El riego se posiciona como una de las herramientas clave para sostener la productividad del agro argentino frente a los efectos del cambio climático y las sequías cada vez más frecuentes. Así lo explicó Antonela Semadeni, economista de FADA, al analizar un informe que evalúa el potencial del riego en la Argentina.
La especialista remarcó que los eventos climáticos extremos están modificando las condiciones de producción agrícola y obligan a pensar en nuevas estrategias para garantizar rendimientos estables. En ese contexto, el riego aparece como una solución concreta para mitigar riesgos productivos.
“Con el cambio climático y las sequías que cada vez son más recurrentes y prolongadas, el riego es una gran herramienta para mejorar la productividad y dar estabilidad en los rendimientos”, explicó.
Según detalló, el riego no solo mejora los resultados en regiones agrícolas tradicionales, sino que también puede permitir expandir la frontera productiva hacia zonas que hoy tienen suelos aptos pero carecen de precipitaciones suficientes.
“En algunos casos el riego determina poder producir o no, o mejora el rendimiento por hectárea para dar previsibilidad en el perfil hídrico del cultivo”, afirmó.
Potencial productivo y expansión agrícola
El informe de FADA señala que Argentina riega actualmente unas 2,1 millones de hectáreas, lo que representa apenas el 5% de la superficie sembrada. Esta cifra está muy por debajo del promedio regional y mundial.
En América Latina, cerca del 10% de las tierras agrícolas utilizan sistemas de riego, mientras que a nivel global la cifra alcanza el 20%. Para Semadeni, esta brecha demuestra el potencial de crecimiento que existe en el país. “Hoy estamos irrigando 2,1 millones de hectáreas, pero el potencial sería sumar 5 millones más y llegar a unas 7,5 millones”, señaló.
Las provincias con mayor potencial para expandir estos sistemas incluyen Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos, aunque también aparecen oportunidades en regiones del norte y el litoral como Corrientes, Chaco, Misiones y Formosa, dependiendo del tipo de riego y las condiciones climáticas.
Inversión, tecnología y energía
A pesar de las oportunidades productivas, la economista explicó que el principal obstáculo para avanzar en la expansión del riego está vinculado a la inversión y la previsibilidad económica.
Los sistemas de riego requieren inversiones de largo plazo, por lo que la volatilidad macroeconómica y los cambios en las reglas del juego dificultan las decisiones de los productores. “La incertidumbre macroeconómica y los constantes cambios en las reglas del juego limitan mucho las posibilidades de inversión”, advirtió.
El informe también señala que existe un desafío tecnológico importante. En Argentina, solo el 33% del riego es tecnificado —como pivot, aspersión o goteo— mientras que la mayor parte se realiza mediante sistemas gravitacionales, que resultan menos eficientes en el uso del agua.
Además, la disponibilidad energética también condiciona la adopción de estos sistemas. El riego eléctrico es más eficiente que el que funciona con gasoil, pero la falta de infraestructura en muchas zonas rurales obliga a buscar alternativas.
En ese sentido, Semadeni destacó el potencial de energías renovables para acompañar el desarrollo del riego en el agro. “Las energías renovables, como la solar o la eólica, pueden ser una gran respuesta para mejorar la eficiencia energética del riego en el campo”, concluyó.