Cuando dos escritores consagrados de literatura como Claudia Piñeiro y Martín Kohan publican un libro infantil, prestar atención es un movimiento necesario. En el caso de Piñeiro no es la primera vez que realiza ese gesto, pero Kohan sí.
“Escribir literatura infantil, que es la cuarta vez en mi caso, me da como un respiro entre medio de la escritura para adultos. No hay grandes diferencias, pero sí por el tipo de novelas que yo escribo, la literatura infantil me da, por un lado, una posibilidad de imaginar cosas y que los niños te acompañen en ese en ese imaginario, en esa fantasía. Por otro lado, un uso del lenguaje totalmente diferente. Me parece que hay ciertos giros poéticos, ciertas cosas que en las novelas para niños entran mejor y eso me parece como que me alivia la cabeza un poco”, reflexionó la autora de La viuda de los jueves en diálogo con PERFIL.

“Para mí era una perspectiva de lectura mucho más exigente en el sentido que los chicos son implacables”, sumó Kohan que abordaba por primera vez este tipo de escritura. “Yo no tengo contemplaciones en cuanto le estoy hablando a un niño y no pienso la literatura para niños de manera condescendiente. Sí sos consciente de que te estás dirigiendo a un niño, pero no a una a una persona aniñada”, agregó Piñeiro.
El tiempo más feliz de Martín Kohan e ilustrada por Leandro Pérez y Mi miedo xixi de Claudia Piñeiro e ilustrada Lulú Maranzana forman parte de la colección Cosas que nunca olvidé de Editorial Siglo XXI que tiene un tercer título, el primero que salió: Los mocos de la furia, de Liliana Bodoc y María Wernicke. Fue la editorial la que eligió convocar a los autores que creyó que podían escribir literatura infantil con altura.
La relación con la infancia también supone recuperar una forma particular de mirar. Kohan habla de “una cosmovisión de infancia”, una disposición al descubrimiento que considera esencial para la literatura. “Un niño y un palo, un niño y una pelota, un niño y una piedra, ya está, ya hay un mundo ahí”, explica. “¿Cómo no ver posibilidades literarias en eso? Un adulto ya necesita más cosas para componer el mundo, si es que lo logra”.

Piñeiro recuerda algo parecido a partir de uno de los primeros cuentos que quedaron grabados en su memoria, “La mancha de humedad”, incluido en Chico Carlo, de Juana de Ibarbourou. Allí, un niño observa una mancha en la pared de su habitación y comienza a inventar historias. “Ahí está la base de la escritura también”, señala. “Vos con un chico y una mancha de humedad podés armar una cantidad de historias que a lo mejor un adulto no puede”.
Los libros que forman a un escritor
La conversación sobre la infancia inevitablemente conduce a los libros que los marcaron. Kohan recuerda la colección Robin Hood, Emilio Salgari y, especialmente, La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne.
De aquel libro conserva una escena puntual. Los protagonistas creen haber perdido una apuesta porque tardaron 81 días en completar el viaje, hasta que descubren que, al haber recorrido el mundo en sentido contrario a la rotación de la Tierra, ganaron un día.

“Ese giro al final me fascinó”, recuerda. “Yo creo que me fascinó porque probablemente fue mi primer contacto con la idea de que hay trucos en la literatura”. Aquella experiencia infantil terminó convirtiéndose, retrospectivamente, en una primera lección sobre la construcción narrativa.
Piñeiro recuerda, en cambio, el impacto de Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez. Al principio la propuesta escolar le produjo rechazo. “Pensé: ‘Ay, no, qué bronca, una historia de un marinero que navega...’”. Sin embargo, una vez que comenzó a leer, quedó atrapada.

“Mi familia compró el libro, lo leí y a la tercera página yo era el marinero en alta mar”, cuenta. Para la escritora, aquella experiencia dejó una enseñanza fundamental: “No importa tanto el tema, la historia que te están contando, sino cómo te la están contando”.
Qué significa crecer en una sociedad atravesada por la violencia
La conversación sobre la literatura infantil lleva inevitablemente hacia una pregunta más amplia: ¿cómo se escribe y cómo se lee cuando el mundo que rodea a los chicos está atravesado por conflictos, violencia e incertidumbre?
Piñeiro y Kohan pertenecen a generaciones que atravesaron su infancia y adolescencia durante distintos momentos de dictadura militar. Los recuerdos aparecen en la conversación como escenas pequeñas que, con el paso de los años, adquirieron una dimensión política que en aquel momento no podían comprender del todo.
Kohan recuerda el episodio de un amigo de sus padres que fue detenido durante la dictadura. Lo que quedó grabado en su memoria no fue una explicación política, sino la imagen de una mujer adulta llorando de miedo.

