Carlos Rotemberg lleva más de cinco décadas en la producción teatral y, a pesar de haber alcanzado una trayectoria que le permitiría mirar el presente con tranquilidad, insiste en pensar la profesión 20 años hacia adelante. El productor llegará a Córdoba el próximo jueves para presentar Pasen y Lean, un libro en el que reúne memorias, experiencias y reflexiones sobre cinco décadas de cartelera argentina.
En diálogo con Punto a Punto Radio, Rotemberg diferencia la situación general del teatro del escenario particular del llamado teatro industrial, sostiene que la actividad goza de buena salud y advierte sobre un problema que considera estructural: la falta de recambio de las grandes figuras que históricamente funcionaron como motor de convocatoria.
—Usted ha señalado que, ante la caída casi total de la ficción en televisión abierta y plataformas locales, los actores migraron masivamente al teatro industrial. ¿Sostiene esa presencia la taquilla actual o se está generando una sobreoferta de títulos para una demanda limitada?
—Esa sobreoferta, en todo caso, o esa participación de grandes figuras que el público masivamente conoció a través de la televisión abierta es lo que hizo que en este año no decaiga como otros consumos la demanda. Concretamente, en la ciudad de Buenos Aires, en la asociación de empresarios, llevamos permanentemente los datos sin opinión, los datos duros, y vemos que se mantiene la cantidad de espectadores.
—¿Cuál es, entonces, el momento que está atravesando el teatro?
—Quiero aclarar una cosa, porque cada vez que me leo en algún medio, me leo recortado. Escuché a algunos movileros diciendo que yo sostengo que se va a terminar el teatro. Todo lo contrario. O que el teatro está en crisis, todo lo contrario, más en Argentina, donde goza de buena salud. Lo que estoy planteando es un caso muy concreto para lo que yo llamo el teatro industrial. Teatro va a haber siempre. Teatro es la ficción más antigua del mundo. No había ninguna tecnología cuando ya existía. Cualquier teatrista o espectador posible en Córdoba sabe que, en cada ciudad, por más pequeña que sea en este país, hay por lo menos un grupo de teatro independiente.
—¿A qué se refiere cuando habla de teatro industrial?
—El teatro industrial se sostuvo en estos 60 años, entre los ‘60 y los 2020, en plazas como la Av. Corrientes, Mar del Plata y Villa Carlos Paz, donde la figura popular de la televisión fue la más convocante, y lo sigue siendo. Lo que estoy planteando es que, a mis casi 70 años siempre miré la profesión 20 años para adelante. Y a mí eso sí me preocupa: la falta de recambio. Cada vez que esas primeras cabezas de compañía, poco importa el género, si es Alberto Olmedo o China Zorrilla, si es Luis Brandoni o Antonio Gasalla, ¿de dónde va a surgir ese recambio?
—Es una buena pregunta para que usted trate de responderla.
—No está claro, porque hasta ahora lo que tiene que ver con seguidores, streaming y plataformas no está arrojando lo que nos dio la televisión abierta. La televisión abierta era lo que hacía que, cuando Tato Bores dejaba su programa, la gente fuera a verlo al teatro. Ese es un tema que abro como un gran interrogante.
—¿Por qué le interesa tanto mirar lo que viene?
—Justamente lo dije en el Teatro Colón, donde mis pares tuvieron el privilegio, para mí, de honrarme con una mención en los premios Pinti por mis 50 años de trayectoria. Me acuerdo que bajé del escenario y dije: si pude festejar 50 años es porque cuando tenía 18 miraba la profesión 20 para adelante. Y hoy sigo en esa misma postura. No me quiero quedar con el dato, buen dato, la buena foto de hoy.
—¿Qué significa eso en términos concretos para el teatro?
—Saber que, si en una avenida de Buenos Aires están todas las figuras juntas, seguro va a ser más posible tener una mejor cantidad de público. Pero ¿qué pasa? Estoy pendiente de eso, estoy atado a eso. Incluso mañana puede haber una mejora económica y, de repente, si no están esas figuras convocantes, llegará a tener una contradictoria baja de espectadores. O sea, lo llevo al terreno donde estoy.
—Usted defiende la inversión pública en cultura. ¿Cómo entiende ese equilibrio entre iniciativa privada y promoción estatal del arte?
—Los tengo bien separados. Yo enfrento cualquier micrófono diciéndole que en 51 años me preocupé en no venderle una entrada al Estado, a ningún gobierno, porque yo soy privado. Es más, mi amigo Brandoni subía la apuesta y decía: “Capitalista al 100%”. No puedo ser capitalista en el éxito para convertirme en socialista en el fracaso. Entonces, con la premisa de no mamar del Estado, puedo decir por qué creo en la obligación del Estado, en su inversión en cultura, que se desarrolla en cualquier país del mundo.
—¿Dónde está, entonces, el límite?
—Acá lo que confundimos es lo que yo llamo “planeros de guante blanco”, que son privados cuando les conviene y viven del Estado cuando también les conviene.
—Es una definición fuerte. ¿Por qué insiste en hacer esa aclaración?
—Porque siempre defendí la inversión, pero el título recortado es: “Este vive del Estado” y en realidad estoy diciendo lo contrario y, en general, quienes tienden a confundir eso son aquellos que sí maman de ese Estado.
—Usted va a presentar Pasen y Lean en Córdoba. ¿Qué significa volver a la provincia con este libro?
—Yo me estoy yendo a Córdoba porque resumí todo esto y mucho más en un libro que se llama Pasen y Lean, que se va a presentar justamente en Córdoba. Es una primera salida muy especial porque yo no soy escritor y, sin embargo, escribí un libro. Y la primera salida que hago por fuera del propio ámbito de la ciudad de Buenos Aires, donde vivo, es irme a Córdoba. Estoy con muchas ganas de estar mano a mano con esos posibles lectores cordobeses a quienes les interese nuestra actividad y cómo está insertado el teatro dentro del contexto general, social, político y económico.