Ser argentinos hoy: trabajo sin estabilidad, deuda sin horizonte y soberanía en remate
La crisis que nos agobia ya no es sólo económica sino “antropológica, porque la naturaleza humana no puede soportar sin daño la precariedad permanente y la fragmentación comunitaria” analiza el autor. Hoy todo es “a corto plazo”: el trabajo, las decisiones, la construcción familiar. “El 80% de los argentinos dedican su vida cotidiana a administrar la incertidumbre”, agrega.
El programa libertario que quiere imponernos Javier Milei, materializando los ideales de las plataformas tecnofeudales, y particularmente las del ideólogo Peter Thiel (Palantir), ya está produciendo profundos cambios en el futuro de los argentinos, simples “conejitos de Indias” del experimento.
Tenemos activos estratégicos que el mundo tecnológico necesita: energía, clima favorable, territorio, conectividad y talento humano; fortalezas que sólo deberíamos usar para aumentar nuestra autonomía estratégica.
Ser argentinos hoy
En lugar de ello, Milei las regala a costa del sacrificio argentino. El Súper RIGI, equivale a más de US$ 8.000 millones anuales es más que todo lo que el Estado invierte hoy en ciencia, tecnología y educación universitaria juntas.
Recortan al CONICET para alimentar a grandes centros de datos que requieren de enormes cantidades de energía, agua e infraestructura.
Las empresas que los operan manejan la Big Data y crean los algoritmos que intervienen en áreas cada vez más sensibles de la vida económica, social y política. Proyectos que, de aprobarse, consumirán más agua que toda una provincia, y que ya no podremos tocar, porque estarán protegidos por los tribunales extranjeros, incluidos en el texto de los proyectos. La entrega de la soberanía es infinita.
También pretenden que se habiliten sociedades operadas por sistemas automatizados, donde buena parte de las decisiones podrían quedar en manos de sistemas tecnológicos totalitarios, manejados por las corporaciones. Son las nuevas formas de concentrar poder global. Mientras en otros lares más desarrollados se debate cómo regular estas plataformas, Argentina regala beneficios extraordinarios, estabilidad normativa por décadas y escasas exigencias de transferencia tecnológica o de desarrollo local.
La vida argentina se ha precarizado a ritmo acelerado. No solo el empleo; también la política, la economía y la vida social. Casi todas las actividades nacionales han entrado en un barranco, con ejecuciones precarias, circunstanciales, provisorias, temporales, simplistas, ignorantes, hipócritas, incompetentes, torpes; todas ellas manejadas por dirigencias egoístas, ciegas, insensibles, egocéntricas y sedientes de dinero y poder.
El futuro de la vida cotidiana de al menos el 80% de los argentinos ha dejado de ser una promesa organizada y se ha convertido en una administración permanente de la incertidumbre: inseguridad laboral, inestabilidad de ingresos, pérdida de derechos estables y creciente imposibilidad de proyectar una vida a largo plazo.
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El empleo siempre funcionó como institución de integración social. No garantizaba igualdad plena ni eliminaba las injusticias tradicionales, pero ofrecía un marco mínimo de previsibilidad: salario regular, derechos laborales, ascenso posible, jubilación, pertenencia sindical, identidad profesional y expectativa de futuro.
Ese pacto, desigual pero efectivo en ciertos márgenes, permitía organizar trayectorias vitales: familia, vivienda, educación de los hijos, cierto ahorro, participación comunitaria y la propia ciudadanía descansaban, en gran medida, sobre la función protectora del trabajo. No hay simplemente población desempleada ni clase obrera tradicional empobrecida. Se está conformando una forma de existencia marcada por la intermitencia: trabaja sin estabilidad, consume sin seguridad, se endeuda sin horizonte, se adapta sin protección y participa del sistema sin ser plenamente incorporada a un pacto de pertenencia. Expresa la degradación del vínculo entre trabajo, ciudadanía y futuro.
