jueves 23 de septiembre de 2021
COLUMNISTAS opinión
24-01-2021 04:04
24-01-2021 04:04

Recuerdos de hoy

¿Por qué seguir llamando como “democráticos” a gobiernos que ganaron las elecciones con el partido mayoritario prohibido?.

24-01-2021 04:04

Leo en PERFIL del 16 de enero esta frase: “La vacuna es el gran objeto de deseo de todos los políticos, y las farmacéuticas terminarán siendo las empresas más mimadas: según Bloomberg, los laboratorios AstraZeneca, Pfizer y BioNtech, Moderna, Johnson & Johnson y Novavax ganarían 12 mil millones de dólares entre 2021 y 2022 con las vacunas”. Hay que estar agradecidos a los grandes laboratorios y a todo el capitalismo neoliberal que vienen a salvarnos la vida. No sé qué seríamos sin ellos. Sé, en cambio, ahora que voy entrando plácidamente en la tercera edad y en una vida de enfermo, que me acuerdo de cosas que, a veces, pocos recuerdan. Por ejemplo, el golpe de Estado de 1966, en el que Illia fue derrocado, quien, a su vez, había ganado –igual que antes Frondizi– las elecciones con el peronismo proscripto. ¿Por qué seguir llamando como “democráticos” a gobiernos que ganaron las elecciones con el partido mayoritario prohibido? En fin, esa es otra historia. Lo que quiero recordar es que, entre las razones que los historiadores mencionan como causales del golpe, se incluye la aprobación de una Ley de Medicamentos que contemplaba la fijación de precios máximos y controles, fijaba límites para los gastos de publicidad e imponía límites a la posibilidad de realizar pagos al exterior en concepto de regalías y de compra de insumos y, sobre todo, definía los remedios como “bienes sociales”, lo que motivó la reacción de los laboratorios internacionales y de la industria farmacéutica. Al pasar, recuerdo también que una comisión investigadora oficial pudo constatar que los grandes laboratorios poseían un doble juego de libros de contabilidad que les facilitaba exagerar los costos para maximizar sus ganancias. Meterse con los laboratorios fue, para el gobierno débil de Illia, el principio del fin. Entretanto, esos nombres que de golpe –de golpe en sentido literal– se nos volvieron familiares (AstraZeneca, Pfizer, etc., etc.) aparecen todo el tiempo en los medios, pero curiosamente (o no tanto: fuertes rumores indican que, además de remedios, los laboratorios multinacionales también estarían fabricando sobres) esos mismos medios poco informan sobre ellos. ¿Cómo funcionan las grandes farmacéuticas? ¿Cuál es su tasa de ganancia? ¿Dónde tributan? Y muchas, muchas cosas más, de las que nada se sabe. No importa: gracias a ellos pronto podremos volver a los shoppings a comprar vaya uno a saber qué, sin usar barbijos y demás gracias de nuestra época.

Y así, como quien no quiere la cosa, se me dio por releer La izquierda en Argentina (Manantial, Buenos Aires, 1998) libro en el que Javier Trímboli entrevista a intelectuales como Emilio De Ípola, Beatriz Sarlo, Horacio González y León Rozitchner, entre otros, sobre su biografía política y su relación con la izquierda. Reparo en esta frase de Eduardo Grüner: “Lo primero que se me ocurre decir es que, a medida que me vuelvo cada vez más viejo, me vuelvo cada vez más de izquierda. Nunca pude entender a esa gente que es de izquierda de joven y se va volviendo más y más conformista y adaptado cuando envejece. Más bien tendría que ser al revés. En fin, es lo que me pasa a mí: a medida que adquiero conciencia de que me queda menos tiempo (lo cual también significa menos que perder), me vuelvo más impaciente, más intransigente y más principista”.

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