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Tal vez estemos cambiando un populismo de izquierda por uno de derecha

El autor analiza la marcha del Gobierno, las medidas económicas y al forma de hacer política que tiene el Presidente.

Javier Milei
Javier Milei | CEDOC

El gobernador Quintela salió orgulloso al mostrar el diseño del bono de cancelación de deuda (BOCADE), la cuasimoneda provincial. Recordemos una de las más recientes, en 2012 Jorge Capitanich había creado el Bonos Garantizados del Chaco cuyas siglas, BoGarCha, parecían decir algo de la calidad de esta solución. El chiste se completaba al ver que el anuncio había sido hecho junto a su ministro de Economía, Roberto Dell ‘Orto. Ni Lerdo ni perezoso el “Coqui” intento subsanar este error y estudio la posibilidad de lanzar los Bonos Consolidados de Chaco cuyas siglas, BoConCha, ya no serían el hazmerreír de la gente.  

La cuasimoneda es una solución que proviene del pensamiento mágico y la falta de creatividad que hace que se presente lo que es un fracaso de administración como una especie de logro que vendría a solucionar los problemas que se generan en la provincia frente al ajuste del gobierno nacional. 

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Este evento nos muestra las dos caras del problema populista que pretende solucionar con un pase mágico los problemas de larga data. Por un lado, Quintela, acostumbrado a recibir fondos discrecionales por parte del Estado Nacional que sustentaban una provincia deficitaria y con una economía totalmente rezagada respecto de lo nacional, en un gesto de carencia de imaginación total, recurre a la vieja solución kirchnerista de la emisión monetaria que, según Cristina, aumenta sueldos, baja precios, cura enfermos y hasta revive muertos (todo obviamente sin causar inflación).  

Por otra parte, el ministro Caputo festeja un superávit ganado en tiempo récord, que parece tener muy poco de sostenible. En parte porque está sustentado en un recorte indiscriminado y en un cese de pagos que parece que no va a poder sostenerse sin conflictividad social y política y en parte porque también parece ejecutarse sin ningún tipo de interés en una negociación política para aminorar los problemas que surgen de todo ajuste por más necesario y justo que sea. 

Mientras vemos que el único plan claro es el económico y que la única resolución que se mantiene firme en un gobierno que ya empieza a acostumbrarnos a grandes declamaciones que luego terminan desdibujándose en los hechos parece ser la del ministro Caputo de pisar el dinero. Para sostenerla los distintos voceros y comunicadores del gobierno, oficiales y extraoficiales, desafían a las provincias a que se hagan cargo de todo de un día para el otro. 

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Pero el superávit a cualquier costo parece olvidar que, si bien algunas provincias ya hace años tienen la urgencia de acomodar sus números a su propia realidad y dedicarse a establecer prioridades, tampoco es cierto que todo subsidio que recibía cualquier provincia es en realidad el resultado de un derroche en festivales y proyectos fuera de toda proporción. A la larga, esto hará que mucho del ajuste a las provincias sea trasladado directamente a los ciudadanos que ya venían mal antes del plan de Caputo y que se vieron fuertemente afectados después de este, como el mismo ministro lo reconoce al agradecer la paciencia de la gente. 

Además de tensar la cuerda respecto de la población, también es cierto que esta pulseada con las provincias también tensa las relaciones con los gobernadores del PRO y otros también cercanos o acercables al gobierno. El caso de Ignacio Torres de Chubut es paradigmático. Ahora la justicia le dio lugar al planteo de este gobernador del PRO para frenar la quita de subsidios al transporte, pero antes también se había molestado con la posibilidad del recorte de la tarifa diferencial para zona fría. 

Esto muestra que la tensión va más allá de la construcción comunicacional que sostiene que las quejas son de gobernadores como Quintela que no se hace cargo de sus propios errores y desmanejos y quien, además, no tiene sino ganancias en una disputa con el gobierno nacional al que, difícilmente, pueda aliarse en algún momento. Estos problemas tocan de lleno a posibles aliados que puedan hacer sustentable un plan de orden macroeconómico. 

Luis “toto” Caputo empieza a levantar su perfil dando entrevistas en los medios, pero se cuida de seguir en su discurso la tónica del de Milei. Esto resulta bastante peligroso y un tanto desagradable en un ministro que se propone llevar a cabo un reordenamiento tan necesario como doloroso. En las entrevistas se mostró demasiado displicente y simplista con la situación de los jubilados y los desocupados. Se lo ve más preocupado por mostrar que no es responsabilidad suya y por marcar lo inevitable de la situación que por llevar algo de tranquilidad. Parecía querer inducir a que los jubilados se mostrarán agradecidos por la dádiva de un bono de 70 mil pesos que decidió, en su magnanimidad, otorgarles.  

