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CULTURA / EDITORIALES UNIVERSITARIAS ARGENTINAS
sábado 27 octubre, 2018

Apogeo y declive

Desde hace varios años, la edición universitaria argentina viene creciendo a pasos agigantados y cada vez ocupa un lugar mas significativo a nivel internacional. Sin embargo, en este ultimo tiempo, con la recesion y la suspension de varias politicas estatales de fomento al sector, la pregunta que se impone a los editores ya no es como continuar creciendo, sino si podrán sobrevivir.

por Gonzalo Santos

Catálogo. Apenas un puñado de títulos publicados por editoriales universitarias. Poesía, narrativa, ensayo: casi un 8% de la cantidad total de libros de la industria editorial. Foto: cedoc

Cuando se habla de editoriales universitarias todavía perdura, en el imaginario de muchos, esa idea que las asocia a una práctica endogámica cuyo mecanismo, grosso modo, es el siguiente: a un profesor de la casa se le ocurre de pronto que puede escribir un valioso texto de cátedra sobre, por ejemplo, los significantes kinésicos del cortejo en las tribus urbanas; o quizá considera que su tesis sobre el hábito reproductivo de la rana marsupial andina merece ser difundida urbi et orbi, porque es demasiado genial. Entonces, después de varios meses de inspiración y ya con el manuscrito bajo el brazo, se dirige al departamento de publicaciones, cuyo jefe por supuesto lo felicita, le palmea la espalda, le sugiere, a lo sumo, que una coma está mal puesta, y al poco tiempo el libro está listo para ocupar otro decoroso casillero en el currículum del ahora un poco más respetable profesor.

Así era, en gran medida, la dinámica con que, durante mucho tiempo, se producían los libros en muchas universidades, tanto en Argentina como en muchos países del mundo. A pesar de que, a fines de la década del cincuenta, aquí hubo un editor como Boris Spivacow, que pensó la edición universitaria desde otra lógica, que se podría resumir en el lema “libros para todos” con el que Eudeba, la editorial de la Universidad de Buenos Aires, logró trascender los nichos académicos, esas prácticas endogámicas se fueron abandonando –aunque no del todo, tampoco exageremos– recién en los últimos años, cuando empezó a darse un fenómeno del que la prensa pocas veces dio cuenta: un silencioso y persistente boom que implicó un crecimiento notable del libro universitario argentino y que lo colocó –ya diremos por qué– en un lugar destacado que ahora corre el riesgo de perderse.

Desde luego, resulta difícil establecer un punto de inflexión, pero muchos de estos editores coinciden en que fue a principios de los años dos mil cuando empezó a darse un proceso de profesionalización que produjo un giro radical en la forma de concebir este tipo de libros, entre otras cosas extendiendo el radio de lectores a los que se dirigen, incorporando estrategias de promoción y distribución que hasta entonces no existían, o inaugurando colecciones de poesía o de narrativa, o hasta de literatura infantil. Todo esto sin dejar, por supuesto, de cumplir con la función de producir materiales académicos que, por su naturaleza, no podrían ser publicados ni en editoriales comerciales ni en editoriales independientes, lo que marca un poco la relevancia de estas instituciones en lo que se refiere a la “bibliodiversidad” del ecosistema del libro.

Pero en esos años no solo hubo un proceso de profesionalización, sino que también comenzaron a surgir numerosas editoriales universitarias como la de la Universidad Nacional de La Pampa (EdUNLPam), la de la Universidad de Tucumán (Edunt), la de Villa María (Eduvim), la de Santiago del Estero (Edunse), la de Avellaneda (Undav ediciones) y, más recientemente, la de Tierra del Fuego (Untdf), la de la Universidad de las Artes (Libros UNA) o la de Chilecito (UndeC), entre otras.

