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El Moro que yo conozco

Si Moro hubiese querido, podría haber sido él presidente y no Bolsonaro.

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Ex juez y ministro, en la tapa de la revista Veja. | reproducción

“¡Qué decepción el juez Moro!”, me escribe Nelson Castro. Escucho a Tenembaum criticar duramente a Moro por aceptar el Ministerio de Justicia. Pero, al igual que pasa en Argentina (o en Europa) con Bolsonaro, cuando hablo con los brasileños sus visiones son otras.

Los medios brasileños más críticos del PT y que más contribuyeron con sus investigaciones a generar pruebas que llevaran a Lula a prisión, como la revista Veja y el diario Folha de São Paulo, marcaron aspectos ambivalentes de la decisión de Moro. Veja titula su tapa de hoy con “La pirueta de Moro”, diciendo que el juez tomó una decisión “temeraria”. Y el editorialista de Folha de São Paulo comparó a Moro con Pompeia Sula, la bella esposa de Julio César, cuando Publius Clodius fue descubierto disfrazado de mujer tratando de ingresar a una fiesta solo de mujeres para seducirla y, a pesar de no haber logrado acercarse a Pompeia Sula, Julio César se divorció de ella porque “la mujer del César debe estar por encima de cualquier sospecha”, y la Justicia, al igual que la mujer del César, no solo debe ser honesta sino, también, parecerlo.

Si Moro hubiese querido, podría haber sido él presidente y no Bolsonaro

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Pero todos los medios marcan que Lula no está preso por decisión de Moro, porque siguió en libertad hasta que la cámara de segunda instancia no solo confirmó el fallo de Moro sino que aumentó la pena de Lula. Y Lula no fue candidato por decisión de Moro ni tampoco de la cámara de segunda instancia sino por decisión del Supremo Tribunal, equivalente a nuestra Corte Suprema.

Pero es cierto que Moro fue partero de la historia actual de Brasil interviniendo en dos momentos culminantes: cuando, durante la presidencia de Dilma, Lula iba a ser nombrado ministro para tener fueros que le permitieran escapar al juicio y Moro entregó a los medios la grabación de la conversación telefónica entre Dilma y Lula que develaba la maniobra, abortándola al dejarla al descubierto y creando humor social para el impeachment de Dilma. Y cuando volvió a intervenir políticamente al divulgar a los medios, justo en la víspera de la votación entre Bolsonaro y Haddad, la confesión del principal ministro de Economía de Lula (Antonio Palocci), que mantuvo en secreto durante meses.

Sergio Moro me explicó que parte del éxito del Lava Jato fue por usar los medios para divulgar pruebas que predispusieran a la opinión pública a favor del juicio y presionar sobre los otros poderes del Estado.

Por ser extranjero tuve el privilegio de que Moro me recibiera en su juzgado de Curitiba para un reportaje, lo que estaba vedado a los periodistas brasileños porque preguntaban sobre cuestiones específicas del juicio. Luego, en su viaje a Buenos Aires el año pasado, invitado por nuestro Ministerio de Justicia, le llevé a su hotel el libro The Bully Pulpit: Theodore Roosevelt and the Golden Age of Journalism porque compartimos la admiración por la revolución antimonopolio que produjo el presidente norteamericano Roosevelt en 1910 (Moro lo citó en su sentencia al decir que la corrupción es el peor de todos los delitos). Posteriormente, me tocó moderar una conferencia entre Moro y Antonio Di Pietro, el fiscal del Mani Pulite e inspirador de la tesis doctoral de Moro. Y por último, pude hacerle a Moro un reportaje sobre el Cuadernogate argentino hace pocos meses.

Previamente, Di Pietro había sido expositor en el propio edificio de Editorial Perfil en 2014, siendo Cristina Kirchner presidenta, porque este diario promovió un Mani Pulite de la corrupción, por entonces solo en compañía del panradicalismo, en especial de Ernesto Sanz oficialmente.

Estas coincidencias de lecturas sobre Roosevelt y la inspiración en el Mani Pulite generaron esa serie de encuentros con el juez Moro que me permiten hablar de la persona que algo conozco. Imagino que él no cree estar pasando a la política sino que, siendo ministro de Justicia, sigue su vocación por la justicia con el objetivo de terminar su lucha contra la corrupción durante dos años para pasar a ser juez del Supremo Tribunal, nuestra Corte Suprema, en 2022, cuando a sus 75 años se deba jubilar su más antiguo integrante: Celso de Mello, decano del tribunal y nombrado a fines de los años 80 por José Sarney, el presidente de Brasil que comenzó el Mercosur junto con Alfonsín.

Ya en 2014 la Asociación de Jueces de Brasil propuso a Moro para integrar el Supremo Tribunal ante la jubilación del célebre Joaquim Barbosa (el primer presidente negro del tribunal), en un país donde los nombres de los once jueces del Supremo Tribunal son aún más conocidos que los de los once jugadores de la selección de fútbol.

Para aceptar como ministro de Justicia, Moro reclamó que también la Policía Federal y el organismo que controla los movimientos financieros quedaran a su cargo, porque simultáneamente quiere combatir la otra gran forma del crimen organizado: los grupos ilegales como el PCC, Primer Comando Capital, que gracias al tráfico de droga dominan las favelas de Brasil.

Moro es considerado por el 70 por ciento de los brasileños héroe nacional, esa es su dimensión social. No hay punto de comparación con los jueces argentinos: para que surgiera algo parecido en nuestro país debería haber existido un juez que hubiera puesto preso a Menem por los sobresueldos (su juicio equivalente en Brasil fue el Mensalão, que también tuvo a Moro de artífice), a De la Rúa por la Banelco (no solo enjuició a políticos del PT) y además hubiera condenado a Néstor Kirchner y detenido a De Vido en 2008 mientras Cristina Kirchner era presidenta.

La Justicia, con Sergio Moro como actor principal, hizo que la sociedad cambiara su voto en las elecciones contra el Partido de los Trabajadores, mientras que en Argentina fue la sociedad la que primero cambió en la urnas su voto contra el kirchnerismo para que, recién después, los jueces de Comodoro Py se animaran a avanzar con los juicios de corrupción. Antes habían sobreseído a Néstor Kirchner por enriquecimiento ilícito y desechado las pruebas de la primera denuncia de corrupción K, el caso Skanska, denunciado por PERFIL en 2006 hasta con grabaciones de los ejecutivos de la empresa confesando haber pagado coimas, causa que ahora se está reabriendo.

Es a la Justicia a lo que Sergio Moro dedica hoy su vida. No ocuparía otro cargo político

Además, la gran diferencia es que Moro tiene más aprobación que Bolsonaro y no es un ministro de Justicia que ningún presidente pueda echar sin pagar un gran costo político. Los argentinos también tenemos una deuda con Moro: muchos arrepentidos del Cuadernogate lo hicieron después de ver la serie El mecanismo y cómo Moro puso presos primero a los empresarios.