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Fervor de converso

El alcoholismo de mis ancestros paternos tiene un anecdotario interminable en el que por suerte no faltan algunas piezas graciosas, como cuando mi tío abuelo (un italiano que impostaba argentinidad) le dijo a un amigo que le convidaba un vaso de agua: “Estoy sediento, no mugriento”. Por la misma época, en 1959, su compatriota Fred Buscaglione estrenó una canción etílicamente consonante: Se c’è una cosa che mi fa tanto male è l’acqua minerale! Dicen que cuando Jean Jaurès visitó la Argentina en 1911, Juan B. Justo lo invitó a cenar y, con la onda del amigo de mi tío abuelo, en vez de un vino, colocó sobre la mesa una jarra de agua como las que se dan gratis en los restoranes de Francia junto con la comida. Por mostrar austeridad izquierdista, se pasó de rosca. Es que, a diferencia de la plana mayor del socialismo argentino, descrita frecuentemente como agria y mojigata, Jaurès era un hedonista que no veía nada positivo en privarse del alcohol, el tabaco, la comida hipergrasa y las mujeres. Cotejando estos dos hechos, se podría concluir en algo que no es novedad: en Europa se bebe más que en Las Pampas. Pero lo interesante no reside en una competencia que, por lo demás, es saludable perder, sino en esa fe de converso tan propia de las sociedades jóvenes.

Cuando George Clemenceau fungió de estrella en el Centenario, justo un año antes de la visita de Jaurès, sus anfitriones porteños lo llevaron al teatro Liceo a ver Le voile du bonheur. Lejos de sentirse halagado, reclamó guita por derechos de autor. Más papistas que el Papa, los locales se apresuraron a lanzar la Ley 7.092, que establece la protección de derechos de propiedad intelectual y que es, de alguna manera, madre de Argentores, Sociedad General de Autores de la Argentina, fundada en 1934, que actualmente gestiona, recauda y liquida los derechos de autor de guionistas, dramaturgos y guionistas de radio, televisión, cine y audiovisuales de internet.

Nada como el fervor del novato para tomar el guante del veterano y llevarlo a las últimas consecuencias. Puede salir bien o podemos quedar como unos boludos, tipo el pobre Juan B. Justo.

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