miércoles 06 de julio de 2022
COLUMNISTAS Aquí y ahora

El tiempo de la hipoteca

04-06-2022 23:55

En la película La noche se mueve de Arthur Penn, Gene Hackman interpreta a un detective al que su pareja le propone ir a ver una película de Éric Rohmer ante lo cual, Hackman declina la invitación argumentando: “Detesto a la nouvelle vague, es como mirar crecer un árbol”.

El filósofo australiano Roman Krznaric, en un libro que acaban de publicar en España, El buen antepasado (Capitan Swing) recomienda justamente eso: observar la vida de las plantas. Krznaric además de filósofo es jardinero.

Krznaric sostiene en este ensayo que en el momento que más avanza la civilización menos piensa en su futuro. Hemos pasado, argumenta, a través de los años, de medir las horas a medir los nanosegundos. Cada vez vivimos más a corto plazo y no solo en la cultura del tiempo, sino también en la Bolsa, en el actual sistema financiero. Los políticos no planifican más allá de las siguientes elecciones y las empresas más allá de los siguientes trimestres.

No es nada difícil comprobar esta tesis. Como individuos estamos atrapados en el presente mirando la pantalla del móvil. El largo plazo aparece cuando se contrae una hipoteca que da una perspectiva mínima o en esas personas que escriben una playlist para su propio funeral (hay gente que lo hace).

Krznaric evoca el tiempo en el que se construían catedrales.

Como individuos estamos atrapados en el presente mirando la pantalla del móvil

Una vez, hace más de diez años, estando en Rosario visité la catedral de la ciudad, cuando de repente, sentí un leve mareo que me obligó a tomar asiento. A medida que recuperaba el tono vital, me quedé observando la arquitectura del templo: la superposición de épocas y estilos. El altar mayor, neoclásico, construido con mármol de Carrara y traído por partes desde Italia en el siglo XIX; otro, gótico, más pequeño, desplazado a un lateral cuando fue reemplazado por el anterior; la cúpula bizantina original del XVIII. En fin, diferentes edades de la Iglesia relacionadas unas con otras en una misma estructura. Entonces, pensé: ¿y si en lugar de un tenue mareo me hubiera desvanecido unos instantes y al recuperar la conciencia no consiguiera, a primera vista, situarme? La dispersión se hizo cargo del interrogante.

Me podría encontrar, por ejemplo, en una iglesia de Granada o de Lima; en la catedral de San Patricio en Dublín o en la de La Habana, o en la metropolitana de Ciudad de México o en la de Southwark en Londres. Todas las posibilidades estaban abiertas. La analogía con un mall americano fue inmediata. De Seattle a Santiago de Chile y de Dubai a Barcelona, el modelo del mall –cuyo sistema de organización podemos encontrar también en los aeropuertos y en algunas áreas de las grandes ciudades como la City de Londres o la de Buenos Aires, el Azca de Madrid o La Défense de París– es similar al modelo de globalización que desarrolló la Iglesia. Todos los centros comerciales son iguales, en todos encontraremos un Starbucks, tiendas de Calvin Klein y Gucci, un McDonald’s y un Burger King, cadenas de restaurantes italianos, chinos y japoneses, y, por supuesto, cines Multiplex. Eso pensé entonces. Aquello que no se me ocurrió, a propósito de la globalización que había alcanzado la hegemonía del espacio, es que al menos la Iglesia no había disuelto el tiempo como se ha logrado ahora mediante la tecnología.

¿Cómo se construyeron las grandes catedrales en Europa? Con una visión a largo plazo. Los que comenzaban el proyecto sabían que no lo verían. La idea de pensamiento de catedral es parte de la historia humana. Krznaric plantea recuperarla y no quedar atrapados en el corto plazo porque cuanto más avanza la civilización menos se piensa en su futuro.

Hay un torso de Apolo que conserva el Louvre de unos 2.500 años de antigüedad. Es una escultura griega sin cabeza, brazos y piernas, pero en el torso que aún se mantiene en pie y que brilla de modo tal que, escribió Rilke en su poema Torso de Apolo arcaico, “no hay un solo lugar desde el que no te vea”. Es un torso el que nos mira desde el pasado y nos interroga haciendo que nos preguntemos a nosotros mismos qué es lo que estamos haciendo con nuestra propia existencia. Un buen antepasado. Rilke en el último verso lo deja claro: “Debes cambiar tu vida”.

*Escritor y periodista.