CIENCIA
Psicología social

Imposible discutir con ellas: por qué las teorías conspirativas resisten toda evidencia científica

Lejos de basarse en datos verificables, estas creencias se sostienen en mecanismos emocionales y cognitivos que bloquean el diálogo racional y refuerzan la desconfianza hacia instituciones y consensos científicos.

Conspiración
Conspiración | Conspiraciones - Magdalena del Amo

A muchas personas con formación científica les resulta familiar la escena: una charla cotidiana deriva, de pronto, en afirmaciones como que el ser humano nunca llegó a la Luna o que una élite secreta gobierna el mundo. El intento de refutar esas ideas con datos, estudios o argumentos racionales suele terminar en frustración. No por falta de evidencia, sino porque el diálogo parte de reglas incompatibles.

La razón central es que las teorías de la conspiración no funcionan como hipótesis científicas. No buscan ser refutadas, sino confirmadas. Su lógica no es empírica, sino emocional: ofrecen una explicación cerrada que da sentido, pertenencia y una sensación de control frente a la incertidumbre.

El psicólogo Harry Dyer explicó para la BBC que, cuando se presentan pruebas científicas a un conspiracionista, la reacción habitual no es revisarlas, sino desacreditar la institución que las produce. Universidades, medios de comunicación, organismos científicos o Estados pasan a ser parte de la supuesta conspiración.

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No confían en las instituciones, y por lo tanto cualquier idea que surja de ellas es inválida”, señaló Dyer. Esa desconfianza absoluta convierte cualquier discusión en un callejón sin salida: toda evidencia contraria se redefine como manipulación o encubrimiento.

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En ese esquema, quien cree en conspiraciones se percibe a sí mismo como alguien “despierto”, crítico y de mente abierta, mientras que quienes discrepan son vistos como ingenuos, adoctrinados o funcionales a una élite oculta.

El sesgo de confirmación llevado al extremo

Desde la psicología cognitiva, este comportamiento se asocia al sesgo de confirmación: la tendencia a buscar, interpretar y recordar solo la información que confirma creencias previas. En el caso de las teorías conspirativas, este sesgo se vuelve casi total.

Cualquier fragmento de información, por más débil que sea —un video de YouTube, una imagen sacada de contexto, una frase aislada— se convierte en “prueba irrefutable”. Al mismo tiempo, la ausencia de evidencia sólida no debilita la creencia, sino que la refuerza: si no hay pruebas, es porque el encubrimiento fue perfecto. Así, la lógica se invierte. La falta de pruebas pasa a ser la prueba definitiva de que la conspiración existe.

Este mecanismo explica por qué el intercambio racional fracasa. No hay un terreno común para debatir, porque no se comparten los criterios de verdad. La evidencia científica, el consenso académico o la verificación independiente no tienen valor dentro de ese marco.

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La metáfora más repetida entre divulgadores científicos resume bien la situación: discutir con un teórico de la conspiración es como jugar ajedrez con una paloma. Derriba las piezas, ignora las reglas y luego se retira convencida de haber ganado.

Qué se puede hacer (y qué no)

Los especialistas coinciden en que revertir estas creencias en adultos es extremadamente difícil. No se trata solo de información errónea, sino de identidades construidas alrededor de esas ideas. Cuestionarlas puede vivirse como un ataque personal.

Por eso, muchos psicólogos recomiendan concentrar los esfuerzos en la educación temprana. Fomentar el pensamiento crítico, la alfabetización científica y la comprensión de cómo funciona el método científico reduce la probabilidad de que estas creencias arraiguen.

En el plano individual, la estrategia más saludable suele ser aceptar los límites. Escuchar sin confrontar o retirarse de la discusión puede evitar un desgaste emocional innecesario. No siempre es posible —ni deseable— convencer a quien no quiere ser convencido.

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Más que un problema de ignorancia, las teorías de la conspiración revelan una tensión profunda entre conocimiento, emociones y confianza social. Entender ese fenómeno es un primer paso para enfrentarlo, aunque no siempre alcance para desarmarlo.

DCQ