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CóRDOBA / VISITAS CON HISTORIA
domingo 14 abril, 2019

Cuando Borges pasó por Córdoba

Con diferencia de tres años entre cada presencia, el escritor de El Aleph estuvo solo dos veces en nuestra provincia. Recuerdos y anécdotas de su segunda visita, en la memoria de Teodoro Elías Isaac.

por Guillermina Delupi

EN LA ACADEMIA. Teodoro Isaac junto a Jorge Luis Borges en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC en 1985. Foto: Cedoc Perfil

Jorge Luis Borges estuvo dos veces en Córdoba: la primera fue en 1982, cuando disertó sobre el lugar de la poesía en la vida humana, en el ex Teatro Rivera Indarte (actual Teatro San Martín).

La segunda fue en 1985, cuando se presentó en la Ciudad Universitaria para participar de un panel con docentes y egresados de la Universidad Nacional de Córdoba. En esa visita también disertó en el cine teatro Monumental de Alta Gracia.

En su segunda estancia en la ciudad, un psicoterapeuta y apasionado por el valor de la palabra estuvo con el maestro de las letras y compartió muchos momentos con él.

Teodoro Elías Isaac tiene hoy 87 años y es Honoris Causa de la Universidad Católica de Córdoba (UCC), donde fue catedrático. Vive desde hace 45 años en una casa en Nueva Córdoba, que alberga en el primer piso una biblioteca que oficia de “brújula de la tarea docente” y recibe a amigos, alumnos y docentes.

Con volúmenes incontables de libros que van desde Rubén Darío, la mitología griega, hasta Nietzsche, Isaac siempre entendió la docencia como un conversatorio y un acompañar en el aprendizaje dando pautas y allanando el camino.

Fue en una de esas reuniones mantenidas en su biblioteca con un grupo de alumnos que surgió, según cuenta, la idea de contactar a Borges. “Yo no soy literato. Pero una vez, conversando con un amigo, citando datos de la psicología, me llamó la atención que hubiera temas de psicología, de autores que no eran psicólogos, presentados con una profundidad muchos mayor que si lo fueran. Había temas mejor vistos y tratados por Borges que por Jung, Freud o incluso Nietzsche. Encontramos una clave, una especie de hilo que unía al pensamiento universal. Muchos alumnos empezaron a leer a Borges y fijamos un día a la semana para discutir su obra. Veíamos que estaba mucho más claro el pensamiento en sus narraciones y en sus cuentos. ¡Y era un autor argentino! Había cuentos de Borges que sintetizaban bolillas enteras”, rememora Isaac.

A partir del interés por su obra, aparece la necesidad de contactarlo: “Un día un amigo me dice que contactar con Borges era tan fácil como levantar el teléfono y hacer una cita. Él mismo abría la puerta y hacía pasar a la biblioteca; así que lo contacté”.

Borges aceptó la invitación, vino a Córdoba y se alojó en el Hotel Sussex, en pleno centro de la ciudad, donde estuvo una semana. “Lo fui a buscar con mi señora y mis dos hijitos, ¡mirá la comitiva que lo fue a esperar!”, dice riendo, y acota que Borges tenía una visión muy extraña: la de un hombre ciego que veía con claridad. “El impacto que producía su presencia era un choque en el alma y en la mente; abría fogonazos que no se podían apagar una vez que se habían prendido”, recuerda emocionado el catedrático.

El escritor tenía problemas digestivos por lo que Isaac cuenta que tuvieron que interiorizarse sobre qué podía comer: “Una hermana, que era profesora de literatura y cocinaba muy bien, se encargó, junto con mi esposa de cocinarle durante toda su estadía”.

Al cabo de su visita, ambos se despidieron y no volvieron a verse nunca más. “Esa fue la última vez que lo vi. Nunca lo había visto y nunca más lo volví a ver”.

El escritor argentino murió al año siguiente en Ginebra, tras sufrir un enfisema pulmonar. Tenía 86 años.


El valor de la palabra

Teodoro Isaac tuvo a su cargo -durante muchos años- un seminario llamado El valor de la palabra en la lengua castellana, que dictaba en la Facultad de Psicología (UNC). “Yo venía trabajando con la palabra desde que tenía 12 años, cuando mis estudios se interrumpieron y tuve que trabajar en el campo, con la tierra. Desde entonces que me inquieta la palabra. Retomé los estudios a los 17 años. Por eso lo estimaba tanto a Borges, porque lo miraba y pensaba: cómo se puede aprender siendo ciego, cómo se puede aprender sin libros. Qué cosas son las que le enseñan a uno...”.


Anécdotas en la voz de Isaac

“Mis amigos venían a casa a ver si era cierto que estaba Borges y lo encontraban sentado en el living. Conversábamos mucho. Un día, él estaba ubicado mirando hacia el jardín de mi casa. Estábamos ahí y yo veía que él no escuchaba, estaba extasiado con la cabeza dirigida hacia la zona del jardín. Pero no veía nada. En un momento determinado dice: ‘qué lindo jardín que tienen ustedes’. Yo no podía entenderlo. ¿Cómo podía detectar el jardín, estando sentado a 15, 20 metros de distancia?”.
- “Otro día íbamos del brazo por la calle y una gitana, después de mirarlo largo rato le gritó: ‘¡viejo, no te mueras nunca!’”.

Teodoro Isaac

Borges y el café con leche

Isaac cierra los ojos buscando recuerdos. Aprieta los puños, levanta la cabeza. De repente sonríe, cuenta varias anécdotas. La del café con leche le ha quedado marcada porque la repite en más de una oportunidad a lo largo de la entrevista. “Cuando Borges llegó, lo fuimos a buscar y lo llevamos a un bar. Recuerdo que se pasó una hora hablando del valor del café con leche, de su olor, de su fragancia; del recuerdo de su infancia, cuando su madre le preparaba la leche. Y de la riqueza de las medialunas”, recuerda.
En su visita anterior, en 1982, el fotógrafo Fino Pizarro compartió una mesa de café con él y también recuerda una anécdota similar: “Yo desayuné con Borges. Él estaba alojado en el Hotel Nogaró y cuando llegamos aún no había bajado. Habíamos ido a entrevistarlo, así que cuando bajó nos pidió que lo acompañáramos a desayunar. Recuerdo que habló un largo rato sobre el sabor del café con leche y las medialunas. Disfrutaba mucho del desayuno”.
 


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