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OPINION

Explicar lo inexplicable

Llega la batalla de cúpulas entre la derecha recargada y la demagogia peronista, con las mayorías como rehén.

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| Pablo Temes

No es presuntuoso afirmar que las ciencias sociales pueden ofrecer la mayor parte de las veces explicaciones de los hechos que estudian. La cuestión es qué se entiende por explicación. La tradición clásica, expresada por el positivismo, pretendió que la sociología podía emular a la física, formulando leyes universales como las que describen el funcionamiento del universo. Cuando se constató que ni siquiera estas eran seguras y que el comportamiento social era acaso más complejo que el de los cuerpos celestes, las ciencias sociales bajaron la apuesta, abandonaron el dogma de la causalidad y optaron por encontrar afinidades entre los fenómenos y asignar probabilidades a las conductas. De ese modo, asumieron la falibilidad de sus diagnósticos.

Se justifica esta observación cuando en una sociedad se producen comportamientos desconcertantes, tanto de sus élites como de sus bases. Frente a ese aparente sinsentido, la demanda de explicaciones se vuelve urgente, para reducir la incertidumbre y diseñar una somera hoja de ruta. Claro que este esclarecimiento será aproximativo porque, por así decirlo, se trata de resolver un oxímoron: cómo explicar lo inexplicable. Al menos dos fenómenos de ese tipo, ocurridos en apenas tres días, requieren una imperiosa justificación: primero y principal, cómo pudo ser que el ministro de Economía de un país con inflación y pobreza galopantes ganara la primera ronda de la elección presidencial; segundo, qué movió a la candidata perdedora a abrazarse al candidato que la basureó, llamándola terrorista y asesina de niños. Es too much para el sentido común, que pide auxilio a especialistas también desorientados.

El tirano

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Empecemos por el ganador. Interpretamos que tres razones prevalecieron para explicar el triunfo, aunque hay otras, como su capacidad de comunicación, el aparato partidario y la debilidad de la oposición. La primera es que cundió el miedo y el rechazo a los libertarios. En el final de la campaña, no se privaron de ningún error ni dislate: no renovar los plazos fijos ante la inminente hiperinflación, preservativos pinchados por mujeres calculadoras, propuesta senil de romper con el Papa, presunta novia tirando besitos desde el palco, en una noche de cierre diseñada para adolescentes, con la estética del boxeo y los festivales de rock. Fueron demasiados ataúdes de Herminio. Junto a eso, la violencia gestual y el deseo libertario de un estallido apocalíptico convencieron a muchos de que era un peligro que esta gente llegara al gobierno. Y, por lo visto, consideraron al ministro más idóneo que a la otra candidata para impedirlo.

La segunda razón es que este utilizó los recursos clásicos del peronismo, una fuerza que no se organizó desde la sociedad para conquistar el Estado, sino que nació en el Gobierno, donde aprendió a utilizar con eficacia los instrumentos del poder para imponerse. Y lo hizo, de nuevo, con uno de sus argumentos típicos: privilegiar la actividad por sobre la inflación, haciendo experimentar a la población que, si bien el dinero vale cada vez menos, circula, permite rebuscársela, consumir y acceder a empleos, aunque sean precarios y mal pagos. Esa estrategia descabellada culminó con rebaja de impuestos y ayudas directas y discrecionales, al borde de la hiperinflación. Pero a no equivocarse: el “plan platita” fue complementario, se trató de una política de mediano plazo, que viene reflejándose en el Índice de Confianza del Consumidor de la UTDT, ubicado, al momento de la elección, once puntos por encima del registrado en los peores días del gobierno de Cambiemos.

El tercer motivo fueron las expectativas de la clase media baja. Confundido por estadísticas inciertas, este columnista olvidó una frase irónica y clave, que había escuchado en el segundo cordón del GBA: “Es mejor malo conocido que malo por conocer”. Constituye una forma de igualar para abajo, una vez que se naturaliza la frustración. No es ajena a ese sentimiento la percepción de que los gobiernos no peronistas empeoraron las cosas en lugar de resolverlas y que los libertarios vienen por los derechos. En realidad, el fracaso es estructural. Nunca se resolvieron los problemas que más castigan a este estrato: mala situación económica e inseguridad. Así, las expectativas se aplanaron, derivando en una resignación y un cortoplacismo abrumador: conforma lo mínimo y solo cuentan las oportunidades del día, que hay que aprovechar antes de que se esfumen. No es un proyecto de vida, es una estrategia de supervivencia. En ese mundo, despojado de expectativas de progreso, campea la impunidad y medran los vendedores de espejitos de colores.

Por último, falta explicar por qué la candidata se entregó a su despiadado ofensor. La justificación ofrecida aparenta ser irrebatiblemente cristiana: lo perdonó. Pero arriesgaremos que la compasión se debe a una sintonía más profunda: la pertenencia de ambos a la derecha. A una derecha que, radicalizada y con una noción dogmática del equilibrio fiscal, proyecta desmontar el Estado y mercantilizar los vínculos sociales, a lo Thatcher. Aunque, para tener chances, se imponía una corrección.

El mercado sin nación

Nuestra impresión es que la derecha que “perdona” es la profesional, y la perdonada es la amateur. Esta, convertida en una comparsa bizarra, no podía llegar a la presidencia, basta ver su incapacidad de pescar fuera de la pecera. En cambio, ahora, supervisada y contenida, si corrige su estética, modera su programa y disimula su deprecio a la cultura, tal vez pueda lograrlo, aunque no sepamos si el seguro cubre la psiquiatría. De este modo, un expresidente, al que un cronista creativo llama “el ángel exterminador”, confirmó el apodo: descabezó a los propios y ahora domestica al outsider, un alumno que arranca aplicado, aunque inestable. Para lograrlo, lo destruyó todo, con costos que pueden ser más altos de los que imagina.

El resultado de esta movida es más fácil de explicar. Significa excluir a los que estaban dispuestos a mediar, para mantener vigente la división irreconciliable entre república y pueblo, que enfrentó a los políticos en las últimas dos décadas, reiterando una antigua e improductiva pelea que las élites de este país no quieren abandonar.

Pero el fracaso de ambas opciones no transcurrió en vano: se trata de una república vaciada de contenido y de un pueblo empobrecido y sin futuro.

La derecha recargada, que apenas disimula su ansia de revancha, y la inagotable demagogia peronista, se aprestan a librar una vez más su batalla de cúpulas, manteniendo de rehén a la mayoría de los argentinos.

*Sociólogo.