La diplomacia tiene como objetivo atemperar conflictos creando las condiciones para resolverlos. Los conflictos territoriales, en particular, son sensibles para los gobiernos que ocasionalmente se refugian en posturas principistas, dejando al problema derivar sin solución. Si a esto se agrega que el conflicto se generó dos o más siglos atrás –como Gibraltar y Malvinas–, cuando los mecanismos diplomáticos no eran los de una sociedad globalizada y corresponsable, el camino hacia adelante se hace más complejo.
El dilema que se presenta es determinar si, los principios reconocidos cuando el conflicto se planteó, siguen siendo eficaces en un mundo que hoy pertenece a todos o si cabe ensayar otros resquicios posibles para avanzar la propia posición sin afectar los fundamentos jurídicos que la sustentan.
La Tercera Reunión del Foro de Diálogo entre España y el Reino Unido celebrada en Gibraltar, territorio sobre el que ambos países centrales mantienen un conflicto de siglos, contó con la novedosa presencia de autoridades del Peñón. Esa circunstancia no debilitó a España, ya que su reclamo es reconocido por las Naciones Unidas con el respaldo argentino y de muchos otros. Es más, el primer ministro británico, Gordon Brown, declaró que en el futuro el Reino Unido no tendría inconvenientes en compartir la soberanía del Peñón con España, abriendo lo que promete ser un camino de convergencia asentado en una política española de cooperación y diálogo a lo largo de mucho tiempo.
Todo esto lleva a preguntarse cual es la diplomacia que realmente conviene para resolver conflictos actualmente, con nuevos valores y cuando el factor “población” constituye un elemento trascendente, como sucede en los casos de Gibraltar y Malvinas. España prefirió resolver el dilema asumiendo la cooperación y el diálogo que, en esencia, alteran el statu quo y evidencian el anacronismo de las situaciones coloniales.
Parecería fácil trazar un paralelo crítico respecto de Argentina y su política sobre las Islas Malvinas. Sin embargo, la realidad demuestra que cuando Argentina se empeñó en lograr condiciones para mejorar su situación en la disputa con el Reino Unido lo logró claramente. Desde la adopción por la Asamblea General de las Naciones Unidas de la Resolución 2065/65, en 1965, las negociaciones llevaron a que el Reino Unido considerase la transferencia de soberanía, el condominio y retroarriendo. Nada de eso pareció suficiente. El difícil trabajo de “ganarnos los corazones y las mentes” de los isleños, elemento necesario para un avance sustantivo, parecía algo secundario y no principal. Estábamos errados. Recién después del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Argentina y el Reino Unido en 1989, Argentina inició una diplomacia de convergencia con el Reino Unido para administrar los asuntos prácticos derivados de la disputa. Dentro de esa visión aparecía una política dirigida a los isleños que debería profundizarse.
Fue en ese marco de entendimientos, cuando fuentes británicas señalaron que un cambio de estatus de las islas era posible, con una Argentina institucionalmente fuerte y descartando el uso de la fuerza. Esas expresiones indicarían que el camino elegido en 1989 es el correcto, aun si la dinámica del conflicto obliga a cambios tácticos. “Nunca los argentinos son tan peligrosos como cuando son razonables”, decían años atrás en las Islas. Debemos demostrar, como lo hace España, que seremos capaces de permanecer “razonables” el tiempo necesario para alcanzar nuestro objetivo pacíficamente y de manera sustentable. Debemos, en síntesis, erradicar la inmadurez de creer que en diplomacia las soluciones son inmediatas y absolutas. Por último, reconocer que la confrontación o la violencia en los hechos y en las formas implican siempre un severo retroceso.
Los conflictos territoriales no son nunca idénticos. Pero los principios para solucionarlos son siempre parecidos. Pasan por el diálogo y descartan la confrontación. La actitud del gobierno socialista de España en el caso de Gibraltar merece estudiarse con cuidado.
*Embajador, ex vicecanciller.