En tiempos de inmediatez digital y dopamina en cápsulas de quince segundos, el desafío de sentar a un niño frente a una orquesta sinfónica parece una quijotada. Sin embargo, para Hadrian Ávila Arzuza, director de orquesta colombiano radicado en Córdoba, la música académica no es un rito sagrado para pocos, sino una herramienta de democratización cultural.
Con el proyecto “Conciertos para soñar” —una iniciativa de Coqui Dutti, al frente del Teatro Real—, el director busca romper el cristal que separa al escenario de la platea, utilizando la curiosidad infantil como motor principal.
Durante la charla, Ávila Arzuza reflexionará sobre la importancia de la educación artística temprana, el valor de lo sensorial frente a lo técnico y la necesidad de que las instituciones dejen de ser “sumos sacerdotes” para salir a evangelizar en las calles.
—El primer “Concierto para soñar” se hizo en 2023, ¿cuál es el balance?
—Ha sido un encuentro único en estos tiempos de tanta conectividad digital pero contacto lejano. Los chicos aprenden que hay otros jóvenes realizando un camino que a veces termina en lo profesional y otras es un puente hacia otra carrera, pero se potencian en conjunto. Lo más potente es ver a jóvenes mostrándole su trabajo artístico a niños y adolescentes. En estos tiempos la atención de un chico está condicionada por la red social, que es un instante, entonces, el desafío ha sido lograr que se diviertan, que aprendan y que se dé un despertar de la curiosidad intelectual, que es el primer activo de cualquier actividad.
—En una era de estímulos y dopamina constantes, ¿cómo se le propone a un niño esa "espera" y esa escucha profunda que requiere una obra sinfónica?
—Lo que hacemos tiene una magia implícita. En la Orquesta de la Universidad (UNC) ensayamos con puertas abiertas y siempre hay gente escuchando. Es como un “reality” en vivo de una orquestación sonora. Y cuando uno ofrece el espacio, ya es una ganancia enorme. Ahí entramos en una democratización real de la cultura, que es un derecho y no un privilegio. Una experiencia en vivo, con el sonido real de los instrumentos y no a través de un parlante pobre, es algo inolvidable. Un niño de cuatro años escucha una orquesta y empieza a bailar espontáneamente; solo necesita el espacio que le permita jugar.
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—¿Creés que si un niño entra por primera vez a un teatro y ve a todos esos músicos afinando, ese es un primer paso para entender el valor de la cultura?
—Es uno de los espacios que debería existir, junto con las escuelas. Desde chicos deberían tener educación artística y también deporte. No todo tiene que ser ciencias exactas, porque la creatividad es una de las habilidades que siempre se necesitan, incluso con el auge de la Inteligencia Artificial. El arte permite nivelar, desarrollar la imaginación y requiere coordinación e independencia. El que es creativo es el que siempre sale adelante.

Trabajo mancomunado. En 2023 se realizó el primero de estos conciertos y fue la primera vez que trabajaron los cuatro elencos en conjunto: el Seminario de Danza, el Seminario de Canto, el Seminario de Teatro Jolie Libois y la Orquesta Académica. (Foto: Renata Gray).
—Cuando hacés estos conciertos, ¿hay algún termómetro que te indique que un niño pasó de ser un espectador pasivo a alguien que acaba de descubrir un mundo nuevo?
—Sí, hay varios. Uno tiene que estar abierto a que sucedan cosas iguales a un juego. Una vez, en un ensayo, un coro de niños que venía de público quería cantar; entonces les armé el espacio y les dije: “A ver, cuéntenme qué hacen”. Y cantaron. Luego una chica quería tocar el piano y se lo abrimos. Es decir que dejaron de ser receptores pasivos para participar del hecho artístico.
Yo creo que hay que romper con esa idea del concierto formal donde hay que estar sentado derecho; hay que tomar la energía y el feedback que te da la criatura en ese momento.
—¿Qué le dirías a un padre que piensa que su hijo es muy chico o muy inquieto para un concierto sinfónico?
—Que hay que quitar etiquetas. Yo lo vivo como una misión. Como decía Simon Rattle: “Tenemos que ser evangelizadores de la música. No podemos ser simplemente sumos sacerdotes de la música”. Durante mucho tiempo los conciertos de música clásica fueron equiparables a un rito religioso, pero el rito por el rito no tiene sentido si no es transparente con el mensaje del compositor. Hay que convencer de otra manera. Me ha pasado de encontrarme con chicos que hoy tocan en la Orquesta Académica y me dicen: “Yo estuve en un concierto suyo hace años”. Ahí es cuando siento que se cumplió el ciclo.
—Existe todavía el prejuicio de que la música académica es para unos pocos elegidos, ¿qué responsabilidad le toca a las instituciones?
—La de encontrar mecanismos para que el acceso sea democrático. A veces se inclina la balanza entre lo ortodoxo y el entretenimiento, y yo creo que necesitamos ambas cosas. Yo puedo estudiar una sinfonía de (Serguéi) Prokofiev, que es una actividad intelectual intensa, pero después necesito ver un partido de tenis o una comedia liviana. Mi mente no puede estar en estado reflexivo absoluto todo el tiempo. Hay que bajar a los artistas del pedestal y mostrar la vida cotidiana, sin perder la parte educativa que nos permite reflexionar sobre un Guernica o un Shakespeare.
—¿Hasta qué punto la educación del público debe ser técnica y hasta qué punto sensible?
—Primero es sensorial. El sonido de una orquesta en vivo es irrepetible e inexplicable; se siente como sentarse frente al mar. Es una meditación. Ese es el punto de partida. La segunda parte es la educativa, donde aparece la necesidad de entender porque se está aprendiendo del mundo, y ahí debe haber una voz capacitada para orientar sobre lo teórico. Pero lo primero es que el chico elija. Mi hija decidió estudiar ballet después de ver un ensayo de El Cascanueces; fue una decisión personal porque tuvo el espacio para elegir.
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—¿Considerás que la educación musical temprana es una forma de “afinar” una sociedad que parece estar permanentemente en disonancia?
—Sí, creo que es una parte vital. La música te da una identidad. “Yo soy violinista” es una frase que lo dice todo, especialmente en un barrio carenciado, porque la orquesta se convierte en un refugio, en un salvavidas. He visto chicos que mejoran sus notas en la escuela simplemente porque van a una orquesta. La educación artística no debe ser un privilegio difícil de alcanzar; debe estar ahí para todos.
—Si tuvieras que rebobinar tu historia, ¿cuál es tu primer recuerdo sonoro?, ¿se puede replicar ese asombro hoy?
—Seguramente fue música de salsa sonando en algún parlante en las calles de Barranquilla, o ver a alguien tocando en vivo en la escuela. Para replicar eso hoy, el que educa debe estar en constante aprendizaje. Yo escucho lo que escuchan los jóvenes para entender cómo conectan porque no podemos hablar en “marciano”. No se trata de colonizar los gustos de los demás, sino de convencer con argumentos y hay que tener apertura para entender que la gente quiere vivir con sus gustos de la mejor manera; y que también encuentran reflexión en la música popular.
—En definitiva, ¿qué es un público “educado”?
—Es una respuesta difícil. Diría que es una sociedad donde las personas tienen la mente abierta para entender las diferencias. Una combinación de flexibilidad intelectual y respeto por lo distinto.

Para soñar. Los Conciertos para Soñar se desarrollan entre el Teatro Libertador San Martín y el Teatro Real, estableciendo cruces con los cuerpos artísticos. (Foto: Arnaldo-Colombaroli).