Toda esta proliferación se tradujo, por supuesto, en un crecimiento considerable de las novedades publicadas por editoriales universitarias durante los últimos quince o veinte años. Según los datos de ISBN y los informes de la Cámara Argentina del Libro, si en el 99 se habían publicado 630 títulos, en 2004 ya eran 1.201, y hoy el número es de aproximadamente 2 mil, lo que representa casi un 8% de la cantidad total de títulos de la industria editorial.

Ahora bien, esta tendencia al crecimiento, por primera vez en mucho tiempo –por lo menos una década y media–, corre el riesgo de empezar a revertirse, no solo por la recesión económica, que está haciendo que muchos editores universitarios ya estén reduciendo las tiradas y la cantidad de novedades, sino también porque el Estado ha decidido suspender varias de las políticas que hicieron posible esta expansión durante los últimos años.

Una de esas políticas es, por ejemplo, la de internacionalización. A partir del año 2011, la Secretaría de Políticas Universitarias (SPU) empezó a habilitar un subsidio que les permitió a muchos de estos editores viajar y ponerse en contacto con pares de otras partes del mundo para intercambiar experiencias y establecer negociaciones comerciales. Desde la Red de Editoriales Universitarias Nacionales (REUN), que es el espacio que agrupa a la mayor parte de ellas, se han hecho misiones a Beijing, Costa Rica, Estados Unidos, Canadá o Brasil, donde lograron establecer un convenio bilateral con la Asociación Brasileña de Editoriales Universitarias (ABEU), a partir del cual se generaron ruedas de negocios y se pusieron en marcha distintas estrategias de circulación de este tipo de libros en ambos países.

Pero tal vez el mayor logro es haber conseguido que Argentina fuese uno de los fundadores del Foro Mundial de la Edición Universitaria, que se realiza cada año en la Feria del Libro de Frankfurt, la más importante del mundo. Francisco Lohigorry, actual coordinador de la REUN y director de la editorial de la Universidad de Tierra del Fuego, cuenta que el foro “originalmente lo organizaban la REUN y la feria de Frankfurt y después se incorporó la Asociación de Editores Universitarios Americanos (de Estados Unidos). Claramente esto posicionó muy bien a la edición universitaria argentina, que hoy es tomada como un referente”, dice.

Sin embargo, desde hace algún tiempo muchas de las condiciones que les permitieron ocupar ese lugar destacado están empezando a diluirse. Ese programa de internacionalización, por ejemplo, se interrumpió este año y en la última feria de Frankfurt, en efecto, ya se vio una disminución significativa de editores universitarios argentinos. Si el año pasado fueron catorce, este año eran solo cuatro: los que pudieron, de algún modo, costearse el pasaje. Lohigorry cuenta que la gente de la Secretaría de Políticas Universitarias le dijo, casi textual, que “llega un momento donde el Estado se tiene que retirar”, afirmación que, por supuesto, nos exime de agregar mucho más: a confesión de parte, digamos, relevo de pruebas.

En todo caso, lo que podríamos añadir es que otra de las consecuencias de esa retirada es el cierre de un espacio que se había constituido en un modelo para otros países: la Librería Universitaria Argentina, a la que en 2016 le retiraron el financiamiento que les servía para alquilar el local de la calle Montevideo. “En ese momento, la SPU ya nos adelantó que no era de su interés renovar el contrato y que no lo iban a seguir financiando. Cuando interrumpieron el financiamiento, seguimos funcionando hasta abril de este año en el mismo local con aportes del CIN [Consejo Interuniversitario Nacional], pero con el presupuesto del CIN no se pudo afrontar. Entonces, en abril tuvimos que cerrar ese local y buscar otra alternativa”, dice Lohigorry.

En ese momento, Carlos Benítez, librero y editor de Punto de Encuentro, les propuso que se mudaran a su pequeña librería, ubicada en Avenida de Mayo y 9 de Julio. “Lo que hicimos fue juntar las dos necesidades y firmamos un contrato”, dice. “Ellos ahora están funcionando en lo que era sala de reuniones y trabajo en el primer piso, y compartimos vidriera y bibliotecas en la planta baja. Acá la clave es la solidaridad y sentirnos parte de un mismo lado: los que somos agredidos por este modelo económico”.

