miércoles 07 de diciembre de 2022

Cambiando de tema

09-10-2022 04:07

No tengo Instagram, ni otras redes (y algunos días, ni siquiera acceso a internet) así que recurro a mis topos en el submundo de la Deep Web para acceder a información. Son encuentros discretos, a veces incluso caminatas nocturnas que arrancan en la calle Maure y terminan en un galpón en la calle Guevara. El último dato que recibí es una serie de capturas de pantalla de “Fonde_dice”, página (o sitio, o cuenta, ni siquiera sé cómo se dice) de Jorge Fondebrider. Pues bien: estuve a punto de sacarme un Instagram (¿se dirá así?) solo para leerla. Por supuesto me frené: mis convicciones religiosas no me permiten creer en otros dioses que los de la vanguardia y la revolución, pero permítanme señalar que “Fonde_dice” es de lo mejor que se escribe hoy en Buenos Aires. Mezcla de recomendaciones personales con crítica literaria y observaciones sobre el estado del mundo (en especial el literario), ubicado en la frontera en la que el humor linda con la ironía perfecta, y la ironía perfecta con la erudición, la página (o como sea que se diga) de Fondebrider es de las pocas cosas que vuelve respetable la trivialidad de leer redes. 

Cambiando de tema, quisiera ahora elogiar la acción de la Cancillería argentina de enviar, por fin, una delegación de editores a la Feria de Frankfurt. No es mi caso que nunca fui, pero sé por un editor amigo que fue ocho veces (que trabaja part-time en una editorial en la calle Scalabrini Ortiz, y el otro part-time en un taller mecánico Lubricentro justo al lado de la editorial: entre el mundo editorial y los lubricentros hay más puntos de contactos que entre la edición y la literatura) que la Feria de Frankfurt es básicamente un encuentro de negocios (de compra y venta de derechos, entre otras compra-ventas) y que enviar a escritores en una delegación oficial, como se hacía hasta ahora, no tenía sentido alguno. Proponer invitar a editores es un paso en la dirección correcta, ojalá se mantenga en el tiempo, año tras año. 

Quisiera ahora elogiar la acción de la Cancillería argentina de enviar, por fin, una delegación de editores a la Feria de Frankfurt

Cambiando de tema, no es el momento aquí y ahora, pero tal vez ya sea tiempo de empezar a reflexionar críticamente sobre esta incipiente tendencia cultural-mediática de presentar a multimillonarios especuladores inmobiliarios, emprendedores de empresas efímeras que se crean por dos pesos y se venden por fortunas, y demás formas de la vida que padecemos bajo el régimen neoliberal, como si fueran grandes campeones de la cultura, el mecenazgo y la bondad en el arte. Hay allí solo propaganda ideológica de la época. ¿Cuánto vale el arte? se preguntaba, también con ironía, erudición e infinita sospecha, la crítica alemana Isabelle Graw, y siempre es bueno volver a esos libros (que, dicho sea de paso, se venden en las librerías de los reservorios –creo que también llamados museos privados– donde esos tipos cuelgan de las paredes sus propiedades y últimas inversiones). 
Cambiando de tema, por razones laborales leí Dublineses (Ediciones Godot, Buenos Aires, 2021) traducido por Edgardo Scott, en cuyo prólogo –escrito también por él– cita una gran frase de Joyce: “No puedo escribir sin ofender a nadie”. Scott no dice dónde fue escrita esa sentencia, y a mí me da fiaca releer la biografía de Ellmann para buscarlo, así que confío en el prologuista y doy por cierta la frase (aunque si es apócrifa no importa, casi que mejor aún).