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COLUMNISTAS / Impotencias
viernes 15 marzo, 2019

Notas para un diario

J.F.D. me alegra el domingo. Es entusiasta y generoso y me propone que escriba una serie de resúmenes argumentales de novelas inexistentes.

por Daniel Guebel

default Foto: CEDOC

J.F.D. me alegra el domingo. Es entusiasta y generoso y me propone que escriba una serie de resúmenes argumentales de novelas inexistentes. Conversamos sobre el Borges de Textos cautivos, que reseñaba novelas y ensayos de la época y luego empleaba los argumentos, mejorados y combinados, en sus cuentos. Sus argumentos son tan eficaces que llego a creer que siempre quise hacer lo que me está proponiendo, y que solo estaba esperando su palabra auspiciosa para hacerlo.

Días más tarde, me escribo con L.Ch. y me propone escribir a dúo un argumento de Schopenhauer que no termina de recordar: se trata de tres versiones sobre un hecho. Textualmente: “Tres cuentan la misma historia. Los dos primeros prevén o conocen los recaudos respectivos que tomará cada uno de ellos, pero el tercero no cuenta con esa ambigua restricción: inventa la historia, sacando provecho de detalles misteriosos, que ponen en duda su sentido de la voluntad y la representación. La astucia del lector sería encontrar un sendero de intención o alevosía en los detalles, y averigüe así a quién se dirige”. Le pido que me aclare un poco el panorama. Me contesta: “Un solo relato que dé a entender que hay dos precedentes. Ese relato debería estar picado por la susceptibilidad. Lleno de insinuaciones y hasta de blasfemias, ser escrupulosamente maligno. Y su tema...: una mujer arrojada con desesperación al amor por alguien que se enamora de ella. Inexplicablemente (aunque él trata de explicar, trata de explicar)”.

Le pregunto si se trata de una mujer enamorada de un hombre que no la quiere y que desespera luego de obtener lo que buscaba y no tenía. ¡A mucha gente le pasa eso! L.Ch. me responde que entiendo todo como el orto (sic). Luego, a cambio, me propone que me encargue de una historia de la literatura traducida, que, supongo, y ni me animo a preguntarle, sería la historia de cómo leemos los argentinos o de cómo leyó nuestra generación la “gran literatura” en sus traducciones. ¿Sería como un ensayo acerca del modo de escribir argentino tomando

como escritor modelo fantasma a Roberto Arlt? En cualquier caso, me conmueve que escritores amigos me supongan capaz de escribir  libros que ellos consideran “dentro de mi zona”, mientras yo desespero, envuelto en la estéril sensación de “no se me ocurre nada, nada”, consumiendo mis energías en la impotencia y pudiendo, a cambio de escribir, solo tipear algunos de estos resúmenes.


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