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¿Es posible cerrar la grieta?

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DEBATES. Subsidiar a quiénes y cómo son temas pendientes de consensos en un año electoral. | CEDOC

Recuerdo que, a mediados de 2015, un amigo me arrastró a una cena con la promesa de que sería interesante. Al llegar, me sorprendió ver a Roberto Dromi, alguien de quien había oído hablar mucho, pero no conocía personalmente. Sí sabía que había sido el estratega jurídico de las reformas de la primera presidencia de Menem. En esa época, yo era un diputado de Juntos por el Cambio convencido de que ganaríamos las elecciones ese año y de que cambiaríamos el país. 

Durante la cena, Dromi monopolizó la conversación. Comentó que pensaba “que este muchacho Macri podía ganar”, lo cual me resultó esperanzador porque, incluso después de que María Eugenia hubiera ganado la provincia de Buenos Aires, nadie en el establishment creía que “el muchacho” pudiera ganar. Y ahí mismo Dromi se despachó con lo que consideraba eran las diez primeras cosas que la nueva administración debía hacer. 

En mi mente, el listado debía incluir la apertura inmediata del cepo, la implementación de un programa de desinflación, la consolidación fiscal, la apertura de la economía, entre otros. Sin embargo, ninguna de estas medidas pasó por la cabeza de Dromi. 

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“Una Argentina estable, sin cepo e integrada al mercado europeo, ofrecería mucho más”

Recuerdo que el primer ítem en su lista fue “expropiar C5N”; el segundo, “intervenir los hoteles de Cristina”, y así. La lista de Dromi no era una de tareas a realizar, sino de cómo licuar los recursos y el poder de quienes él pensaba los usarían en contra del futuro gobierno. En ese momento pensé que aquello era una locura. Creía que ganaríamos las elecciones, que demostraríamos que las cosas se podían lograr sin hacer bullying a nadie, y que los resultados nos permitirían consolidar los cambios con el tiempo. 

Recordé esta cena que había enterrado en mi memoria al agitarse el debate en la oposición sobre si la grieta sí o la grieta no. ¿Debiera ser un objetivo del nuevo gobierno cerrar la grieta? A decir verdad, no me queda claro si la grieta de la que se habla es con los K, con el peronismo, con los sindicatos, con los empresarios o con Grabois. Tampoco si es posible cerrar la grieta con todos a la vez. Pero dejemos de lado esas sutilezas y asumamos que se refiere a alguno o a todos ellos.

Para algunos, es imprescindible cerrar la grieta: para avanzar con las reformas, se necesitan consensos básicos y evitar bloqueos. Argumentan que las reformas solo son sostenibles si todos se sienten parte y si los costos y beneficios están bien balanceados. Mandela logró la necesaria tarea de destruir el apartheid en Sudáfrica con su apelación al “rainbow society” (la sociedad multicolor), y Gandhi pacificó a India apoyando los reclamos de los musulmanes. (Lord Mountbatten decía que la fuerza de Gandhi era mayor que la de todo el ejercito inglés.)  

Para otros, la mera idea de cerrar la grieta sería como haberle pedido a Inglaterra que hiciera lo mismo con la Alemania nazi. Es decir, un camino inútil, porque la Alemania nazi nunca tuvo intención de negociar nada (sino, en todo caso, de ganar tiempo mientras embolsaba pequeñas victorias que no le generaban costo). Según este segundo enfoque, intentar cerrar la grieta no solo lleva a la inacción, sino que, además, puede resultar en ataques de aquellos con los que se intenta negociar (que fue lo que le pasó a Chamberlain). 

¿Cuál de estos análisis es el correcto para Argentina? Por deformación profesional, creo que la respuesta debe partir de entender lo que cada uno de los participantes tiene para ganar de una u otra estrategia. 

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Consideremos algunas cifras que encontramos en el cuadro N° 3 del Presupuesto nacional 2023. Según consta allí, los contribuyentes pagan alrededor de 20 mil millones de pesos al año en autopartes. Entendiste bien: parte de los autos que se venden en el país se paga con tus impuestos. Surgen las preguntas: ¿estarían de acuerdo las autopartistas en resignar este beneficio? ¿Por qué? Las mismas preguntas podrían aplicarse a otras entradas del mismo cuadro. A los ultrarricos que reciben 21 mil millones al permitírseles evitar el impuesto a las ganancias usando sus sociedades de garantía recíprocas, a las empresas varias, que reciben un total de 24 mil millones por regímenes de promoción industrial; a las empresas de medios, que reciben 28 mil millones; a los productores de bioetanol, que reciben 46 mil millones; a las empresas de software, que reciben 53 mil millones, o a Aerolíneas que recibió 72 mil millones el año pasado. Resulta natural pensar que cuanto más reciben, más difícil será “consensuar” el cambio. 

Yo creo que una Argentina estable, sin cepo e integrada al mercado europeo, podría ofrecer mucho más a las industrias del software, automotriz y aeronáutica, que la Argentina que tenemos ahora. Sin embargo, esta convicción choca con el hecho de que esas industrias pelearon con uñas y dientes por los beneficios que recién mencioné durante los primeros dos años de la presidencia de Macri, cuando Argentina se encaminaba hacia la estabilidad, no había cepo cambiario y el gobierno lograba los mayores avances en 30 años en el proceso de integración comercial con Europa.  

Si los números anteriores te revolvieron el estómago, hay otros jugadores más importantes. Según el Presupuesto nacional, el régimen de promoción de Tierra del Fuego cuesta la friolera de 519 mil millones de pesos al año. La industria de medicamentos factura localmente, según el INDEC, casi 920 mil millones de pesos, beneficiándose de un mercado poco competitivo que le permite en algunos casos cobrar los remedios seis veces más que las versiones genéricas. Si aplicáramos este porcentaje de seis veces el costo al total de las ventas –claramente, una exageración grosera–, las rentas obtenidas podrían escalar hasta los 750 mil millones de pesos al año. Por otra parte, como comentaba yo hace unas semanas en esta misma columna, la extensión perpetua de las concesiones petroleras representa una transferencia extra de 450 mil millones de dólares al sector petrolero (probablemente mayor después de la invasión de Rusia), lo que se traduce, en pesos, a 180 millones de millones. 

Entonces, el interrogante es: ¿es posible convencer a estos actores de que abandonen dichos beneficios?

¿Alcanzará la promesa de una Argentina floreciente con más competencia, pero más oportunidades? A juzgar por los números en cuestión, lo veo difícil. Creo que los beneficiarios de estas transferencias van a preferir alimentar a un peronismo que luego les responde defendiendo y protegiendo sus privilegios. Más barato y menos riesgoso. Es por ello que cuando escucho que esto se va a resolver “cerrando la grieta”, me viene a la memoria aquella cena con Dromi. Hoy en día, su visión de que hay una dimensión de fuerzas de poder, cuya resolución es previa a las decisiones programáticas y define su ritmo y éxito, encuentro es cada día más valedera.

*Profesor plenario Universidad de San Andrés, profesor adjunto Harvard Kennedy School, profesor Honoris Causa HEC París y expresidente del BCRA.