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Massa al poder

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Parches. Logró recuperar algún poder de decisión. Mañana se verá. | cedoc

La abundancia de llamados a la superación personal, los exagerados relatos sobre descubrimientos en relación con el funcionamiento del cerebro o las elucubraciones en cuanto a las intenciones personales de algunos dirigentes políticos en relación con su futuro electoral hacen un menú interesante de ejemplos en los que se juega a anular la complejidad social masiva reemplazándola por potencialidades individuales posibles de ser presentadas de forma aislada. Lo paradójico de estos intentos de análisis es que son masivamente exitosos, con descomunales ventas de libros, cantidades enormes de seguidores en redes y con la promoción de fórmulas de éxito genéricas que deberán ser expandidas, como nuevos arquetipos, en la sociedad moderna.

Alrededor de la idea de acción social, las ciencias sociales han construido una caracterización de componentes alternativos, en donde particularmente las ideas de “voluntad” e “intención” requieren siempre el desafío de las limitaciones contextuales. Se puede con sencillez caer en la cuenta de que los procesos químicos del cerebro son prácticamente los mismos que en la época de la Revolución Francesa, pero sin embargo la intención de utilizar la guillotina se encontraría más bien limitada por elementos externos a lo que dentro de cada cabeza ocurre operativamente.

Leyes, acuerdos sobre los derechos de las personas, mercados económicos y la organización del sistema político para llevar sus procesos a elecciones son solo algunos ejemplos del mayor volumen de complejidad detectable en el entramado social, y que son ciertamente independientes de la química cerebral. Se puede indicar que sin su funcionamiento no habría sociedad, pero no es su sistema operativo el que se encuentra en la interacción social, ya que nadie observa en la comunicación a un cerebro en el sentido literal, sino a gente utilizando un sentido compartido para poder participar de la reproducción de la comunicación social. Lo que esa comunicación permite o no permite lo definen los tiempos que hacen de unas cosas o de otras algo aceptable o no aceptable. Todo eso, esas respuestas, las tiene la sociedad y no los cuerpos humanos.

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La política simulada

La extensión de estas consideraciones conceptuales pueden aplicarse a los contextos de crisis y ofrecer también la preguntas por las conductas masivas. Es poco probable que un neurólogo coloque la culpa de la escasez de dólares en nuestro país como producto de algún inconveniente estructural en el lóbulo frontal de los cerebros de las personas con nacionalidad argentina (aunque podría ir a la televisión a explicar lo que ocurre con los cerebros cuando el dólar pasa de $ 400 a $ 467), a diferencia de los lóbulos frontales noruegos o suecos. Aunque desde la Segunda Guerra Mundial ese tipo de explicaciones hayan sido abandonadas y la neurología ensaye de manera más estilizada permitirse una nueva introducción de esos intentos, alrededor de las crisis se reflexiona mayormente sobre los inconvenientes colectivos para decidir. De repente, la acción y la voluntad para realizarla parecen detenidas.

La reciente semana alrededor del dólar necesita ser incluida en este tipo de análisis para así lograr revisar su expansión en ámbitos que exceden solo y puramente a la economía (y al cerebro). Ese derrotero que alcanza ofrece, justamente, un ejemplo específico de cómo la comunicación diferenciada de la sociedad toma un tema y hace con él múltiples procesos. Desde el punto de vista económico, se ofrece como un precio en relación con una situación de escasez (como todos los precios) y se evalúa si con esa referencia permite que en el sistema económico se activen pagos para la compra o venta de esos dólares. Su incorporación al sistema político adquiere el formato de la desestabilización en términos de poder. El dólar ofrece un movimiento que la voluntad política no puede influenciar desde el entorno de la economía. El precio del dólar es también una noticia que recorre a cada segundo los medios de comunicación masivos. Pagos, poder y noticias; todo desde un mismo sitio, pero actualizado en función de operaciones diversas por puntos de vista alternativos.

La socialización tiene una función educativa en términos de probabilidad. Quien va teniendo en su vida un contacto aumentado con otras personas va comprendiendo qué palabras o gestos ofrecen un mayor éxito en las siempre nuevas interacciones sociales. Esto significa que existen herramientas de sentido disponibles para su reutilización gracias a su evidencia de éxito en casos similares. Así, quien tiene dólares sabe que su futuro es de mayor certidumbre que el que no los tiene.

Sin embargo, en una crisis se da una combinación abrupta de estímulos en la que las reacciones que se necesitan para llevar adelante la situación son menores a las disponibles. Un gobierno colapsa ante los casos de aquello que recibe como estímulos, en este caso del mercado, contenidos en una complejidad inmanejable. La pregunta de esta semana era si el ministro de Economía se encontraba sin elementos de reacción o todavía tenía algo para ofrecer bajo esa lluvia de comunicación de precios.

El mesías que todos pueden ser

Con esta pregunta se puede ser muy preciso en el proceso de análisis y colocar el problema donde allí se encuentra. El sistema económico podía seguir teniendo precios nuevos sobre los cuales los pagos seguían produciéndose y los medios de comunicación tenían la chance de continuar informando de los cambios de valor; es decir que en ellos no había crisis, sino grandes oportunidades. Hasta el miércoles era el sistema político el que no podría producir enlaces operativos.

Los gobiernos hacen específicamente una sola cosa, algo que solo ocurre allí y no tiene equivalencia fuera de ellos: deciden para toda la sociedad. Sus procesos de decisión se organizan en grandes estructuras burocráticas, algunas veces formales y otras informales, en las que su centro operativo ocupa quien se encuentra a cargo del gobierno. La renuncia del Presidente a su candidatura para intentar un impensado segundo mandato dejó en suspenso los procesos disponibles para decidir, y en más de un aspecto el precio de la moneda estadounidense reflejó esta revelada condición. Como un traspaso de mando dilatado, desde los $ 400 comenzó una carrera por la definición de los roles que recién Massa pudo contener una vez que pareció intervenir, como quien se diferencia del especialista en no hacerlo, en ese caos de cambios instantáneos. No se sabe si será candidato, pero ha quedado claro que ha pasado a ser el protagonista desde el cual los rastros de gestión del Gobierno pueden ser encontrados.

La intervención del ministro de Economía ofrece un detalle novedoso. Su decisión no se basa, por lo menos en estos días, en una reformulación administrativa, en el envío de un proyecto de ley al Congreso o en la acusación de la derecha especuladora. Su acción es la oferta de un precio más bajo, que el mercado tomó de inmediato. Como tantas veces, su caso no se trata de un acto moralizado, sino simplemente ejecutivo, como estímulo al sistema económico para que los pagos puedan realizarse a ese nuevo precio; y el dólar bajó. Aunque con parches e incertidumbre, logró el sistema político permitirse tomar de nuevo decisiones, mientras los procesos cerebrales siguieron funcionando, igual que antes e igual que mañana. Sobre el precio, veremos después.

*Sociólogo.