El futuro promete altas dosis de trayectorias fragmentadas, empleos temporales, informalidad, auto-explotación, aplicacionese intermediaciones digitales, endeudamiento, reconversiones forzadas y cambios constantes de actividad. La vida se vuelve bastante provisional.
Decisiones cortas, suspensión de proyectos, la construcción familiar y los hijos se postergan, la vivienda se vuelve inaccesible, el arraigo territorial se debilita y el futuro pierde consistencia simbólica.
Adaptarse continuamente no significa tener autonomía real; cualquier iniciativa puede anularse por una crisis o por un algoritmo internacional desconocido. Todo lo nuevo se adormece con discursos de adaptación, pero finalmente la realidad muestra la destrucción de la integración social y la inestabilidad de una proyección personal armónica.
La actual complejidad institucional, tecnológica, financiera y logística, que alguna vez amplió positivamente el horizonte colectivo, comienza a agotarse y solo produce personas necesarias como consumidoras, aportante de datos, votantes, usuarios o fuerza laboral intermitente, pero cada vez menos reconocidas como sujetos integrados a un pacto social duradero.
La política polariza para no debatir, lo que impide integrarnos en un proyecto común. El sistema actual multiplica controles, mediaciones, endeudamientos, dispositivos de vigilancia y mecanismos de adaptación individual para sostener su funcionamiento, pero ya no logra devolver estabilidad, sentido ni pertenencia. Gasta mucha energía para sobrevivir o mantenerse, que se la quita a la necesaria para lograr estabilidad o pertenencia social.
Si el actual sistema produce sujetos sobrantes, territorios degradados, instituciones agotadas y deseos administrados por el consumo, entonces la respuesta no puede limitarse sólo a una reparación superficial del mercado laboral.
La crisis no es solo económica o de eficiencia del Estado. Es organizativa porque las instituciones ya no logran resolver problemas; los procrastinan. Es antropológica porque la naturaleza humana no puede soportar sin daño la aceleración constante, la precariedad permanente y la fragmentación comunitaria.
Muchos más son los problemas actuales: Materiales: basura industrial, contaminación, desechos electrónicos, plásticos, sustancias químicas, degradación de suelos y aguas.
Energéticos: infraestructuras sobredimensionadas, obsolescencia programada, consumo redundante, transporte innecesario y cadenas globales excesivamente largas.
Sociales: poblaciones descartadas, periferias urbanas, desempleo estructural, vidas precarizadas, sujetos sobrantes para el sistema productivo estable.
Cognitivos: sobreinformación, ruido mediático, pérdida de atención, incapacidad de distinguir conocimiento de propaganda, saturación comunicacional y fatiga interpretativa.
Institucionales: burocracias que sobreviven a su función, normas que bloquean soluciones, organismos que administran problemas sin resolverlos, procedimientos que consumen más energía social de la que devuelven en orden.
El sistema al que nos quiere llevar Milei y sus mandantes libertarios tiene límites. El primero es terrestre.
La Tierra no es un depósito infinito de materias primas ni un sumidero infinito de residuos. La modernidad imaginó la naturaleza como “exterioridad” disponible: algo que podía ser extraído, transformado, transportado, vendido y descartado. Pero ese “exterior” ya no existe. Todo residuo retorna. Toda extracción deja huella. Toda alteración ecológica reaparece como costo sistémico.Un sistema mal organizado produce residuos incluso cuando adopta tecnologías verdes; incluso una innovación puede reproducir el mismo ciclo.
Las locuras libertarias los llevan a creer que se pueden depositar residuos en el mundo exterior; en estaciones interplanetarias, en la Luna o Marte.
El segundo límite es la naturaleza humana. El ser humano tampoco puede soportar indefinidamente la aceleración, la deslocalización, la hipercompetencia, la sobreinformación, la precariedad simbólica y la fragmentación comunitaria.
Todo esto exige revisar críticamente el modelo libertario, pero también el de las gestiones anteriores, para repensar la Argentina desde una perspectiva de futuro realista, pero enfocada en valores humanos, en integración social, siempre dentro de un gran paraguas, que es defender los intereses nacionales.
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