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CULTURA / Siglo XX Grandes Exitos
domingo 1 diciembre, 2019

Clásicos de nuestro tiempo I

Entre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente no se cuenta el de haber podido construir clsicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX por su potencia esttica su osada de pensamiento o su radicalidad poltica Los grandes xitos del siglo XX son la antologa de la literatura que sigue sonando para nosotrosEn esta primera entrega Memorias de un enfermo nervioso de Daniel Paul Schreber

por Daniel Link

Escala universal. El libro del jurista y escritor alemán fue publicado por Editorial Perfil en 1999. Con traducción, estudio preliminar y notas de Ramón Alcalde y prólogo de Luis Gusmán. Foto: CEDOC.















Aquella mañana, Daniel Paul Schreber se demoró en uno de esos estados de duermevela que Marcel Proust habría de novelizar pocos años después. De pronto se sobresaltó ante un pensamiento inesperado. Pensó (naturalmente, en alemán): “Sería realmente lindo ser una mujer sometida al coito”. Y se volvió loco.

Daniel Paul Schreber nació en 1842, en el seno de una familia burguesa protestante. Su padre fue un célebre médico y educador socialdemócrata que introdujo en Alemania la gimnasia médica y promovió la venta de pequeñas parcelas de terrenos para que los obreros usaran como huertos y jardines (Schrebergarden). El hermano mayor de Daniel se había suicidado, su hermana menor murió enferma mental. A los 42 años, Daniel, ya un reconocido juez y jurisconsulto, es internado por primera vez, bajo un cuadro grave de hipocondría. Dado de alta, vuelve a vivir con su esposa (con quien no ha podido tener hijos) y a seguir cosechando éxitos profesionales.

En 1893, poco después de su ocurrencia matutina que rechaza con la mayor indignación, lo nombran presidente del Tribunal de Apelaciones de Sajonia, cargo que puede desempeñar por muy pocos meses antes de ser dominado por sensaciones de reblandecimiento cerebral, ideas de persecución, alucinaciones visuales y auditivas, anonadamiento y estupor. Vuelven a internarlo en el asilo Sonnenstein, donde escribirá, durante 1900, sus Memorias de un enfermo nervioso, con el solo objeto de que le reviertan la incapacidad jurídica en la que se encuentra y le den el alta. Lo consigue en 1902. Al año siguiente, las Memorias se publican bastante expurgadas.

Poco después tiene una nueva recaída, ya definitiva. Muere en 1911, mientras otro autor, que había publicado en 1900 (o en noviembre de 1899) La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung) se interesa por las Memorias y, sin saber nada sobre el destino de Daniel Paul Schreber, se dedica a analizar su libro con las típicas interpretaciones abusivas de Sigmund Freud. El análisis propuesto en “Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente (1911 [1910])” tuvo una extraordinaria carrera y permitió definir la paranoia clínicamente y, también, culturalmente: el mal del siglo XX.

Tan así fue que Jacques Lacan, cuando escribió su tesis doctoral, eligió la paranoia como tema y cuando tuvo que prologar la traducción francesa de las Memorias, destacó el carácter monumental del libro, que relacionó con las investigaciones estéticas de Salvador Dalí. El seminario Las psicosis de Lacan retoma el análisis freudiano de las Memorias para señalar sus aciertos y censurar sus defectos (“¿Cómo puede ser que algo que da tanta razón a Freud solo sea abordado por él bajo ciertos modos que dejan mucho que desear?”).

Desde otro marco de lectura, Elias Canetti subraya que, en las Memorias, “la paranoia es, en el sentido literal de la palabra, una enfermedad del poder”.

¿Qué escribe Schreber en su libro extraordinario para llamar la atención de lectores tan ilustres y para que siga siendo materia de examen más de un siglo después de su publicación original?

Por un lado, cuenta su cuerpo amenazado por la fuerza de Dios: le han extirpado los intestinos, tiene el esófago hecho trizas y las costillas quebradas, le han reemplazado el estómago por el de un judío, le arrancaron los nervios de la cabeza y unos homúnculos le comprimen el cráneo haciendo girar una llave. Todo es inútil porque Dios, al querer destruirlo, va en contra del orden del Cosmos, más poderoso que Dios mismo.

Pero Dios insiste: mediante los rayos que lo constituyen modifica los órganos internos de Schreber para transformarlo en mujer (“Miss Schreber”, lo llama). Hay un complot del que participan los médicos que lo atienden, para asesinar su alma y para entregar su cuerpo de mujer a la prostitución.

Al final, Schreber se da cuenta del objetivo de Dios y de la escala universal de la que forma parte: lo que Dios quiere es cogerse bien cogido a Schreber para generar con él (como pareja divina) una nueva humanidad, superadora de la anterior, ya decadente.

Por el bien de la humanidad, Schreber decide aceptar su rol: “Es pues mi deber ofrecer a los rayos divinos la voluptuosidad y el goce que esos rayos buscan en mi cuerpo”.

Lo único que Freud puede leer en el asunto es que el delirio paranoico de Schreber le sirve para reprimir su deseo homosexual. Para Elias Canetti, “apenas es posible imaginar un error más craso”. Para él, el delirio del autor de las Memorias es, en realidad, el modelo exacto del poder político, “que se alimenta de la masa y está compuesto por ella”. Schreber, para Canetti, hace masa en una dirección que “el pueblo alemán” seguirá con algarabía durante los años posteriores a la Gran Guerra.

Por otro lado, la deliciosa fantasía de Daniel Paul Schreber no es homosexual, en absoluto. Es transexual y megalómana (si me van a coger para que yo pueda parir al hombre nuevo, el que me coge tiene que ser Dios, el mejor garche).

Las Memorias de un enfermo nervioso son un clásico que todavía nos alcanza, porque inauguran un siglo que, por un lado, hará de las ficciones paranoicas y las conspiraciones la clave de la interpretación política, y por el otro, que hará de la “paranoia controlada” un método de cura (el psicoanálisis), y de la transexualidad, una bandera política.

Los argentinos tuvimos la suerte de que Ramón Alcalde tradujera las Memorias y las sometiera a un riguroso trabajo filológico. Perfil publicó ese libro en 1999. n


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