A cincuenta años de un hecho que condujo al más funesto y degradante período de nuestra historia reciente –24 de marzo de 1976– me permito recordar un concepto de Ernesto Sábato: “En los años que precedieron al último golpe de Estado, hubo actos de terrorismo que ninguna comunidad civilizada podría tolerar. Invocando esos hechos, criminales de la más baja especie, representantes de fuerzas demoníacas, desataron un terrorismo infinitamente peor, porque se ejerció con el poderío e impunidad que permite el Estado absoluto, iniciándose una caza de brujas que no solo pagaron los terroristas, sino miles y miles de inocentes” (Antes del fin, pág. 130).
En abril del año 1975 finalizó la guerra de Vietnam, con la humillante y aplastante derrota de Estados Unidos. En la Argentina vivimos con los prolegómenos del mayor drama argentino, al cual me referiré sintéticamente. El jefe del Ejército, general Alberto Numa Laplane, pasó a disponibilidad al general Jorge Rafael Videla, quien recurrió al diputado nacional Raúl Lastiri para que intercediera ante su suegro, el ministro José López Rega, en lograr un cargo y evitar permanecer en la incierta situación (actividad, pero sin cargo). López Rega había sido el mentor de la organización de extrema derecha conocida como la Triple A que cometió en el orden de mil asesinatos. Su gestión fue exitosa y Videla fue nombrado el 4 de julio por la presidente de la Nación, María Estela Martínez de Perón, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas (FF.AA.); y el 27 de agosto jefe del Ejército. Con anterioridad, la presidenta había nombrado jefe de la Armada al almirante Eduardo Massera.
El 20 de septiembre, monseñor Victorio Bonamín –a cargo del actual obispado castrense– dijo: “El Ejército está expiando las impurezas de nuestro país ¿No querrá Cristo que algún día las FF.AA. estén más allá de su función y que empiece la depuración? El pueblo argentino ha cometido pecados que solo se pueden redimir con sangre. ¡Es que el Ejército está velando con las armas el festín de los corruptos!”. En esos meses, el sacerdote francés Georges Grasset, ligado al integrismo católico y a la Organización Armada Secreta (OAS) que actuó en Argelia, dictó algunas conferencias en unidades de Campo de Mayo.
El 5 de octubre, la organización irregular terrorista Montoneros intentó el copamiento del Regimiento 29 de Infantería (Operación Primicia), en Formosa, originando doce muertos (un oficial, un suboficial y diez soldados conscriptos). Se estiman en doce los terroristas muertos, además de un policía y dos vecinos.
El 6 de octubre, el Poder Ejecutivo Nacional (Decreto 2772/75), dispuso: “Las FF.AA., bajo el Comando Superior del presidente, procederán a ejecutar las operaciones militares que sea necesarias a los efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio del país”. El término aniquilar militarmente tiene un claro alcance: busca quebrar la capacidad de lucha del adversario, no necesariamente es físico, muchas veces es moral. El reconocido militar alemán, Colmar von der Goltz, sentenció: “No se vence al enemigo destruyéndolo totalmente, sino quitándole la esperanza de la victoria”. El español Guillermo Cabanillas de Torres en su Diccionario Militar, expresa: “Aniquilar no significa el exterminio del adversario, con matanza total de los rivales y despiadada destrucción de sus pertenencias y su territorio, sino la reducción a la impotencia bélica y colocarlo en un estado físico, psíquico y moral que se sienta incapaz de continuar la lucha”. Con el decreto citado las FF.AA. disponían de instrumentos legales para operar contra los delincuentes terroristas o subversivos: vulnerar la esencia doctrinaria y caer en la ilegalidad total fue otra cosa. Es burlarse de la sociedad que quienes concibieron el terrorismo de Estado –y actualmente los nostálgicos de los 70– manifestaron que cumplieron órdenes del PEN, cuando fueron ellos quienes derrocaron a ese legítimo poder. La mentira es una perversión, es negar a la sociedad el acceso a la realidad y se socava la confianza en la misma.
El 8 de diciembre, se produjo un infructuoso levantamiento de la Fuerza Aérea, encabezado por el brigadier Jesús Orlando Capellini, realizando vuelos rasantes con los viejos aviones Mentor sobre la residencia presidencial de Olivos e instaba a: “Derrocar al gobierno e implementar un nuevo orden invocando un sentido nacional y cristiano. Levantar el velo de tanta mentira e inmundicia en el país. Por la unión moral y material de las FF.AA. Por la erradicación de la corrupción, de la subversión marxista, del honor y de la dignidad nacional”. El digno brigadier Héctor Fautario condenó el hecho, e incomprensiblemente la presidenta lo reemplazó por el brigadier Orlando R. Agosti, que junto con el almirante Eduardo Massera conformó la nueva Junta Militar, presidida por el general Jorge R. Videla quien se caracterizaba por su falta de carácter en el ejercicio del mando y carencia de liderazgo. Días después, el diario The New Times con la firma del periodista Arthur Ochs Sulzberger comentó: “Parece inevitable que las FF.AA. argentinas perpetren un golpe de Estado, probablemente en pocas semanas más, con el objeto de deponer al imprudente e ineficaz gobierno de María E. Martínez de Perón”.
El 23 de diciembre, efectivos del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) asaltaron el Batallón de Arsenales 601 del Ejército ubicado en Monte Chingolo, en las afueras de Buenos Aires. Murieron un suboficial y tres soldados conscriptos; y se aprecia que cincuenta y tres guerrilleros. Esta acción y la de Montoneros en Formosa mostraron el debilitamiento (no derrota definitiva) de las organizaciones terroristas, que no superaban en total dos mil hombres. No imponían el empeñamiento de las FF.AA., sino continuar con el accionar de las Fuerzas de Seguridad (Gendarmería Nacional y Prefectura Naval), Policía Federal y policías provinciales. Hasta uno de los mentores del terrorismo de Estado, Genaro Díaz Bessone, reconoció: “Nada impedía eliminar a la subversión bajo un gobierno constitucional. La justificación de la toma del poder por las FF.AA. fue clausurar un ciclo histórico”.
El 25 de diciembre, Videla, desde la provincia de Tucumán, alertó: “La paciencia de los militares ha llegado a su límite. Recomiendo al gobierno a modificar su rumbo (…) Y condenó la pasividad cómplice”. Lamentablemente, gran parte de la sociedad no advirtió que aceptar una dictadura, como un mal menor, estaba coadyuvando a la instalación de un terrorismo de Estado, de imprevisibles y atroces consecuencias.
*Ex.Jefe del Estado Mayor del Ejército (1991-1999). Veterano de Malvinas.