Uno de los interrogantes frecuentes refiere a cómo puede ser que, habiendo sido los jóvenes de los años 70 y los 2000 activos militantes del antiliberalismo, hoy un sector importante de la juventud –el 53%, según nuestros últimos estudios– adhiera firmemente a Javier Milei y al ideario libertario. Si definimos la rebeldía como una forma de oposición al sistema hegemónico –ya sea económico o de valores– y la despojamos de ideología, podemos entender que ser antisistema no implica necesariamente ser anticapitalista o antiliberal.
La idea de rebeldía está históricamente anclada en la generación de los baby boomers, con hitos como Woodstock, el Mayo Francés, las movilizaciones estudiantiles contra las dictaduras, el rock como expresión de protesta, la revolución sexual, el uso de drogas, el feminismo y los movimientos LGTB. Esa generación fue, en gran parte, antiautoritaria, antimilitarista y promotora de una revolución cultural contra el conservadurismo, reivindicando la igualdad social. Muchos de sus integrantes se convirtieron en figuras centrales de la política mundial: Lula, Sheinbaum, Trump, Petro, Putin, Macron, Xi Jinping, entre otros.
Sin embargo, pertenecer a una misma generación no implica compartir los mismos valores. Tres de estos líderes –Trump, Putin y Xi Jinping– hoy monopolizan la disputa por el nuevo equilibrio mundial. Aunque uno promueve el capitalismo y los otros se definen como comunistas, los tres son conservadores en relación con sus propias sociedades. Trump, hijo de empresario, se formó en la cultura corporativa, no participó de movimientos antimilitaristas ni antiautoritarios y está imbuido del lema “America First”; busca restaurar la hegemonía estadounidense. Putin, ex-KGB, fue elegido por su disciplina y apego a los valores jerárquicos, y promueve la restauración del imperio zarista. Xi Jinping, hijo de un dirigente comunista, fue cuestionado en su juventud y respondió volviéndose “el más rojo de los rojos”, nunca desafió el poder del Partido y reafirma a China como civilización superior, autosuficiente y territorialmente unificada (Tíbet, Taiwán).
Los tres comparten valores como orden, jerarquía, disciplina, soberanía nacional y patriotismo, y aunque de manera diferente, sostienen una visión de expansión hacia el exterior: territorial en el caso ruso, económica y tecnológica en el chino, geopolítica en el estadounidense.
Volviendo a la Argentina: en los años 70, la juventud se rebelaba contra la dictadura, con valores antiautoritarios y antimilitaristas. En 2001 colapsa el Estado neoliberal, y los culpables del desastre son identificados como los políticos, empresarios, bancos y el FMI. De esa crisis emerge una demanda por un Estado fuerte, protector en lo social y económico, y defensor de la soberanía nacional: emerge Néstor Kirchner.
Pero en 2023, el malestar social se atribuye a un Estado fallido que generaba inflación e incertidumbre económica. El Estado gastador, la “casta”, los impuestos y el progresismo “woke” fueron señalados como responsables. Surge entonces el libertarismo: anti-Estado, promercado. Los jóvenes que adhieren a Milei rechazan el sistema de valores que emergió tras la crisis de 2001.
Así, vemos tres momentos históricos en los que ser rebelde no significó lo mismo. Aunque la rebeldía desde la izquierda o la socialdemocracia dominó durante décadas, el péndulo de la historia hoy se inclina hacia el libertarismo. Pero eso podría cambiar en 2027. Todo dependerá del éxito o del fracaso del modelo libertario. Los que hoy reivindican la apertura importadora indiscriminada ¿podrán sobrevivir al cierre de empresas? ¿Continuarán encontrando en Milei una esperanza de futuro o volverá a prevalecer la demanda de un Estado activo, promotor del desarrollo nacional?
* Consultor y analista político.