Un análisis sistemático sobre 45 años de observaciones satelitales confirmó una aceleración en la masa de hielo de Groenlandia y la Antártida. Los científicos determinaron que ambos polos perdieron conjuntamente 11,3 billones de toneladas de hielo, lo que contribuyó de forma directa al aumento global del nivel oceánico.
Según los datos de la investigación, el proceso obedece al desplazamiento físico acelerado. Los glaciares que drenan la capa interior marchan con mayor velocidad hacia el mar, descargando volúmenes masivos de hielo en las aguas costeras.
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Groenlandia representa el ejemplo más marcado de esta tendencia. Durante la década del 1980, este territorio insular perdía cerca de 60.000 millones de toneladas al año. Sin embargo, al llegar la década de 2010, el ritmo destructivo se multiplicó hasta alcanzar un promedio anual de 264.000 millones de toneladas.
En el hemisferio sur, el continente blanco exhibe una conducta similar. Las pérdidas antárticas escalaron hasta situarse en unas 202.000 millones de toneladas anuales durante la década de 2010.
En el sector de la Antártida Occidental, el incremento en el flujo glaciar hacia el océano fue una constante a lo largo de cada una de las décadas analizadas. Dos gigantes helados se ubican en el foco de atención de la comunidad científica: el glaciar Pine Island y el glaciar Thwaites, señalados como los principales responsables del drenaje.

Las mediciones satelitales permitieron detectar pequeñas fluctuaciones en el comportamiento de la masa de hielo a corto plazo. Por eso, en algunos sectores de la Antártida Oriental, nevadas de volumen excepcional lograron amortiguar de forma parcial las pérdidas sufridas en las regiones vulnerables del continente.
De igual manera, en la isla de Groenlandia, el registro de veranos de menor severidad redujo de forma momentánea el derretimiento sobre la superficie. No obstante, los especialistas enfatizan que estas dinámicas puntuales no constituyen un cambio definitivo en el patrón climático.
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La relevancia de contar con un monitoreo de casi cinco décadas reside en la capacidad de distinguir fenómenos aislados de tendencias estructurales. Las imágenes demuestran que los glaciares modificaron su velocidad de descarga desde el interior continental hacia el Atlántico y el Océano Antártico.
La inestabilidad creciente de las barreras de hielo flotantes actúa como un detonante. Al perder masa, las estructuras pierden su capacidad de actuar como frenos naturales, provocando que el hielo del interior fluya sin barreras hacia mar abierto.