Argentina atraviesa uno de esos momentos en los que resulta difícil describir la realidad con una sola frase. Hay sectores que crecen, sectores que se hunden, empresas que anuncian inversiones y comercios que cierran sus puertas. Hay indicadores que muestran recuperación y otros que reflejan una persistente fragilidad. Y quizás la principal característica del presente sea precisamente esa: la convivencia simultánea de fenómenos aparentemente contradictorios.
Un informe reciente expuso una paradoja que merece atención. Mientras determinados sectores de la economía muestran crecimiento, la inversión privada acumula cuatro trimestres consecutivos de caída. Es decir, el Producto Bruto Interno puede expandirse en algunas actividades mientras los empresarios, en términos generales, siguen sin apostar de manera sostenida por el futuro.
Súper RIGI: Qué es, quiénes están a favor y los principales cuestionamientos
No se trata de una contradicción menor. La inversión es, en definitiva, la que determina la capacidad de una economía para crecer de manera durable. Sin inversión no hay nuevas fábricas, no hay incorporación de tecnología, no hay creación sostenida de empleo de calidad. Y cuando la inversión retrocede durante un período prolongado, el interrogante aparece inevitablemente: ¿qué tan sólido es el crecimiento que observamos?
Por supuesto, la respuesta depende de dónde se mire. La Argentina se ha convertido en un país de realidades paralelas. A algunos sectores les va extraordinariamente bien. La minería, la energía y ciertas actividades vinculadas a la exportación viven un momento de expansión. Otros sectores, en cambio, enfrentan una situación completamente diferente. El comercio, algunas industrias y buena parte del mercado interno continúan mostrando señales de debilidad.
Diputados: el Súper RIGI del Gobierno obtuvo media sanción por 130 votos contra 106
Por eso resulta tan frecuente escuchar diagnósticos opuestos sobre el mismo país. Hay quienes sostienen que la economía está entrando en una etapa de prosperidad y quienes afirman que atraviesa una crisis profunda. Lo curioso es que ambos pueden tener razón al mismo tiempo.
En este contexto apareció el denominado Súper RIGI, que obtuvo media sanción en la Cámara de Diputados. La iniciativa busca incentivar grandes inversiones en las llamadas industrias del futuro: inteligencia artificial, biotecnología, electromovilidad y desarrollos tecnológicos avanzados.
La propuesta parte de una premisa razonable. Si la inversión está cayendo, el Gobierno necesita generar condiciones para atraer capitales. La discusión, naturalmente, gira en torno a la eficacia de la herramienta y a quiénes serán sus principales beneficiarios.
Súper RIGI: cuáles son las claves del proyecto que tuvo media sanción en Diputados
Algunos observadores señalan que las exigencias económicas para ingresar al régimen son tan elevadas que solo un puñado de grandes compañías internacionales estaría en condiciones de aprovecharlo plenamente. Otros consideran que, precisamente por la magnitud de los proyectos involucrados, ese es el objetivo buscado.
Sin embargo, detrás de la discusión económica aparece un debate todavía más profundo. Durante el tratamiento parlamentario se analizaron propuestas vinculadas con nuevas formas societarias adaptadas a la inteligencia artificial, incluyendo la posibilidad de estructuras empresariales altamente automatizadas.
La sola idea genera fascinación y temor en partes iguales. Porque ya no estamos discutiendo únicamente incentivos fiscales o marcos regulatorios. Estamos discutiendo el modo en que la tecnología transformará la organización misma de la actividad económica.
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Y aquí aparece una cuestión central. Muchas veces hablamos de inteligencia artificial como si se tratara de un fenómeno del futuro. Pero no es del futuro. Es del presente. Está modificando mercados laborales, procesos productivos y sistemas de toma de decisiones en todo el mundo. La discusión ya no consiste en determinar si estos cambios ocurrirán o no. La discusión consiste en cómo administrarlos.
La Argentina, mientras tanto, intenta encontrar su lugar en medio de esa transformación global. Lo hace con una economía que muestra signos contradictorios, con un Gobierno que busca atraer inversiones y con una sociedad que todavía intenta comprender la velocidad de los cambios tecnológicos que tiene por delante.
Tal vez la mejor definición del momento actual sea precisamente esa: vivimos en un país donde conviven el crecimiento y la caída, la innovación y la incertidumbre, el entusiasmo y el escepticismo. Un país donde las paradojas dejaron de ser una excepción para convertirse en la regla.
Y quizás el verdadero desafío no sea elegir cuál de las dos Argentinas es la real. Tal vez el desafío sea aceptar que, por ahora, ambas existen al mismo tiempo.