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COLUMNISTAS / variantes
sábado 14 septiembre, 2019

Breve ensayo sobre la villanía

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por Rafael Spregelburd

default Foto: CEDOC
sábado 14 septiembre, 2019

Otra vez villano audiovisual: me proponen para milico en una serie. O en un tráiler para una serie, es decir que aún nadie sabe del todo qué será. Así, en modo potencial, hacer de villano es cosa rara. He verificado que los personajes secundarios (aquellos cuyo punto de vista es irrelevante a la trama) en cine o en televisión tiene solo dos signos: positivo o negativo. Con esos dos colores avanza la trama y se pavimenta el camino de la identificación del espectador. Pese a que los géneros son muchos, las fórmulas son pocas. Por eso hace falta siempre un cine (o TV) de autor.

El teatro es diferente; allí no hay cámara que siga a nadie: cada personaje es un sistema planetario autónomo y es el espectador quien está allí para juzgar el interés de sus acciones, la verosimilitud de sus motivos, la complejidad de su moral.

Armar villanos en teatro es placentero. El teatro es esa máquina formidable que al tiempo que enuncia lo horroroso te grita: “esto es mentira”. En el cine esa confesión está siempre suspendida. Por eso la maldad en teatro es amable, requiere de la complicidad del público, que entra por sí solo en clave sarcástica. El cine es poderosamente infantil en terreno moral. Los personajes protagónicos sí gozan de un derrotero moral; los otros son apenas signos más y signos menos. Componer un villano en teatro requiere de la complicidad del elenco, de los pactos rítmicos con la dirección, de la seducción que se ejerza sobre el público. Es una villanía socializada: su mal nos pertenece a todos. En cine, en cambio, hacer el malo es una tarea solitaria. El cine se actúa mientras un enorme equipo especializado revisa aspectos individuales, contradictorios. Sonido pelea con su enemigo natural, vestuario, por la cantidad de nylon en las telas que frotan los micrófonos; fotografía pelea con sonido para que no le metan la caña en el cuadro; vestuario pelea con maquillaje que le mancha todos los cuellos de las camisas; actores pelea con catering que solo sabe proveer harinas en el menú; producción odia todo lo que se mueva y consuma recursos. Lo cierto es que salvo por el director, que puede o no tener una mirada amorosa sobre lo que estamos haciendo los actores, en el momento de actuar la maldad, de hacer lo incorrecto, de mostrarse desagradable, de fingir una descortesía que no se tiene, a casi nadie le importa nuestra estéril entrega.

Me afeito la barba, me dejo el clásico bigote que me han visto en castings similares y voy dispuesto a hacer el milico, que es malo como la peste. Será una tarea en solitario. Habrá que pensar cómo transitar los signos que el espectador reconoce en un abrir y cerrar de ojos y ofrecerle –si hay éxito– lo inesperado. En los villanos de calidad, siempre hay otras cosas. Hay que pelear en una jungla de cables y de focos para imprimir estas otras sutiles cosas en el celuloide. No es imposible, hay que trabajar.

Mientras elucubro estas cuestiones viles, leo noticias y cifras y me resisto a pensar que el cine desaparezca del país este mismo año. Hoy pretenden liquidar lo poco que queda de esta industria mediante la derogación por decreto de la resolución 981, que establecía premios de incentivo para las empresas que distribuyen cine nacional a través del Fondo de Fomento Cinematográfico. Con esta suspensión, las películas argentinas solo llegarían a las pantallas de los espacios Incaa (como el atiborrado Gaumont, que debe quitar un estreno para reemplazarlo por el siguiente), por no hablar de las empresitas que cerrarán sus puertas (estas distribuidoras son pequeñas) y del personal que quedará en la calle. Si ya era difícil hacer cumplir la cuota de pantalla frente a los tanques yanquis (la ley existe, pero el Incaa no hace nada para que se cumpla), este decreto casi de salida de Macri es el golpe final a una industria que evidentemente él y su secretario de Cultura aborrecen.

Si hay una forma de encarnar la villanía en la política, es claro para mí que no se parece a ninguna de las que he conocido en mi profesión. Pero mi profesión es modesta y las variantes del mal en el mundo de la política –como las de la estupidez– son ciertamente infinitas.


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