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Debería recordar el ministro que el jubilado, más allá de merecer un descanso luego de una larga vida de trabajo, tiene limitaciones físicas y de salud que le impiden o le dificultan salir a trabajar para completar un sueldo de 200 mil pesos que apenas le alcanza para los gastos de la vida cotidiana y encima casi que le exigen por televisión el agradecimiento por un bono de 70 mil pesos que apenas si cubre algunos medicamentos y gastos propios de la vejez.  

El desastre heredado de la campaña de Sergio Massa que quemó las naves con gran jubileo es innegable, pero también es cierto que ahora le toca a este gobierno hacerse cargo de una jubilación congelada desde noviembre.  

Fuera de esta rapidez ministerial a la hora de echar todas las culpas afuera, uno de los principales chivos expiatorios es la caída de la Ley ómnibus. Sin embargo, esta caída y sus consecuencias también fueron fruto de una falta de cintura política y un desdén por todo lo que no fuera su propia propuesta. De la misma manera, y en el caso de los jubilados se ve especialmente, no hubo nada para dar una respuesta rápida y lo que es probable es que en realidad esto fuera más que por impericia, por cálculo económico. Recordemos que el pago de las jubilaciones es una buena parte del PBI y el retraso en el aumento es uno de esos trucos que le está sirviendo al ministro para lograr el “milagroso” superávit con el que se golpean el pecho.  

En este sentido es interesante escuchar algunas críticas que no se limiten a los cantos de sirena del populismo de izquierda que denuncian el recorte como atroz antes de revisar números con seriedad y de cara al futuro para no quedarse con un populismo de derecha que olvida también el futuro y cree que cualquier cosa que ahora es sostenible lo será durante los años que sea necesario para equilibrar las cuentas.  

Al poco tiempo de concluida la entrevista a Caputo, Carlos Melconian (el otro ministro que podría haber sido) daba una entrevista en la que dejaba una voz de alarma por la de la situación de los jubilados y empleados ocasionales (cuyo número alcanza casi a los 7 millones). El economista ponía énfasis y preocupación en que no se los podía dejar en semejante circunstancia. 

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Melconian, que tras la fusión de Bullrich en el ballotage quedó corrido a un costado, nunca dejó de plantear sus diferencias, incluso cuando en la idea general del objetivo señalaba su acuerdo con el plan de Caputo. Los acuerdos son obvios porque, en lo general el plan de la macro de Caputo, fue lo que siempre sostuvo Melconian como el ABC de cualquier plan serio: buscar el equilibrio fiscal para alcanzar el superávit a través de una baja de los gastos que busque ordenar la economía. La gran diferencia está en el cómo. Esto, que parece una trivialidad, en realidad es todo porque nos muestra si el plan es sostenible en el tiempo y, por lo tanto, si va a poder alcanzar los objetivos.  

Melconián, con su conocida elegancia y afabilidad de siempre, dejó entrever sus diferencias en el marco del acuerdo general. Fue uno de los primeros en criticar el mamotreto de la ley ómnibus y la obstinación a la hora de enfrentarse al poder legislativo sosteniendo que no deberían haber mandado una ley tan grande, sino que deberían haberla dividido y priorizado los temas centrales además de buscar el consenso, ante todo. 

Una de las críticas más fuertes a Cristina en todo el arco político siempre fue “las formas”. Estas formas muestran más un proceder de la política clave para construir una institucionalidad republicana fuerte. El cómo es fundamental: no podemos gobernar por Twitter y con agresiones a los gobernadores y los legisladores. Si ese es el cómo que va a teñir todo el gobierno por delante, empezamos a darnos cuenta de que, tal vez, estemos cambiando un populismo de izquierda por uno de derecha. Sabemos que el mayor problema de esto es que finalmente ambos terminan colapsando porque se concentran tanto en el presente que olvidan prever para el futuro, a la izquierda se cree que los recursos serán infinitos y a la derecha parece creerse que la paciencia será eterna. 

“Dicen los pobres, los pobres, los pobres, pero desde que tengo uso de razón que pasan y pasan, y los pobres siempre están", (Oscar Ruggeri ex jugador de futbol).