba imaginar un país (Irak) a partir de tres vilayets (provincia del Imperio Otomano) diferenciadas —Basora, Bagdad y Mosul—, unificando poblaciones de suníes, chiítas, judíos, cristianos y kurdos. El resultado de la batalla narrativa fue un lenguaje ambiguo que prometía un futuro de independencia —mientras permitía justificar la dominación—.
Soberanía plena es la capacidad de un Estado para ejercer autoridad sin subordinación externa. Sin embargo, en tanto construcción social determinada por la historia, las normas y la globalización, no ha dejado de funcionar en ocasiones como un significante vacío: esto es, un término capaz de alojar en su interior una serie de otros significantes que representan una diversidad de demandas sociales insatisfechas (según la noción elaborada por Ernesto Laclau).
La ambigüedad del lenguaje se prolonga hasta nuestros días. La naturaleza polisémica del concepto hace que quienes lo invocan crean estar hablando de lo mismo, cuando en realidad hablan sobre cosas distintas. A fuerza de repetir el término “soberanía”, se ha terminado por memorizarlo sin llegar a conocerlo.
La Paz de Westfalia (1648) marcó un punto de inflexión en el orden europeo al debilitar los vínculos religiosos y jerárquicos característicos del Medioevo, y al consolidar la idea de una autoridad estatal territorialmente delimitada sobre un espacio y una población determinados.
Aunque los tratados de Münster y Osnabrück no emplearon de manera explícita el término “soberanía” en el sentido moderno, sentaron las bases del sistema de Estados independientes que se desarrollaría en los siglos posteriores.
Durante el siglo XIX, el Estado pasó a identificarse con la Nación y la soberanía a expresarse como voluntad nacional. Bajo este principio se produjeron las unificaciones de Italia y de Alemania.
Tras la Primera Guerra Mundial, el desmembramiento de varios imperios multinacionales impulsó la afirmación del derecho de los pueblos a decidir su propio destino político y la consagración, todavía imperfecta y selectiva, del principio de libre determinación.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el derecho internacional y el sistema de seguridad colectiva limitaron el ejercicio absoluto de la soberanía estatal. Este nuevo marco quedó reflejado, entre otros instrumentos, en el principio de igualdad soberana de todos los miembros de las Naciones Unidas, enunciado en el artículo 2.1 de la Carta de 1945.
En el siglo XXI, la “soberanía” se desarrolla en una doble dirección. Por un lado, la doctrina de la Responsabilidad de Proteger (Responsibility to Protect, R2P) introduce una concepción dinámica, condicionada y compartida: la “soberanía” implica la responsabilidad primaria del Estado de proteger a su población frente a atrocidades masivas y, en caso de fallo manifiesto, abre la puerta a una responsabilidad internacional.
Por otro lado, más allá de los condicionamientos normativos, la “soberanía” de los Estados más débiles permanece de hecho constreñida por la presión y la influencia de las potencias.
Ya Tucídides, en el Diálogo de Melos (Historia de la Guerra del Peloponeso, libro V), ilustra con crudeza esta lógica de poder: los atenienses, en 416 a.C., someten a la pequeña isla neutral de Melos y formulan la máxima según la cual “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”.
R. Evan Ellis (investigador del U.S. Army War College Strategic Studies Institute, especialista en la relación China-América Latina) argumenta que muchas de las instalaciones, infraestructuras y actividades comerciales chinas en América Latina y el Caribe —especialmente puertos, instalaciones espaciales, arquitecturas digitales y ciertos equipos— tienen un potencial militar o de inteligencia que China podría aprovechar en un conflicto con Estados Unidos, sin necesidad de bases militares formales o alianzas explícitas.
En el Occidente volátil de “La Edad de la Competencia”, no debería ser sorpresiva la aparición de la tesis del “uso dual”, ni resultar llamativa la reacción de nuestras luminarias gubernamentales, desprovistas de intención oculta y de proyecciones cultas: los que no consienten, callan.
