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Cambios

El sentido de todo esto

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‘Una voz en el teléfono’. Uno de los éxitos de Alberto Migré. | cedoc

El año pasado murió en Francia el streamer Raphaël Graven en el transcurso de una transmisión en directo que, en el momento del deceso, llevaba casi 300 horas de emisión ininterrumpida. Graven era sometido a todo tipo de vejaciones por un pequeño grupo que lo acosaba ininterrumpidamente. Un día murió. Hablamos de ello aquí tratando de enmarcarlo como una nueva tendencia de la esfera digital en la que, a juicio de la filósofa italiana Michela Marzano, se pierde la conciencia de lo real y nos acostumbramos a todo, convirtiendo a la muerte como espectáculo.

La semana pasada en España falleció otro streamer. Ahora se trata de un hombre de mediana edad, Sergio Jiménez, quien vivía en una localidad próxima a Barcelona, desde donde se conectaba para pedir dinero a cambio de consumir drogas compulsivamente en directo. Jiménez no era conocido, pero sí Simón Pérez, un streamer famoso que solía invitar a Jiménez en sus emisiones.

La historia de Simón Pérez es la secuencia de una degradación que comenzó hace unos años cuando producía con su compañera videos con información financiera. Cierta vez, en una entrega, ambos aparecieron ebrios y así comenzó la caída. Pérez sigue, una década después, inmerso en un espectáculo que incluye todo tipo de situaciones humillantes que han ido desde afeitarse la cabeza hasta arrojar una impresora por la ventana a cambio de dinero. Muchas emisiones se anuncian en clave para acceder a un grupo reducido en Google Meet donde se consumen drogas compulsivamente. Sergio Jiménez participaba de estos encuentros y cuando abrió su propia ventana encontró de modo rápido la muerte.

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El formato video trajo consigo a finales de los años 80 las snuf movies, contenidos en los que se humillaba y asesinaba al protagonista, pero no fue hasta que se estableciera el imperio de la red que surgieron los videos que hacían circular los terroristas de sus ejecuciones, convirtiéndose en virtuales guionistas de un nuevo contenido que dejó de ser marginal por su alto consumo. Este es el fenómeno que analizaba Marzano, pero su espectro hoy ocupa un espacio que de la marginalidad del valle de Cachemira se ha trasladado a un departamento de cualquier barrio de una ciudad europea, donde un vecino abre su intimidad a través de la cámara del celular o la computadora.

Hay un correlato que se declina del reality show donde se exhibía un famoso en televisión en los años 90 y que devino en este contenido extremo.

La telenovela, antes del reality, establecía un orden en el que conciliaba clases y se apoyaba en una estabilidad aparentemente sólida. La gobernanza financiera global disolvió el mundo del trabajo tradicional, impuso la desigualdad y un nuevo tiempo signado por la incertidumbre y el miedo. Seriales históricos como las tiras de Alberto Migré con el reflejo de un mundo aparentemente ordenado han sido desplazados por las plataformas donde las series narran el terror sin solución de continuidad, como Homeland o una interpretación del sistema como hace Breaking Bad, donde el protagonista, un profesor de química, al contraer un cáncer, decide ponerse a fabricar metanfetamina para dejarle un respaldo económico a su familia: es la sublimación de un emprendedor, modelo actual para hacerse un sitio en el mundo.

No hay guion. Se improvisa cada jornada, y los contenidos, de algún modo, representan esa deriva. Camus, en su análisis del mito de Sísifo, se pregunta si cuando se rompe la secuencia lógica del sentido del diario vivir hay también un quiebre que puede inducir al suicidio. Sísifo, dice Camus, sube una y otra vez arrastrando la piedra hasta la cúspide de la montaña, pero puede pensar cada vez que baja. Pareciera que ahora estamos en caída libre, sin reflexión ni apoyos. No solo hay que entrar al streaming para verlo. En Escandinavia, último entorno amable de un tiempo que se diluye, se preguntan cada mañana si Groenlandia será o no invadida ese día.

* Escritor y periodista.