Quien, en cambio, no parece estar de ese mismo lado es la editorial Eudeba, y aquí por cierto habría que hablar de una doble vara. Por un lado, el Ministerio de Educación decide cortar el financiamiento de la Librería Universitaria Argentina. Por otro, decide ampliar la librería de Eudeba, editorial cuyo presidente, Gonzalo Álvarez, se sabe que es muy cercano al Gobierno. Se trata de un ex militante de Franja Morada que, desde 2016, fue designado por Julio Martínez, ex ministro de Defensa, como rector de la Universidad de la Defensa Nacional, cargo desde el que, dicho sea de paso, habría utilizado algunos fondos públicos de la institución –esto lo acaba de revelar una auditoría de la Sigen– para la compra de Lebacs.

En cierto modo, la lógica no es muy distinta de la que se pasaron más de una década criticando: para los amigos, todo; para los que no están alineados al Gobierno, nada. Ni siquiera el costo del alquiler de un local, que en términos macroeconómicos no representaba demasiado: un millón ochocientos mil pesos que se traducían en un capital simbólico incuantificable, si se tiene en cuenta la circulación del saber que un espacio así promueve.

Pero los recortes no terminan acá, porque además del programa de internacionalización al que nos referimos antes también se implementó, desde el año 2014, un programa de mejoramiento que permitió cumplir con varios objetivos en función de las necesidades de cada institución. Rossana Nofal, que desde 2014 dirige la editorial de la Universidad de Tucumán (Edunt), cuenta que, en su caso, “el proyecto de fortalecimiento ha sido fundamental para la capacitación del equipo y para pensar la instancia de producción de cada una de las partes del libro: el diseño de obra, la macroedición, la corrección, el arte de tapa o la lógica de la distribución”.

En otros casos, el programa sirvió para que las universidades abrieran sus propias editoriales, o para que refundaran, con una lógica más profesional, las que ya tenían. Según cuenta Francisco Lohigorry, las que participaron fueron en total treinta y siete, y el financiamiento era trianual. “Después a partir del cuarto año se consolidaba un fondo que era similar al del último año, que servía para editar libros”, dice. “O sea, la idea era: los formamos, los profesionalizamos y después les damos dinero para que editen. Bueno, esa continuidad es la que está interrumpida, o estaría interrumpida: no está confirmado pero ya nos adelantaron que no la van a seguir otorgando”.

Ante esta incertidumbre, desde PERFIL nos comunicamos con Danya Tavela, la secretaria de Políticas Universitarias, quien nos dijo que todavía están evaluando si “priorizan” o no este programa, pero a los pocos días se conoció que esta funcionaria presentó la renuncia arguyendo “motivos personales”, aunque hay versiones que hablan de ciertas rispideces con el ministro Finocchiaro, sobre todo en relación con el Presupuesto 2019, donde la SPU, además de los ajustes que ya mencionamos, sufrirá recortes en todas las partidas destinadas a infraestructura, y reducciones nominales significativas en lugares muy sensibles como los hospitales universitarios.

En los próximos días, quien asumirá en su lugar es Pablo Domenichini, otro ex Franja Morada.

Pero Domenichini es además secretario general de la UCR bonaerense, un hombre del riñón del partido, de quien se esperan menos pruritos que de Danya Tavela a la hora de recortar fondos a universidades públicas.

En este contexto, con un Estado que se repliega, una funcionaria que renuncia y una recesión que apenas está despuntando, hace unas semanas se realizó un foro de editores universitarios en la ciudad de Villa María y la cuestión sobre la que se debatió ya no fue, como otras veces, cómo continuar creciendo, sino cómo sobrevivir a la caída del mercado interno y a la ausencia de políticas estatales.

