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CóRDOBA
ANÁLISIS Y PERSPECTIVA

El drama liberador

Hace más de dos décadas cursé un ciclo formativo de música clásica y me sorprendió el capítulo titulado “Romanticismo Escandinavo”. Comprendía el estudio de la obra de los compositores Edvar Grieg y Jean Sibelius. Sin desmerecer al finlandés, me ocuparé del noruego Grieg, nacido en 1843.

Noruega era entonces un país pobre, sin tradición cultural, con un dialecto rústico y sin idioma nacional. Había sido una provincia danesa por tres siglos y en 1843 solo se autogobernaba bajo la tutela de la corona sueca. Tan pobre era el nivel que no hubo universidad hasta 1813 y el teatro de Bergen, -el primero- fue abierto en 1850.

En ese contexto de indigencia, Grieg tuvo la fortuna de crecer en un ambiente musical, estudiar en Alemania y vincularse con otros grandes músicos, por ejemplo Franz Liszt. La primera obra que se estudia del noruego es el sublime “Peer Gynt”, música incidental o de escena, escrita para el poema teatral dramático de Henrik Ibsen, contemporáneo de Grieg y figura central de esta nota.

Lo de Ibsen fue, sin duda, superlativo: fue de origen muy pobre y con una infancia humillante, en un país brutalmente inculto. La capital (Oslo) había perdido el nombre y era llamada Cristianía.

El ascenso de Ibsen, hasta convertirse en el escritor “padre del drama realista moderno”, -que fue el antecedente del teatro simbólico-, es la epopeya del intelectual autodidacta solitario.

La innovación creativa y la permanencia en ella toda su vida es lo que distingue al dramaturgo noruego como un intelectual vanguardista. Sus obras no solo revolucionaron el arte, sino que, además, difundieron en la gente la reacción contra las inhibiciones y prejuicios del “ancien régime”. Enseñó a hombres y mujeres que la conciencia individual y las ideas personales sobre la libertad tienen prioridad sobre las exigencias de la sociedad; sentó las bases de la “sociedad permisiva”, mucho antes que Freud. Ni Rousseau y ni siquiera Marx tuvieron tanta influencia sobre la forma en que la gente se conduce realmente, con prescindencia de los dictados de los gobiernos.

Escribió en noruego cuando esto, en principio, era aislarse de Escandinavia y del mundo y acumuló fracasos hasta 1864. Con la obra “Los pretendientes”, en el teatro de Cristianía, tuvo un atisbo de éxito: desde allí sucedieron oleadas de triunfo, prestigio y popularidad.

En verso o en prosa, como relator del folclore noruego, crítico social o simbolista, su evolución fue permanente. No obstante, siempre argumentó que las libertades políticas formales no tenían sentido ante la negación del derecho personal a “liberarse”.

En Cristianía, Ibsen fracasó por cinco años; la ciudad retomó su antiguo nombre de “Oslo” en 1925, para el orgullo noruego. Por fortuna, la Cristianía doméstica tiende también a cambiar de nombre.

Ibsen vivió sus últimos años en forma extraña: malhumorado, reservado y sin expresar la calidez humana que poseía. Quizás se auto fortalecía contra la vejez, haciendo honor a su frase: “El hombre más fuerte es el que resiste la soledad”.

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