“Para un chico es impactante que un adulto llore”, cuenta. Años después comprendió el contexto de aquella escena. “En la escala de infancia, cuando el aparato de decodificación tiene menos variables, las cosas se graban, son huellas muy fuertes”.
Para él, una puerta que se golpea violentamente, un adulto que llora o una escena aparentemente menor pueden adquirir una dimensión enorme en la memoria de un niño. “A la hora de escribir para chicos, la necesidad de prestar atención al modo en que algo se graba o se registre y por qué, me parece especialmente relevante”.
Piñeiro coincide y agrega una dimensión vinculada al lenguaje. “Realmente no tenés ni siquiera las palabras para decirlo”, sostiene. “Si no tenés las palabras no lo podés elaborar”.
La infancia frente al clima social actual
La conversación desemboca entonces en el presente. Piñeiro marca una diferencia fundamental respecto de la dictadura, pero considera que existe un clima social que también puede afectar a los chicos.
“No estamos en una dictadura, por supuesto. No vamos a hacer una comparación que no corresponde”, aclara. Sin embargo, observa “una situación de molestia permanente, de agresión permanente” y “de violencia desde los lugares de poder permanente”.

Para la escritora, el modo en que los adultos se relacionan también llega a los niños. “¿Cómo están viviendo hoy los chicos las sensaciones que tenemos en esta sociedad?”, se pregunta. Y plantea una preocupación concreta: “Cómo proteger eso. Porque yo misma, mis amigos, nos protegemos haciendo cosas, juntándonos entre nosotros, yendo al teatro”.
Kohan define el fenómeno de otra manera: “Me parece que hoy en día no pasa por el miedo en el sentido que decíamos antes, pero sí por la convivencia cotidiana con el maltrato”.
La preocupación aparece especialmente cuando piensa en aquello que los adultos intentan enseñar a los chicos. “A los chicos les decís: no le pegues a los compañeros, no maltrates a los compañeros”, señala. Pero inmediatamente aparece la contradicción del mundo adulto: “También les decís: no te dejes maltratar”.
Para Kohan, esa enseñanza se vuelve especialmente problemática cuando la sociedad parece premiar la agresión y sancionar a quien pone límites. “Vivimos en una sociedad donde hay muchísimo maltrato y presión para que el maltrato sea aceptado”, sostiene.
El desprecio por el conocimiento
Otro de los puntos de preocupación de ambos escritores es el lugar que ocupa actualmente el conocimiento. La discusión aparece vinculada a la escuela, los docentes, la investigación y las expectativas de futuro de los chicos.

Kohan observa una contradicción entre aquello que históricamente se les enseñó a valorar a los niños y algunos discursos contemporáneos. “Un chico que va a la escuela y que se supone que está adquiriendo los pilares de una formación, y esos pilares consisten en que al que sabe se lo respeta”, plantea. “¿Qué pasa cuando se defenestra a los que saben?”.
Piñeiro lleva la pregunta hacia el futuro profesional de las nuevas generaciones. “Hay chicos que crecen pensando: quiero ser astronauta, quiero ser científico, quiero ser bioquímico, quiero ser oceanógrafo. Todo eso está hoy depreciado”.

Según la escritora, frente a esa pérdida de valor del conocimiento aparece otro ideal: “Lo que dicen que los adolescentes hoy quieren ser es millonarios, básicamente”.
Kohan relaciona esa transformación con una idea de educación cada vez más asociada al rendimiento económico. “La idea misma de la adquisición de saberes está depreciada”, sostiene. “¿Qué le pasa a un chico en la edad de la curiosidad, del querer saber, en una sociedad donde el saber está despreciado desde el poder del Estado?”.
Frente a ese panorama, la literatura aparece para ambos como una herramienta capaz de abrir otras posibilidades. Piñeiro insiste en una condición que considera fundamental cuando se narran situaciones difíciles para chicos: la esperanza.
“Aunque uno esté hablando con la verdad en las historias, siempre hay que dejar una cuota de esperanza en la historia”, afirma. “Siempre tiene que haber una posibilidad de que va a haber una salida”.
Kohan amplía esa idea más allá de los libros. Las formas de resistencia frente a un clima social hostil también pueden aparecer en los espacios donde las personas consiguen relacionarse de otra manera.
“No lo haría pasar solamente por un mundo libresco, literario, cultural”, explica. “Me parece que esas instancias alternativas se multiplican en muchísimos espacios donde nos tratamos de otra manera, donde nos relacionamos de otra manera”.
La conversación vuelve así al punto de partida: la infancia como territorio de descubrimiento. Para los dos escritores, escribir para chicos implica recuperar esa capacidad de mirar el mundo antes de que todo esté explicado, pero también asumir la responsabilidad de no subestimar a quienes están leyendo.
Quizás por eso la literatura infantil funciona, para ellos, como algo más que un género. Piñeiro encuentra allí una forma de renovar su escritura. Kohan, un territorio que hasta hace poco consideraba demasiado difícil. Y ambos encuentran en la infancia una pregunta que excede a los libros: qué mundo estamos construyendo para quienes todavía están aprendiendo a nombrarlo.
cp