La presencia física, el conocimiento técnico y las relaciones generadas por empresas chinas —como COSCO en puertos, instalaciones espaciales en Argentina y Chile, o sistemas de telecomunicaciones y vigilancia de Huawei y Hikvision— configuran opciones estratégicas para la República Popular China.
En tiempos de paz, estas infraestructuras operan con fines comerciales o científicos; sin embargo, en un escenario de guerra —por ejemplo, vinculado a Taiwán o a una confrontación más amplia— podrían ser utilizadas para reabastecer o apoyar a las fuerzas navales del Ejército Popular de Liberación (EPL) en el Pacífico oriental (caso emblemático: el puerto de Chancay en Perú, operado de forma exclusiva por COSCO); interrumpir o monitorear los flujos de despliegue y sostenimiento militar estadounidense; recopilar inteligencia, apuntar contra satélites norteamericanos o facilitar operaciones desde el hemisferio occidental; e incluso generar presión o denegación de acceso en puntos clave como el Canal de Panamá.
La teoría del uso dual ha sido cuestionada; sostiene que reduce puertos, carreteras, cables submarinos o minería a potenciales instrumentos bélicos, ignorando la lógica soberana y de desarrollo económico que guía la política chilena"
La tesis no niega el valor comercial de estos proyectos, pero advierte sobre su potencial de conversión o aprovechamiento militar-estratégico en un conflicto, lo que exige a Estados Unidos y a los países de la región una mayor conciencia y planificación de contingencias. Ellis enfatiza que no se trata de bases militares abiertas, sino de infraestructuras comerciales que, por su naturaleza y control chino, son inherentemente de doble uso.
En Chile, el tema generó una batahola intensa y educada.
A partir del 24 de julio de 2026, Estados Unidos impuso a Chile una sobretasa arancelaria del 12,5%, en el marco de una investigación bajo la Sección 301 de la Ley de Comercio estadounidense.
La resolución del USTR (Oficina del Representante Comercial de EE. UU.) no se fundamenta en que Chile tenga deficiencias en su legislación laboral ni en que sus empresas recurran al trabajo forzoso.
El argumento central de Washington es que Chile carece de mecanismos suficientemente efectivos —o no los aplica de manera adecuada— para impedir el ingreso y la posterior reexportación de bienes producidos en terceros países mediante trabajo forzoso.
Esta exigencia de un control aduanero y de cadena de suministro más estricto sobre productos que Chile importa y luego envía a Estados Unidos ha suscitado un debate en torno al concepto de soberanía y, en ese marco, la teoría del uso dual ha sido cuestionada (Reyes Matta, 2026).
La crítica principal sostiene que reduce puertos, carreteras, cables submarinos o minería a potenciales instrumentos bélicos, ignorando la lógica soberana y de desarrollo económico que guía la política chilena.
Paralelamente, autoridades políticas del área de Defensa Nacional se reunieron con representantes del Reino Unido para abordar distintos temas de interés bilateral y relacionados con el ámbito de la defensa.
“Con este encuentro, Chile y Reino Unido buscan mantener y profundizar una relación de larga data, basada en la cooperación, la confianza y el intercambio de experiencias” (@Fronteramilitar). A buen entendedor, pocas palabras.
Cuando Gertrude Bell llegó a Palestina, advirtió que, si los británicos se negaban a reconocer a los egipcios su derecho a una oportunidad justa, terminarían enfrentando “una Irlanda en Oriente”. Pasó largas horas analizando la situación con el gobernador de Jerusalén, Ronald Storrs.
En una carta dirigida a su familia resumió sus impresiones:
“Prácticamente no hay discusión posible sobre el sionismo en Jerusalén. Todos los musulmanes están en contra y se sienten furiosos con nosotros por respaldarlo; y todos los judíos lo apoyan y están igualmente furiosos con nosotros por no respaldarlo lo suficiente”.
Concluyó con una premonición: “Por lo que puedo ver, estamos sembrando la semilla de un largo conflicto”. La observación de Bell anticipó, en clave histórica, lo que Enrique Cadícamo expresaría en su tango Por la vuelta: “La historia vuelve a repetirse”.
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