Sobre la incompatibilidad entre imperio y democracia, el historiador norteamericano Chalmers Johnson escribió: “Mantener nuestro imperio en el exterior requiere recursos y compromisos que inevitablemente socavarán nuestra democracia interna y al final producirán una dictadura militar o su equivalente civil”. Y agregó: “Los fundadores de nuestra nación lo comprendieron bien e intentaron crear una forma de gobierno: una república que impidiera que esto ocurriera. Pero la combinación de enormes ejércitos permanentes, guerras casi continuas y gastos militares desastrosos ha destruido nuestra estructura republicana en favor de una presidencia imperial. Estamos a punto de perder nuestra democracia para conservar nuestro imperio. Una vez que una nación emprende ese camino, entran en juego las dinámicas que se aplican a todos los imperios: aislamiento, sobreextensión, la unión de fuerzas opuestas al imperialismo y la bancarrota. Némesis acecha nuestra vida como nación libre.
Némesis, “la hija de la noche”, representa la justicia divina y la venganza de los dioses frente al exceso, la diosa de la justicia redistributiva que viene a equilibrar lo desequilibrado. Las citas anteriores son del libro de Chalmers Johnson titulado Némesis: Los últimos días de la República Americana.
Ecpirosis, ekpyrosis en griego, se traduce como conflagración, es una concepción estoica que explica el funcionamiento del cosmos incluyendo períodos de destrucción. Algunos le asignaban a esa destrucción una finalidad “purificadora”; otros, simplemente que algo al crecer demasiado precisa reabsorberse.
Cuando Trump asumió su segunda presidencia anunciando que todo el continente americano incluyendo Groenlandia era “nuestro hemisferio” no se tomaban sus palabras tan en serio como a partir de la operación militar norteamericana en Venezuela, cuyos efectos trascendieron en su significado a Maduro, el chavismo y la propia Venezuela para ser interpretados como el mojón de ingreso a una nueva geopolítica que un Donald Trump todopoderoso y eficaz le imponía al mundo, además de a su propio país.
Otra interpretación es que se trata de alguien que, ignorando la complejidad del cosmos y creyéndose autosuficiente, termina siendo el ejecutante de lo que la historiadora Barbara Tuchman definió como “la frivolidad belicosa de los imperios seniles”.
Tuchman, en su libro La marcha de la locura: la sinrazón desde Troya hasta Vietnam, escribió: “El mal gobierno es de cuatro especies, a menudo en combinación. Estas son:
1) tiranía u opresión, de la cual la historia nos ofrece vastos ejemplos conocidos que no vale la pena citar.
2) Ambición excesiva, como el intento de conquista de Sicilia por los atenienses en la Guerra del Peloponeso; el de conquista de Inglaterra por Felipe II, por medio de la Armada Invencible; el doble intento de dominio de Europa por Alemania, autodeclarada raza superior; el intento japonés de establecer un imperio en Asia.
3) Incompetencia o decadencia, como en el caso de los finales del Imperio romano, de los últimos Romanov, y la última dinastía de China;
4) Y por último insensatez o perversidad. Este libro trata de la última en una manifestación específica, es decir, seguir una política contraria al propio interés de los electores o del Estado en cuestión. El propio interés es todo lo que conduce al bienestar o ventaja del cuerpo gobernado; la insensatez es una política que en estos términos resulta contraproducente”.
Desde el otro lado del Atlántico, ya a comienzos del siglo pasado, el también historiador además de filósofo italiano, Benedetto Croce, sostuvo que “hay cuatro formas de gobierno: la tiranía, la oligarquía, la democracia y la onagrocracia”. Este último término, acuñado por él combinando la palabra griega ónagros (asno salvaje con el significado figurado de ignorante) y cracia (gobierno), o sea y en sus palabras: “el gobierno de los burros rebuznantes”.
La historia, el futuro, con las consecuencias de los acontecimientos, dirán si Trump ingresa en las categorías de Croce tiranía u onagrocracia, rompiendo los principios que llevaron a Estados Unidos a ser la mayor potencia mundial, produciendo por contraste meritorio el derrumbe de la ex Unión Soviética y la mudanza de China al capitalismo, que son la relativa superioridad ética del sistema norteamericano al mismo tiempo del progreso material y social de su población.
Ahora, a la inversa, considera que debe imitar el modelo autocrático chino y ruso considerando un síntoma de debilidad seguir aspirando a algún grado de superioridad ética porque obliga a autoimponerse control sobre el uso de su fuerza. ¿Para qué la superioridad ética si ya se tiene la superioridad militar? ¿Para qué esperar que el soft power realice su proceso si con el hard power se obtienen los resultados inmediatamente?
El verdadero triunfo, el único duradero, es convencer al adversario de la superioridad de las ideas propias. Solo convenciendo se vence. Las imposiciones únicamente por la fuerza son apenas batallas ganadas y, como sostenía von Clausewitz, se pueden ganar batallas y perder la guerra.