sábado 13 de agosto de 2022
COLUMNISTAS opinion

Cuándo asesinarte

19-02-2022 23:55

Las sobreactuaciones son un rasgo sobresaliente del estilo de Alberto Fernández. Lacan sostenía que el estilo es la persona misma. La frase completa era del iluminista francés Georges-Louis Leclerc de Buffon, para quien “solo el estilo puede salvar una obra del olvido, porque los conocimientos y los descubrimientos se transportan con facilidad, estas cosas están fuera del hombre, pero el estilo es el hombre mismo: el estilo no puede robarse ni transportarse”. El estilo, el modo, es el rostro, la máscara que también para Lacan era la persona misma: el personaje impregna a la persona hasta poseerla y no a la inversa.

Puede que no sea así en el caso de este Alberto Fernández presidente, que se siente en la obligación de decir en Rusia que Argentina debería depender menos de Estados Unidos; en China, que el maoísmo y el peronismo tienen elementos en común, o de saludar con gesto de entrañable afecto a Luana Volnovich, significante de Máximo Kirchner después de haber renunciando a presidir el bloque de diputados que debe aprobar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, y ella misma haber protagonizado unas controvertidas vacaciones en una playa del Caribe junto a su segundo al frente del PAMI, sin sanción por ser más delegada de La Cámpora que funcionaria al servicio del Gobierno.

“¿Quién mató al comendador?/ Fuente Ovejuna señor./ ¿Quién es Fuente Ovejuna?/ Todo el pueblo, a una.”

Son tan exagerados los gestos de Alberto Fernández que hasta ponen en duda las ideas de Lacan y generan la sospecha de quien disimula el asesinato que desea perpetrar cuando las condiciones futuras se lo permitan (¿2023?), tratándose de un actor pasado de moda, de la época en que se suponía que para que el público comprendiera había que apelar al grotesco caricaturizando al personaje.

El reportaje largo de PERFIL de hoy al reemplazante de Máximo Kirchner al frente del bloque de diputados oficialistas, Gerardo Martínez, recuerda a los de Scioli gobernador haciendo malabarismos para no quedar nunca mal con el kirchnerismo, en este caso con La Cámpora.

En el reportaje, Gerardo Martínez, hombre de Agustín Rossi y, por carácter transitivo, de Alberto Fernández, dice: “El Presidente me pidió que trabajara por la unidad del bloque y de la coalición”. “Mi trabajo es buscar una mirada convergente en mi bloque”.

Otra señal fue el acercamiento de los ministros albertistas estos últimos días a Wado de Pedro, cuando semanas antes le hacían bullying. Coincidiendo con la tapa de la revista Noticias del ministro del Interior como posible candidato de La Cámpora a la máxima candidatura en 2023. Como si, tras la renuncia de Máximo Kirchner, la instrucción del Gobierno sea demostrar más que nunca afecto a La Cámpora. Curiosa también la campaña de vía pública con afiches de la tapa de Noticias con Wado de Pedro y su título: “El inesperado candidato K”, carteles que no contrató la revista y, como cuenta en una nota posterior, nadie admite haberlos pagado recordando aquella frase de Fuenteovejuna, de Lope de Vega, cuando se pregunta:

—¿Quién mató al Comendador?

—Fuenteovejuna, señor.

—¿Quién es Fuenteovejuna?

—Todo el pueblo, a una.

¿Quién pagó los carteles de Wado de Pedro en el centro de Buenos Aires? Nadie, que es lo mismo que todos, frase que seguramente se repetirá en 2023, cuando inevitablemente un sector de la coalición gobernante asesine –simbólicamente– al candidato presidencial del otro. Pero para eso falta más de un año, ahora hay que transmitir unidad, como algunos dijeron, “hasta que duela”.

Un parricidio edípico será inevitable: del Presidente al Instituto Patria, de La Cámpora a Alberto Fernández, o a ambos por alguno de los varios gobernadores peronistas que aspiran a competir por la presidencia en 2023. La única diferencia sería que Alberto Fernández, por su rol institucional, además de su propia naturaleza, se pueda sentir más obligado a una teatralidad excesiva. Otra interpretación es la de Carlos Fara en su columna de la edición impresa de PERFIL de ayer, para quien el contorsionismo de Alberto Fernández recuerda la frase: “Hay que mantener la ambigüedad hasta que se torne insoportable”. E hipotetiza que su comportamiento podría perseguir que “nada sea claro deliberadamente, así el adversario no sabe a qué atenerse, pierde tiempo y energía reaccionando a acciones contradictorias. Por lo tanto, nunca podría estar seguro de nada: Sun Tzu clásico. El problema de eso es que en la conferencia de magos todos se conocen los trucos básicos. Por consiguiente, solo los ilusionistas excelsos sacan ventaja”.

Alberto Fernández, con sus continuas contradicciones, sería un personaje shakespeareano

Si así fuera, las señales de afinidad a La Cámpora y de comprensión hacia Máximo Kirchner serían una formación reactiva que solapa el sentimiento opuesto. Y como lo reprimido regresa con más fuerza, podrían ser el preludio del probable desenlace que se operará en 2023. La cuestión aquí no es qué hacer sino cuándo hacerlo, además de quién será el victimario y quién la víctima. Freud sostenía que lo contrario al amor era la indiferencia porque el odio es pariente del amor. Y el filósofo inglés Simon Critchley, en una de las entrevistas largas de PERFIL del fin de semana anterior, dijo: “Toda la teoría de Freud está basada en la tragedia griega y William Shakespeare”.

Alberto Fernández, con sus continuos zigzags, sería un personaje shakespeareano.