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Otra vez la Nouvelle Vague

Filmada en blanco y negro y en 35 milímetros, incluyendo hasta los saltos en la imagen por cambio de rollo, Nouvelle Vague (mismo título que la que estrenó Godard en 1990), de Cristian Linklater, rinde un homenaje para nada solemne, aunque un poco pedagógico, al movimiento que revolucionó el cine a fines de los 50. Durante las primeras escenas, un joven Godard (Guillaume Marbeck) chacotón y medio adicto a los flippers, se lamenta porque Truffaut y Chabrol ya dirigieron largometrajes, mientras que él ha quedado atado a los cortos y al escritorio en la redacción de Cahiers du Cinema. Luego pasamos al rodaje de Sin aliento, que durará hasta los títulos finales. Michèle Halberstadt y Holly Gent, los guionistas, mantuvieron intactos los hitos que transformaron la ejecución de esta ópera prima en leyenda: de la falta de guion al desprecio por el racord y el maquillaje, de las inéditas jornadas de cuatro horas a prácticas que parecían bizarreadas, como quemar buena parte de las tomas exteriores o surtirse de utilería en la calle. Vemos a una convincente Jean Seberg (Zoey Deutch) acostumbrada al estilo de Otto Preminger y detestando haberse involucrado en el proyecto, y a un Belmondo (Aubry Dullin) tan afable y deportivo como siempre supimos que era. Godard, no es, por suerte, idolatrado, al contrario, se resaltan sus gestos innobles, como robar plata de la caja de la revista para ir al estreno de Los 400 golpes en Cannes, maltratar a su resignado productor, fingir dolencias para no trabajar, agobiar a los actores y al equipo técnico con palabreríos que pretenden justificar sus modos heterodoxos, o meterse medio de prepo en el rodaje de Pickpocket.

Si bien las generales de la película son las mismas que las de mil comedias ligeras, no tiene un registro naturalista sino godariano. Los diálogos entre los personajes y los seudomonólogos de Rosellini, Bresson y Melville están construidos a partir de material periodístico o académico, axiomas y frases célebres. El artificio es tan evidente como para hacer sospechar que Linklater quiso halagar a los cinéfilos sirviéndoles en bandeja la seductora posibilidad de confirmar aquello que conocen de antemano. Pero su mayor mérito es haber puesto en escena –con resultados perfectibles, sí, pero buenos– una teoría del cine, un lugar y una época, sin que el verosímil ni el encanto se apoyen tanto sobre la solidez de la trama, la composición actoral o la riqueza de los guiños, como en el uso elemental y primigenio del celuloide.