domingo 05 de febrero de 2023
COLUMNISTAS opinión

El oasis mundialista

La utopía de jugar los siete partidos en el Mundial de Qatar, desde la impensada derrota frente a Arabia Saudita, se convirtió en realidad. Un premio al esfuerzo y a la recuperación luego del primer cachetazo al que el resto de los candidatos también estuvo expuesto. Y un alivio para el Gobierno, pero en especial para el equipo económico al que un poco menos de presión en el mes más caliente del año fue un regalo navideño anticipado.

Como el pragmático de Louis Van Gaal luego del segundo gol argentino, Sergio Massa ya tiró el libreto del fútbol total. Adiós a la utopía del plan de estabilización y crecimiento. De nada serviría un plan impecable en su concepción y eficaz en su ejecución si no dispone del respaldo político y, sobre todo, del tiempo necesario para mostrar los signos positivos.

Así que a lo que podría aspirar, como máximo es a entrar en el año electoral ganando tiempo, inventando algún nuevo mecanismo para que ingresen dólares u otro cepo más, negociando sectorialmente precios y salarios con un techo que no agregue nafta al fuego, una recomposición en las tarifas para no atrasarlas más y un freno a la creciente transferencia discrecional de recursos a las provincias.

El jueves se conocerá la medición del Indec para los precios durante noviembre y la suerte del año está jugada

Del diagnóstico sobre los males económicos argentinos, la inflación no es el más urgente, pero sí el más trascendente. El próximo jueves se conocerá el IPC de noviembre, con expectativa para ver si, efectivamente, la inflación minorista termina 2022 en dos dígitos. El margen de maniobra no es muy amplio: no debería ser mayor a 13,3% en los dos meses finales. Ya las estimaciones privadas ponen a la cifra de noviembre entre un 6% y un 6,3%: la consultora C&T Asesores Económicos proyectó un 6,2%, por ejemplo. Pero esta desaceleración relativa se muestra como una victoria pírrica frente al flagelo que es responsable de la distorsión de precios, la erosión de los ingresos de las capas más vulnerables de la población y la estratificación de los niveles de pobreza. El ministro de Economía había anunciado que el objetivo es hacer converger los precios en una franja entre el 3% y el 4% mensual para marzo próximo, casi un logro para un gobierno que ensayó múltiples variantes. Pero terminó cargando a la política económica de restricciones a la hora de diseñar planes de contención más efectivos.

El retraso tarifario es un buen ejemplo. Tomado como bandera de la política de ingresos diferenciándola de la incompleta recomposición de la administración Macri, terminó dejando los valores aún más expuestos cuando la inflación se siguió disparando. La posterior alza de los precios internacionales de la energía abrió un rumbo en el esquema oficial: se necesitó importar mucho más para abastecer el consumo y se retacearon los alicientes a más inversión. El prometido replanteo de los subsidios se encontró con innumerables escollos burocráticos, un aliado natural de los que postulaban el divorcio de los precios internacionales de los domésticos. Claro, con un drenaje de divisas y pesos para el Estado benefactor.

Dolarización: otra crisis de peso

Lo mismo ocurrió con el retraso deliberado del dólar oficial, defendido hasta hace pocos días por el propio presidente del Banco Central que señala de ataques especulativos la demanda incesante de divisas imposibles de abastecer a un precio que solo es referencia estadística. La necesidad de volver a tener reservas derivó en los planes a medida para los exportadores de soja que ahora saben que, silobolsas mediante, no tendrán que apurarse por liquidar a precio vil. El consenso de que la mejor forma de administrar las divisas para importaciones y lograr más saldos exportables es dar al tipo de cambio una conexión con la realidad tiene, sin embargo, un freno abrupto: imposible hacerlo sin empujar la inflación. El corsé diseñado por Martín Guzmán y las restricciones impuestas por el ala mayoritaria de la coalición oficial siguen más vivos que nunca.

La ventaja para Sergio Massa es que es un político que al menos entiende dónde está el campo minado y trata de no pisarlo, por más que se contradiga y tenga que acudir a su entrenada cintura para hallar la cuadratura del círculo. Casi está resignado a algún contraataque salvador o la ruleta de los penales. Con este equipo y las sinuosas señales que se emiten desde el banco, no podrá hacer mucho más. Quizás su gran negocio es poder vender un empate como una victoria épica.