viernes 27 de mayo de 2022
COLUMNISTAS GUERRAS
01-04-2022 23:55

Libros de abril

01-04-2022 23:55

La experiencia de desconocerse es intensa, estimulante, extraordinaria. Transcurre en un sentido opuesto, exactamente opuesto, al del mandato convencional del “Conócete a ti mismo”. Y a diferencia de ese afán, el de autoconocerse, que promete o que ambiciona un punto de llegada feliz, ese punto en el que por fin sabremos para siempre quiénes somos y qué queremos, la experiencia de desconocerse es inacabable, es incesante, siempre abierta, provisoria. No está hecha para detenerse, porque detenerse supondría precisamente fijar un sitio, permanecer en él, quedarse ahí. Es decir, con otras palabras, restablecer en cierto modo una especie de identidad. Con lo cual la experiencia de desconocerse no podría sino recomenzar.

Pienso por caso en ese momento tan inquietante: cuando resulta que dijimos una cosa que no queríamos decir, o que no nos habíamos propuesto decir; y sin embargo, resulta que la dijimos. Que la dijimos y no nos dimos cuenta, incluso que no la escuchamos, que no nos escuchamos decirla (pero entonces, ¿quién la dijo? ¿Quién la dijo, no por nosotros, sino en nosotros?). La experiencia de desconocerse es en más de un sentido la opuesta a esa otra hoy tan en boga, la de establecer por necesidad que el otro se nos parece, que podemos y debemos ponernos en su lugar, convertirlo en una especie de proyección de nosotros mismos (la anulación del otro en tanto que otro, a cargo de la empatía). La experiencia de desconocerse es opuesta asimismo a esa otra tendencia tan de época que consiste en creer que conocemos profundamente a otro, incluso si nunca en la vida lo vimos ni hablamos nunca con él, incluso si a lo sumo lo cruzamos alguna vez en un pasillo; y así como la frecuentación televisiva puede llevar a la confianza de decir “Mirtha” o “Susana” y fabular una proximidad personal, hay quienes publican textos (los publican sobre todo en las redes) explicando quiénes somos, qué nos pasa, qué sentimos de verdad o solamente impostamos (y por supuesto: no pegan una; pero el efecto es divertido y corresponde agradecerlo también, pues contribuye, así sea por la vía de la presunción idiota, al propósito de desconocernos).

La presencia de ese otro que nos habita o que a veces somos, sin que implique enajenación ni perdiciones severas, permite considerar también hasta qué punto, a contrapelo del solipsismo del fervor individualista hoy tan extendido, hay un otro que nos define, hay otros que nos constituyen, o bien que nos definimos y nos constituimos a partir de las relaciones con otros. Ya se lo piense desde Hegel, desde Sartre, desde Levinas (qué sería del amo sin el esclavo, la función de la mirada del otro, la escena de la rostridad), desde los duelos de Borges (ya que en esa escena paradigmática en la que un hombre descubre para siempre quién es, no está solo, está con otro), o desde esa que escucha sutil en lo que parece ser un silencio desde atrás de la abstención del diván.

La experiencia de desconocerse, en clave de otredad, puede activarse también en el plano de las identidades colectivas, esas que se confeccionan para integrarse con otros pero en la mismidad de un nosotros (ese nosotros, ineludiblemente, encontrará a sus otros a su vez). Y también en esa dimensión es posible fijar identidades, esencializarlas, elevarlas a trascendencias necesariamente conservadoras. O bien por el contrario perforarlas, desestabilizarlas, desfasarlas de sí mismas, impregnarlas de otredad para revelarlas en su ser otro de sí. Es por eso, entre otros varios factores, que a mi entender tienen tanta relevancia novelas como Los pichiciegos de Fogwill, Las islas de Carlos Gamerro, Una puta mierda de Patricio Pron o Mi pequeña guerra inútil de Pablo Farrés. La identidad nacional corroída por una alteridad que, a la vez que se le opone, la define, ahí donde no hay conocerse sin desconocerse, y todo eso en un escenario (el de la guerra) que propende de por sí a la vehemencia mayor del nosotros, a su contraposición sin matices con un otro irreductible. Son lecturas muy valiosas siempre, pero acaso más propicias que nunca en estos días, a comienzos de abril.