martes 27 de julio de 2021
COLUMNISTAS
26-06-2021 23:55

El ocaso de Cristina y Macri

Una sorda resistencia interna y el franco descenso de la aceptación socia erosionan sus liderazgos. Se abre un espacio político de incertidumbre.

26-06-2021 23:55

Con medios de comunicación empeñados en darles centralidad, con la influencia que aún ejercen dentro de sus coaliciones y con los odios y amores que despiertan, quizá resulte extraño sostener que Cristina Kirchner y Mauricio Macri están en decadencia. Esta afirmación es tal vez más controvertida en el caso de Cristina, que ocupa nada menos que la vicepresidencia de la Nación. No obstante, se pueden aportar evidencias para sostener el argumento.

Una herramienta útil para analizar el caso es la distinción que efectúa la ciencia política entre líder y liderazgo. Define al líder la destreza para imponer su voluntad y ser obedecido por aquellos que le reconocen autoridad y le ceden su confianza. El liderazgo, en cambio, remite a la acción política que lleva adelante un líder en un contexto histórico e institucional específico. No necesariamente coincide el líder con liderazgo. A veces, el liderazgo es contingente.

Cristina y Macri conjugan ambas dimensiones: se les concede autoridad, obtienen obediencia y luchan por imponer sus metas políticas. Pero, como sostendremos, esos atributos están en declinación. Una sorda resistencia interna, por fuera de su círculo de allegados, y un franco descenso de la aceptación social, exhiben las fisuras de lo que en algún momento fueron jefaturas sólidas e indiscutibles. 

Consideremos el liderazgo, uno de cuyos indicadores son los índices de imagen que arrojan los sondeos. La deriva de Cristina y Macri es inequívoca: sus registros de mayor popularidad ocurrieron en el pasado y no existe el menor indicio de que puedan restablecerse. La vicepresidenta alcanzó su momento estelar cuando obtuvo la reelección presidencial, hace diez años; el jefe del PRO, cuando llegó a la Presidencia, hace seis. Una eternidad en política.

El presente los muestra lejos de ese esplendor. Según los datos de Poliarquía, ambos superan largamente el 50% de imagen negativa. El caso de Macri es aún más grave: su valoración positiva descendió a menos de 20 puntos, mientras que Cristina conserva la fidelidad del 30% de la sociedad, una magnitud que coincide con la dimensión de su electorado cautivo. Que ella retenga esa base y sea la vicepresidenta no revoca su ocaso, pero lo diferencia del de Macri. 

Conviene sumar a este cuadro otro indicador de la decadencia del liderazgo. Lo llamaremos “impotencia estratégica”. Es la incapacidad de fijar el rumbo, haciendo que los hechos se organicen para favorecer los intereses políticos o personales del actor.  El liderazgo implica talento táctico y capacidad estratégica. La impresión es que tanto Cristina como Macri perdieron esa cualidad hace tiempo. No pueden alinear los astros a su favor, apenas pueden dar golpes tácticos con mayor o menor acierto.

Los últimos años de Cristina desnudan el déficit estratégico. Fue capaz de una jugada táctica brillante: asociarse con Alberto Fernández y Sergio Massa para recuperar el poder. Comprendió que con su capital no alcanzaba, necesitaba un suplemento de moderación que le es ajeno. Fluyó la táctica, aunque falló la estrategia: ejerce el poder político, pero no el burocrático; no pudo reformar la Justicia a su medida ni aliviar las causas judiciales que la obsesionan. Y quizá no pueda evitar una derrota electoral.

Lo de Macri es más módico y menos exitoso. Viendo que se le escurría la Presidencia, luego de las PASO de 2019, hizo su jugada táctica: abrazó el republicanismo antiperonista, sembró la idea de que el populismo es la peor amenaza y logró un estimable 41% de los votos. Pero su estrategia fracasó: como ex presidente sobreactuó ese perfil, convirtiéndose en el representante de una derecha elitista que la mayoría repudia. Justo lo contrario de la imagen de centro que había construido en su mejor momento, cuando cofundó Cambiemos.

Reducidos ahora a lo que denominamos impotencia estratégica, estos líderes han sido sin embargo figuras que tuvieron logros y récords difíciles de emular. Cristina ocupó todos los cargos a los que se puede aspirar: presidenta, vicepresidenta, senadora y diputada nacional. Obtuvo el triunfo más resonante en casi cuarenta años de democracia y conserva una base de apoyo que supera a la de cualquier otro expresidente desde 1983. Además, puso a la mujer en el centro de la escena política.

Cristina y Macri no alcanzaron nunca la talla de estadistas, una altura esquiva para los políticos argentinos

Macri consiguió algo sin precedentes: en medio de la crisis de la partidocracia, fundó un partido de centroderecha que alcanzó el poder en elecciones democráticas. Antes de él la derecha había llegado allí por golpes de Estado o enmascarada en el peronismo. El David, que era PRO, le asestó al Goliat kirchnerista derrotas de las que aún le cuesta reponerse, porque le mostraron que la adhesión electoral es contingente, nadie posee al pueblo, ni aun aquellos que lo cortejan e invocan.

Reconocidos los méritos, debe decirse que Cristina y Macri no alcanzaron nunca la talla de estadistas, una altura esquiva para los políticos argentinos. La hubieran logrado con virtudes que están fuera de su radar: favorecer la unidad nacional, combatir la corrupción y acordar políticas de Estado. Al contrario, profundizaron la falsa opción entre pueblo y república; usaron las cloacas del poder, en lugar de combatirlas; y creyéndose omnipotentes enfrentaron solos los enormes problemas del país.

Sin embargo, no llegan al crespúsculo en la misma situación. Como se dijo, ella ocupa un cargo relevante y retiene una base electoral insuficiente aunque consolidada. A él le aguarda el ostracismo si no recalcula ya su ruta. Pero ambos se conducen igual: desestiman los síntomas del ocaso y con indisimulado narcisismo –ese rasgo que Max Weber deploraba– pretenden seguir digitando los acontecimientos. Su ofuscación obtura la sucesión y compromete las chances de sus coaliciones.

En su caída, Cristina y Macri dejan espacios de poder y anomalías que provocan incertidumbre. Tal vez la más preocupante la constituya Alberto Fernández, una consecuencia de la estrategia fracasada de su mentora. Contrariando la tradición presidencialista, menos del 20% de los argentinos cree que es el jefe de Estado quien toma las decisiones. Una señal de la endeblez institucional. Y un vacío angustiante en medio del vendaval.     

Le aguardan nuevas orfandades e inéditas desesperaciones a este país, que saldrá destrozado de la peste. Acaso esas experiencias traumáticas sean el incentivo para dejar atrás los liderazgos decadentes. Los argentinos esperan otros guías para atravesar el desierto que viene.


    
*Analista político. Director de Poliarquía Consultores.