22 oct 2020
COLUMNISTAS |opinion
domingo 11 octubre, 2020

El triunfalismo que ya no fue

Saludo. El Presidente entregó viviendas pero añora la aceptación de antaño. Foto: Presidencia

El triunfalismo es un momento interesante de éxtasis social. Por lo general, se fija en el tiempo como un episodio puntual con características expansivas, ya que hace sentir que eso que ocurrió podrá ser extendido como una constante en el tiempo futuro definiendo por siempre los estados de los que celebran una victoria.

Quien gana y se siente en condición de expresar los ánimos de una conquista, gusta además de decir cosas, las más que pueda contra sus enemigos. Por ejemplo, contando los muertos por millón de habitantes contra los muertos de otros, e imaginando los supuestos muertos de gobiernos anteriores en un estado de efusividad triunfalista fuera de control. Cuando se llega de ganar una elección, se siente que todo es posible.

El éxtasis es lo contrario a la tristeza o la depresión, de modo que uno no es nada sin el contraste con el otro; como la política, y por eso se ven allí tan presentes los ánimos con intensidad, en que el Gobierno le debe sus preocupaciones y orientaciones a los movimientos posibles de su contraparte, la oposición.

Al inicio de la pandemia, las decisiones se llenaban de éxtasis dedicados a quienes todavía estaban en la pesada sombra de la derrota. Sin embargo, lo que en un momento parece eterno es siempre reemplazado en el futuro por otro momento y este ha sido, justamente, el año del viaje del éxtasis a la decepción.

Desde Macri en adelante se buscó colocarle definiciones a los gabinetes, de modo que la adición de etiquetas, como expansión de las comunicaciones de campaña, permitieron agregar una densa presión sobre hombres y mujeres que eran en realidad diversos a lo que alguien sobre ellos definía. Del mejor gabinete de los últimos 50 años, al gobierno de los científicos, se pueden encontrar las sobrecargas de expectativas que cubren estos años.

Macri estaba convencido de que lideraba un proceso revolucionario. Y Alberto Fernández, que era un hombre de la ciencia (por eso las filminas). Ambas definiciones fueron colocadas en contextos triunfalistas y que se asomaban con la sensación de eternidad, justamente porque en los triunfos se exagera.

Las tensiones en política suelen moralizarse y por moralización debe entenderse la capacidad de expandir criterios de “bueno” o “malo” a diferentes situaciones o personas. La moral como artilugio de agregación a aquello que se ve o se dice preferir, no tiene un ámbito único de aplicación, como sí lo tiene el derecho o las decisiones vinculantes en el sistema político.

Por más que sectores del peronismo consideren que la justicia debe responder a las opiniones del público, solo los jueces dictaminan si algo está ajustado a derecho y solo el Presidente de la Nación tiene la potestad de dictar un decreto de necesidad y urgencia.

Sobre ambos casos se pueden hacer evaluaciones morales, pero para estas circunstancias sus criterios de justificación son el derecho y la habilitación que brinda el cargo. La moralización extrema, que ofrece como total a una única visión de lo bueno, lleva a caminos poco democráticos.

El éxtasis triunfalista del Covid-19 en nuestro país ofreció todos los componentes de la moralización extrema en política y bajo esas mismas condiciones comenzó a edificar las bases de su actual fracaso. Lo que se expresaba como ciencia, como evidencia y verdad, era en realidad utilizado para exponer una supuesta superioridad moral contra los enemigos recientemente abatidos en la lucha electoral en un contexto de efusividad irresponsable.

Desde el momento cero de las comunicaciones de la pandemia no se hizo otra cosa que recurrir a descripciones de preferencias que poco tenían que ver con criterios científicos. La dicotomía entre la vida y la economía es un criterio moral, no científico, también defendido por los infectólogos, en el que se definía como inmorales a los que preferían el dinero al resguardo de vidas humanas.

El momento de las evidencias, aquello a lo que la ciencia recurre para decir que algo es verdadero o no verdadero, ha sido para el gobierno de los científicos un momento de incomodidad plena y de acomodamiento emocional, pero en sentido opuesto. Las evidencias se han hecho presentes de diversos modos y en distintos temas y en todos los casos han logrado incomodar, más que fortalecer a la gestión.

Cristina Kirchner manifiesta públicamente sus desacuerdos con el Presidente colocando a sus seguidores en la encrucijada de esforzarse por comprender si hay que seguir apoyando o no. Los muertos por millón de habitantes acaban de pasar a Francia y la medida que recomendaban seguir para insistir con la supremacía global argentina en temas de salud se convierte todos los días en un equivalente funcional del aumento del dólar blue. Durante el día se sigue el valor de la moneda extranjera, y a la noche se notifica de la cantidad de fallecidos. Las evidencias no dejan respiro.

Con el caso Venezuela se puede ofrecer un trato analítico similar, ya que de nuevo un informe con evidencias de abuso de derechos humanos, coloca al gobierno nacional en un equilibrio argumental y de decisión propio de este año de idas y vueltas. Raimundi demuestra por qué es funcionario, ya que se pone a comentar la complejidad del caso Venezuela en lugar de definir una posición, como si fuera un analista internacional, y se ofrece rebuscado y sufrido con las evidencias.

Los excesos en la moralización del discurso político suelen ir acompañados de la adoración a líderes populares. Ellos son los que convierten sus decisiones, cuales quiera que sean, en materia de adoración irrestricta, ya que se basarían en la combinación de moralidad superior e infalibilidad.

En más de un sentido, Alberto Fernández con sus dudas de gestión e idas y vueltas ofrece resguardo a la figura de quien lo eligió, ya que no es Cristina la que se equivoca en su falta de intensidad en el ataque a los enemigos o en la carencia de límites.

Si este proceso fracasa serán los otros y no ella los culpables. Inundados por la evidencia de un clima cada día más complejo, el Presidente intenta llevar adelante un discurso de epopeya pero sin el éxtasis inicial. Con la moral resguardada en la unicidad de Cristina y los dólares en fuga hacia lugares remotos, el Gobierno vive solo de los recuerdos de cuando fue enorme, en esos días de marzo.

*Sociólogo.


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