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Análisis

Se rompieron las cristalerías del oficialismo y la oposición

Los planteos de la cristinista Fernanda Raverta contra Alberto Fernández y el desaire de Mauricio Macri a Horacio Rodríguez Larreta marcan la previa del año electoral.

Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta, por Pablo Temes
Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta, por Pablo Temes. | Cedoc

Como si hubiera ocurrido un temblor, se rompieron las cristalerías del oficialismo y la oposición. Se avecinan más terremotos y vidrios rotos. En Chapadmalal, se renovó furiosa la división entre Cristina y Alberto. Dos mujeres se pelearon a los gritos. "¿Quien te crées que sos?", le atribuyen a la amiga presidencial Victoria Tolosa Paz —se ahorran otros adjetivos complementarios por discreción— apuntando a una referente de la Vicepresidenta, Fernanda Raverta, quien se había despachado a favor de Cristina y colérica contra quien le obsequio un empleo al frente de ANSES. Poco agradecida la funcionaria con el anfitrión de la residencia, difícil mujer: dicen que ni el famoso padre, Mario Montoto, la comprende. Su monserga hasta enturbio el asado de Alberto con Kicillof, Scioli y unos 18 intendentes bonaerenses.

En el otro bando, en Cumelén, se inflamó la crisis entre Horacio Rodríguez Larreta y Mauricio Macri luego de un áspero diálogo a solas (hubo otros encuentros sociales menos tensos pero inútiles). Imposible acordar entre las partes por repartos y candidaturas, el jefe porteño se despidió del Sur “harto de quien no se define nunca”. Nunca pareció enterarse que las dilaciones del ingeniero son parte de una definición.

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Malhumorado, Rodríguez Larreta sigue interrogándose por la inclinación de Mauricio a favor de la Bullrich: él casi no la considera, le engulle cada vez más colaboradores como si fueran pochoclos y supone que le ganará la interna de punta a punta. Recursos no le faltan, hasta cree que sabe surfear. En rigor, su mayor inquietud pasa por la inocultable indiferencia que el ingeniero le depara desde hace unos tres años. Dice no entender. Quizás, carece de memoria: ese abismo entre los dos apareció cuando él estuvo desconsiderado con Macri en una convocatoria publica del PRO, lo relegó a la última fila como si no hubiera sido ex Presidente, en suma le colgó el cartel de “muerto político” amplificado por una prensa dulce. Como Macri vive recordando, nunca se olvidará de esa afrenta, cuestiones de familia calabresa: de ahí la perpetua desconfianza, el crecimiento del término “traición” en las dos partes.

Para Rodríguez Larreta, el viaje resulto un fiasco, gasto un dineral con su mujer en alquileres y ni siquiera le reservaron un lugar para pasar el día con el jeque de Qatar en la reducida intimidad celebrada en un caserón en El Machete a la que Macri llevo como acompañante a Daniel Angelici.

Casi una burla esa preferencia de Macri por otro cercano que también cambio de pareja, obviamente menor como la del alcalde porteño y conceptuada en la jerga bélica con la denominación de “misil”. Hasta el príncipe qatarí, con tres esposas reconocidas, se ha interesado en estos hábitos occidentales del mundo masculino que destiñen su propia poligamia. Al menos en el PRO. 

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Angelici, además de compartir una jornada seis estrellas, quería descifrar la razón por la cual en los países árabes no se alzan casinos pero si se habilita el juego online, una especialidad también del ex titular de Boca. Casi todos se acercan al jeque, diría su sherpa local. Se trata del ex tenista Gastón Gaudio. Todos en busca de negocios. O de plata, que viene a ser lo mismo. Solo parece que los encuentra Macri y otro amigo.

Pero el ofendido Horacio compenso rápido ese desdén macrista y, para contrariar a su ex jefe, se produjo en fotografías con el radical Lousteau, también sediento por mayores mendrugos en la Ciudad de Buenos Aires y dispuesto a cualquier atrevimiento que lastime a Macri. Hasta el choque frontal, no paran.

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En la residencia de Chapadmalal, Alberto había convocado a intendentes de mediana cuantía de la provincia de Buenos Aires, lo hizo hablar al gobernador Kicillof, también a Daniel Scioli y a la referente marplatense Raverta. Todos asistieron atónitos a su discurso despreciando al Presidente y la pelotera posterior de las damas que demostró el odioso enfrentamiento entre la fracción cristinista y la de Alberto.

Al Presidente ni le alcanzo una sorpresa confesada por Scioli: juró que Lula le había dicho ante varios testigos que iba a luchar por la reelección de Alberto Fernández, su favorito, que lo necesitaba para el liderazgo de la región. No tuvo necesidad el embajador de aclarar que el mandatario brasileño ignora a Cristina como candidata. Tal vez no quiera compartir el lawfare con ella. “No somos todos lo mismo”, dice como algunos argentinos.

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En el asado se advirtió un dato: casi nadie se intereso en hablar sobre el único objetivo de la Vice, el martirologio a la Corte Suprema. Por el contrario, hubo una divertida observación de un asistente. Explicó: Rosatti, peronista; Maqueda, peronista; Lorenzetti, peronista; Rosenkrantz, radical aprobado por peronistas. Y el ahora encumbrado Silvio Robles por el espionaje ilegal a sus conversaciones, compañero nuestro en las buenas y en las malas —razonó el comedido—, era el mejor amigo del mejor amigo de Máximo Kirchner, el malogrado economista Iván Heyn —ex esposo de Luana Volnovich, titular del PAMI, una preferida de Cristina— al que el hijo de Néstor en homenaje le puso su nombre a su propio hijo. “Che, no nos estamos haciendo un golpe a nosotros mismos”, bromeaba en la mesa.

Ni siquiera, señalo, supimos contratar al poco discreto liberal Carlos Maslaton para enfrentarlo, quien en sus años mozos, entonces delgado y en la agrupación UPAU, supo trenzarse a las piñas con un militante de la UCR en la Facultad de Derecho, venciéndolo. Era, claro, el mismo Rosenkrantz que hoy integra la Corte quien se cayo al piso.