¿Cómo ver lo que está sucediendo con la perspectiva de lo que significará? Imposible, incluso en este mundo globalizado, con pretensiones de simultaneidad. Ninguna red lo abarca todo, aunque veamos lo que está pasando en distintos lugares del planeta, y creamos que los millones de “views” implican conciencias equivalentes de lo que se está mirando.
Al pragmático “ver para creer”, se le agrega el cinismo de “ver para olvidar”.
O el reverso del verso de Antonio Machado: “todo pasa y nada queda”.
No es posible entender lo que está sucediendo porque nada se sabe de lo que sucederá. El planeta continúa girando, y parece que lo hiciera cada vez más rápido. Y a los golpes. A las trompadas de Trump.
Apelo a lo cíclico de la historia para encontrar una etapa menos vulnerable y violenta que la nuestra. Algo bueno y duradero debe haber pasado alguna vez. Otra frase para invertir: “Lo bueno, si duradero, dos veces bueno”.
Sigamos con esa palabra. Podríamos así remontarnos al último Emperador “Bueno” (siglo II), retratado por Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano, una novela bellísima que además nos permite entender los ímpetus personales de los poderosos y su implicancia en el devenir de una sociedad. Los ímpetus parecen irrefrenables, pero no siempre son destructivos. Suelen serlo si carecen de sensualidad. Y es lo que sugiere la lectura de la novela de Yourcenar. Adriano gobernaba con Eros.
El deseo le ganaba a la ambición, la voluptuosidad a la violencia.
Recibió el epíteto de “Bueno” por enamorado del mundo. Marguerite Yourcenar le atribuye las siguientes palabras: “He soñado a veces con elaborar un sistema de conocimiento humano basado en lo erótico, una teoría del contacto en el cual el Misterio y la Dignidad del prójimo consistirían precisamente en ofrecer al Yo el punto de apoyo de ese otro mundo. En una filosofía semejante, la voluptuosidad sería una forma más completa pero también más especializada de este acercamiento al Otro, una técnica al servicio del conocimiento de aquello que no es uno mismo.”
Es interesante diferenciar impulso destructivo de eros generador. ¿Pulsión de muerte, pulsión de vida? Trump es lo opuesto de Adriano, ambos líderes de una época ¡a más de 20 siglos de distancia!
¿Será que estamos en una crisis erótica de las decisiones? ¿O más bien, en la falta de erotismo a la hora de la toma de decisiones?
Me adelanto unos giros.
Pienso en otro período, posterior pero también remoto, que siempre me llamó la atención, más que nada su nominación, “Paz ininterrumpida”, que corresponde a más de dos siglos de la historia japonesa. Difícil pensar en una duración semejante. La paloma de la paz tiene vuelo efímero. Después vienen las cagadas.
A pesar de todo, el período Edo fue larguísimo, doscientos cincuenta años de paz y prosperidad interna. Es lo que se cuenta de la era Tokugawa. No resulta fácil creerlo. ¿La condición humana admite la posibilidad de paz? Es lo que intentó fundamentar Kant en Occidente, cuando publica Sobre la paz perpetua en 1795. Allí describe un programa de paz que pueda aplicarse a los distintos gobiernos de la época. Sus cláusulas son de una actualidad moledora, y ponen en evidencia el retraso de nuestro presente. Cito algunos de sus artículos preliminares: 1) “Ningún tratado de paz en el cual esté tácitamente reservado un asunto para una guerra futura será válido”. 2) Los ejércitos permanentes deberán desaparecer por completo con el tiempo”. 3) La deuda nacional no deberá ser contraída con el fin de ocasionar tensiones entre estados”. Y atención con este último: “Ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución el gobierno de otro Estado”. Ah, bueno…
En esta búsqueda de lo cíclico, podríamos llegar aún más lejos, en tiempos de cazadores y recolectores, nómades y con estructuras sociales igualitarias y profundo conocimiento del entorno. Otra vez nuestro presente parece tener más historia que futuro, como si estuviéramos a años luz del conocimiento adquirido.
Pero volvamos a Japón, y al siglo XVII. El período de la paz ininterrumpida comienza con el surgimiento de una nueva expresión literaria: el haiku. Sus dos mayores representantes, Matsuo Basho y luego Onistura, advierten que la eroticidad del lenguaje es receptiva. No se trata de imponer un significado sino de plasmar una percepción. Acoger la epifanía. Privilegiar el asombro.
Me gusta pensar que la paz viene con tiempo, poesía y receptividad.
Lamentablemente a la “guerra ininterrumpida” de nuestra época le corresponde un género escasamente literario, para nada erótico: el limitado tuit.