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COLUMNISTAS / opinion
domingo 23 diciembre, 2018

Poco para festejar, mucho para festejar

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por Javier Calvo

jo jo jo. Macri, Awada y la pequeña Antonia, recibidos el viernes por Papá Noel. Foto: Presidencia

Junto a un Papá Noel más consumido físicamente que lo que marca el ritual, un Mauricio Macri también más consumido brindó por un mejor 2019. Siempre puede ser peor, cierto, pero difícil que lo sea en la comparación con este año pésimo en lo socioeconómico. Así que es de prever que los deseos presidenciales se cumplan. Al fin.

Convendría resaltar igual el valor de un diciembre en calma. Desde el estallido de 2001, las proximidades de las fiestas disparan la atención y la tensión social. Algunas veces es solo agitación político-periodística, otras se materializa.

En medio de la combinación de un proceso recesivo furioso con uno inflacionario demoledor, se destaca aún más esta relativa paz social. Pocos meses atrás, desde algunos sectores minoritarios de la oposición, el empresariado y el sindicalismo se azuzaban en privado pronósticos oscuros sobre estos días. Los más temerarios incluso emplearon la maldita figura del helicóptero.

Vale un reconocimiento para la el peronismo: La gran mayoría de gobernadores e intendentes peronistas de todo el país no echaron nafta a un fuego social que podía desmadrarse

Hay que reconocerle al Gobierno que toda la pericia que no tuvo en sus decisiones económicas y financieras sí la pusiera en práctica en su política de contención social. De otra manera no podría explicarse que no haya desbordes. Acaso el mérito mayor haya que buscarlo en Carolina Stanley, ministra de Desarrollo Social, y en la gobernadora María Eugenia Vidal, obsesiva en su decisión de prevenir cualquier posibilidad de estallido en el caliente conurbano bonaerense, donde más impacta la crisis. Tampoco es que les salió gratis: hasta tuvieron que enfrentar cuestionamientos internos por el aumento de fondos sociales.

Y si bien el oficialismo es el principal responsable del éxito de las medidas que contuvieron cualquier estallido, también vale un reconocimiento a una amplia porción del peronismo. Sea por política de Estado, preocupación genuina o egoísmo local, la gran mayoría de gobernadores e intendentes peronistas de todo el país no echaron nafta a un fuego social que podía desmadrarse. Sus propias realidades desnudaban que el horno no estaba para bollos, más allá de que la crisis les abre una chance electoral que hace apenas doce meses resultaba una quimera.

No se hicieron realidad las peores pesadillas en torno a los posibles efectos de las graves vicisitudes económicas, con el peronismo en la oposición y ante la cercanía de un turno de renovación presidencial, que encima podía abrir la caja de Pandora de movidas desestabilizadoras. No es ficción, esos procesos ya ocurrieron en nuestro pasado reciente.

En este tiempo en el que cuesta hallar motivos para festejar, acá puede encontrarse al menos uno. Y no es menor.


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