El origen de todo patrimonio es, muchas veces, un acto de voluntad y un tanto de azar. En Córdoba, la historia de nuestro acervo comenzó en un museo polivalente sobre la calle 27 de Abril, donde convivían piezas arqueológicas con cuadros sin jerarquía clara.
Y fue la inquietud de una generación de jóvenes artistas —Malanca, Camillone, López Cabrera— la que empujó al gobernador Ramón J. Cárcano a institucionalizar la mirada.
Así nació, entre 1914 y 1916, el actual Museo Emilio Caraffa (MEC). “Como no alcanzaban las piezas para una inauguración de envergadura, el Museo Nacional de Bellas Artes prestó 116 obras”, recuerda Mariana Del Val, directora del MEC.
Aquel inicio marcó un ritmo: el de una colección que crecía mediante becas de formación en Europa; pero ese crecimiento tenía una letra chica invisible, era un mundo de hombres. “La beca nunca se le hubiera otorgado a una mujer, porque una mujer viviendo un año en Europa hubiera sido inaceptable”, explica Del Val.
El escándalo de la modernidad y el “ojo” político
Pero la colección cordobesa no se formó solo con legados; hubo compras que sacudieron la modorra conservadora de la Docta.
En 1926, Cárcano adquirió una obra de Emilio Pettoruti (Bailarines) tras una charla del futurista Marinetti y fue un escándalo. “Cárcano se enamora de la obra y la compra. Es una obra que tiene su mitología porque dicen que esos dos bailarines son Petorutti y Xul Solar; otros dicen que es Borges y Xul Solar. En ese momento el diario Los Principios tituló: ‘El gobierno malgasta el dinero del erario público en pretendida modernidad’, pero Cárcano fue un visionario con una mirada sumamente política”, relata Del Val.
El rescate de un amor que se convirtió en patrimonio
En efecto, esa visión tuvo un eco décadas después, en 2005, cuando José Manuel de la Sota expropió el Palacio Ferreyra y adquirió la serie Manos Anónimas de Carlos Alonso.
Ivana Fernández, artista y curadora de la Agencia Córdoba Cultura, lo define como un punto de inflexión: “A veces hay que resistir las críticas porque cuando te ponen en las narices que el arte no es 'necesario', no te dejan ver lo importante”.
Alonso, en una charla con Del Val, le confesó el motor de esa serie: “Yo buscaba desesperadamente a mi hija y nadie me daba una respuesta... Aunque me maten, esa obra va a denunciar el genocidio”, le dijo. Y esa es exactamente la potencia de una colección provincial: guardar piezas insustituibles para un relato futuro.
Reparar la ausencia: el bache femenino
Hoy, los números del MEC son una radiografía del sesgo histórico: de 1.329 piezas, solo 135 son de mujeres (apenas el 10,15%). En la colección del CAC (Centro de Arte Contemporáneo), la cifra se repite: 52 mujeres sobre 436 obras.
“Las mujeres iban a la Escuela Provincial para estudiar artes para regalos de boda, no se mezclaban con los varones, que eran pensados como artistas”, advierte Del Val.
En este sentido, reparar ese bache epocal es una de las misiones actuales ya que no se trata solo de comprar arte joven en ferias, sino de rescatar a las mujeres de “generaciones intermedias” o históricas, como los casos de las vanguardias que discutían los hermanos Soneira. “Nuestro pendiente es trabajar en los núcleos donde no existen los relatos de la presencia de lo femenino”, admite la directora.
Por otra parte, el estudio de la colección también permite enfocarse en otros faltantes: “Por ejemplo, si la colección tiene poco textil, y vos ves que incluso los mercados tienden a ir hacia el textil, ese comportamiento del mercado no tiene que estar ajeno a la hora de adquirir obra”, explica Fernández.

Sala de restauración. El Museo Emilio Caraffa cuenta con un taller de restauración propio y un depósito de aclimatación.
El museo por dentro: restauración y depósitos
A diferencia de otros espacios, el MEC cuenta con un taller de restauración propio y un depósito de aclimatación, una suerte de “seguro de vida” para las obras.
Hoy, el desafío es el espacio. El crecimiento —a un ritmo de 20 piezas anuales— y las constantes donaciones plantean un “problema endémico” de almacenamiento, lo que impulsa proyectos de ampliación.
Proyectos y el arte como trabajo
Sin embargo, el museo provincial no se detiene en la guarda y conservación del acervo sino que actualmente trabaja en tres frentes.
Por un lado, en un proyecto de paisajes sonoros para personas ciegas, que se inaugurará el 30 de julio. Por el otro, volverán sobre las poéticas de lo femenino con una muestra centrada en las obras de mujeres de la colección.
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Por último, trabajan también en una experiencia educativa para el público más joven: una performance donde los niños deben debatir si una obra es falsa o verdadera, analizando a quién le otorgan autoridad (un hombre y una mujer).
“La idea es jugar sobre la experiencia de cómo nos cuentan los relatos, qué creemos y qué no creemos. Y que el museo, que es un dispositivo político, juegue con las colecciones. Lo que buscamos es exacerbar el criterio crítico de los jóvenes”.
En un contexto nacional complejo, la apuesta por el mercado de arte local (MAC) y la adquisición de obras de artistas como Pablo Martínez o Clara Johnston busca legitimar al artista como trabajador. “La colección nos va a trascender. Nosotros no vamos a estar, pero todas estas obras van a seguir estando para contar quiénes fuimos”, finaliza Fernández.

Última adquisición. “La negación en el pensamiento popular”, de Pablo Martínez, fue adquirida en la última edición de Capital Feria.