La separación de una pareja no debería significar la destrucción de una familia. En todo caso, debería significar la reorganización de su dinámica. Pero sabemos que no siempre es así. Hay parejas que después de separarse quedan atrapadas en un conflicto que no cede, que vuelve una y otra vez sobre los mismos temas (con quién van a estar los chicos el fin de semana, quién los lleva al colegio, por qué no se respetó tal horario, cuantas horas de pantalla se permiten) y que termina consumiendo años de vida, de energía y de bronca. Cada audiencia se parece a la anterior. Cada acuerdo dura poco. Y en el medio de todo eso, siempre, están los hijos y las hijas.
Esa realidad se complejiza cuando la situación económica y social del país está en crisis. Todo cuesta mucho más, la violencia viene de arriba y afrontar la pérdida del poder adquisitivo o la inestabilidad laboral no contribuye en el día a día.
Cuando una pareja se separa mal, es común que cada uno construya su propia versión de lo que pasó: la historia de uno y la historia de otro. Dos relatos, muchas veces enfrentados, donde cada quien tiene sus razones, sus heridas y sus reproches. El problema es que, mientras esas dos historias siguen chocando, hay una tercera historia que casi nunca se cuenta: la de los chicos y las chicas que están viviendo ese conflicto desde adentro, sin haberlo elegido.
La Coordinación de Parentalidad parte de una idea simple pero profunda: hay que animarse a escuchar esa tercera historia. La de un hijo o una hija que necesita que sus padres, aunque ya no estén juntos, vuelvan a poder decidir cosas de a dos. Y acá conviene ser honestos sobre algo importante: esta figura no es neutral. No está para llevar la cuenta de quién tiene más razón en la pelea de los adultos. Su lealtad es con una sola parte: el interés superior de niñas, niños y adolescentes. Todo lo que hace tiene ese único norte.
La coordinadora puede ser una profesional del derecho, auxiliar de la salud mental o trabajadora social, que el juzgado designe para trabajar de cerca, durante un tiempo, con esa familia en particular. No reemplaza al Juez ni decide las cuestiones de fondo. Eso sigue siendo responsabilidad exclusiva de la Justicia.
Apoyo para los padres
Lo que hace es algo distinto y, muchas veces, más urgente: ayudar a que los padres puedan volver a comunicarse, sostener en el tiempo los acuerdos que ya se tomaron, y resolver rápido esos conflictos cotidianos que, sin este acompañamiento, terminan otra vez en un expediente. Es trabajo sostenido, cercano, con un profesional que puede intervenir a tiempo, antes que una discusión por un horario se transforme en una nueva causa judicial.
Esta no es una idea traída de otro lado. Ya se probó en Córdoba, en una experiencia piloto que trabajó con familias que llevaban hasta diez años de litigio permanente, y con resultados alentadores. También funciona hoy en otras provincias argentinas y en distintos países. Pero más allá de los antecedentes, lo que queremos transmitir es otra cosa: que detrás de cada expediente hay una familia agotada, y que el objetivo de este proyecto no es sumar un trámite más, sino ofrecer algo distinto en el momento en que más falta hace.
Creemos que esto es, en el fondo, una apuesta a construir una cultura de paz dentro de las familias cordobesas. No se trata de decidir quién ganó o quién perdió una pelea que ya lleva demasiado tiempo, sino de ayudar a que dos personas que no pueden convivir, puedan al menos volver a dialogar por sus hijos.
Este proyecto todavía se está construyendo, y lo estamos haciendo junto a jueces y juezas, colegios profesionales, universidades y organismos de niñez, porque una herramienta como esta solo puede nacer de la escucha de quienes trabajan, todos los días, con estas familias.
Legislador Provincial
Ps - HUPC