Al final la conclusión a la que suscribieron todos fue contundente: más allá de las estratagemas individuales, la salida, si la hay, solo puede ser colectiva. Como afirma Alejandro Dujovne, investigador del Conicet que también participó del encuentro, los actores de la industria del libro frecuentemente suelen verse como potenciales amenazas –el editor recela de lo que liquidan los libreros, el autor sospecha que le escatiman

regalías, etc.– y si no empiezan a pensarse como parte de un ecosistema donde la mala fortuna de uno impacta siempre en el resto, la crisis puede ser demoledora, lo cual sería por cierto una gran pena: llevó mucho tiempo y esfuerzo lograr que la edición universitaria argentina ocupase una posición destacada a nivel internacional. Como se suele decir, construir siempre lleva mucho tiempo y la destrucción, en cambio, puede durar apenas un instante. Aunque no es poca cosa si pensamos, como Kierkegaard, que el instante es también el lugar en que la libertad se ejerce. Sería bueno, máxime en este contexto, no perderlo de vista.

 


 

La edición universitaria hoy

En 2010, un grupo de editores de universidades nacionales comenzamos a repensar el rol de la edición universitaria en la Argentina. Desde la REUN se trabajó en tres ejes básicos: profesionalización, bibliodiversidad e internacionalización.

Cada uno de esos aspectos tenía un objetivo de recuperación del sentido de la edición de carácter público desde las universidades nacionales. La profesionalización, por ejemplo, intentaba valorizar la importancia de las buenas prácticas de la edición, la construcción de un catálogo y la posibilidad de romper la endogamia académica de editar expedientes que otorgaban ISBN para profesores y pasar a editar libros para los lectores.

La idea de bibliodiversidad apuntaba a potenciar el trabajo en red. En las últimas décadas no ha quedado una provincia en la Argentina que no cuente con al menos una universidad nacional. Esto potencia la edición universitaria territorialmente y garantiza un posible plan de bibliodiversidad que podría compensar la macrocefalia concentrada en CABA y provincia de Buenos Aires. La internacionalización, en este aspecto, buscaría exportar los contenidos científicos académicos en español, también buscando morigerar el inglés como la lengua de la ciencia y la cultura. Todos los puntos tienen como eje la construcción de soberanías: lingüística, científica y cultural.

Ahora bien, este programa solo puede concretarse si existe una política de Estado a largo plazo, donde se les permita a las universidades desenvolver actividades complementarias y estratégicas para el desarrollo de la nación, más allá de sus funciones básicas. Y este aspecto es incluso más importante que la crisis presupuestaria, porque si la edición no es para los rectores algo verdaderamente estratégico, el peligro es caer en la dicotomía de gestionar sobre lo urgente relegando lo importante.

Y ya sabemos lo que ocurre cuando en la gestión de los recursos públicos se trabaja solo para lo urgente: la desidia se impone a la proyección; el caos mina la eficacia en el uso de los recursos humanos y económicos y el fracaso es, en muchos casos, el menor de los problemas.

En tiempos de crisis como los actuales, el ecosistema del libro necesita la intervención del Estado. Si se le da vuelta la cara al libro y a lectura (el mismo presidente Macri dice preferir ver series en Netflix que leer un libro), en un país donde el Estado dejó de comprar libros, donde la reducción y subejecución presupuestaria en Educación es brutal, no hay lugar para pensar que el libro sea un prioridad para el Gobierno.

Con apertura indiscriminada de libros, con tarifas que crecen arriba del mil por ciento, con una devaluación de cien por ciento en menos de tres años, no hay posibilidades de traducciones que nos permitan leer las novedades del saber que se produce en otros lugares del mundo, y por ende nos reducimos. Sin extraducciones no tenemos chances de hacer conocer, en otras lenguas, lo que se produce aquí, en nuestras universidades, y reducimos el capital simbólico de nuestros investigadores, escritores y científicos. Todo lo que marginemos al libro y a los bienes culturales nos reduce y nos condena a vivir, a las grandes mayorías de este país, como liliputienses.

*Carlos Gazzera. Director de Eduvim y ex coordinador de la REUN.


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