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Cómo surgió la ceremonia del té en el Japón

En El zen y la cultura japonesa, Daisetz Suzuki examina detalladamente diversos aspectos del arte y la vida japoneses influidos por esta disciplina budista.

Tradición y cultura de Asia
Tradición y cultura de Asia | Agencia Shutterstock

La ceremonia japonesa del té es un ritual tradicional del Japón con influencias del Budismo Zen. Se trata de una forma de preparar el té verde o matcha, ante un grupo de invitados en un ambiente relajado y tranquilo, que tiene sus raíces en la historia y la cultura del Imperio del Sol naciente.

De la ceremonia del té, su origen y de muchas otras cosas más se ocupa el libro El zen y la cultura japonesa, de Daisetz Suzuki, del que anticipamos un fragmento. Tras una breve exposición sobre el significado del zen, el autor examina detalladamente diversos aspectos del arte y la vida japoneses influidos por esta disciplina budista, analizando también la relación existente entre zen y confucianismo, el papel del zen en la tradición de los samurais y el arte japonés, entre otras cosas.

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"Un elemento común al zen y al arte del té es la constante atención que ambos prestan a la sencillez. La eliminación de lo innecesario es realizada por el zen en su intuitiva captación de la realidad final; por el arte del té, en la forma de vivir, tipificada por el servicio del té en la habitación destinada al efecto. El arte del té es la expresión estética de una simplicidad original. Su ideal, acercarse a la naturaleza, se realiza resguardándose bajo un tejado de paja en una habitación que apenas tiene tres metros y medio de lado, pero que debe estar artísticamente construida y amueblada. El zen aspira también a despojarse de todas las envolturas artificiales que ha inventado la humanidad, supuestamente para su propia dignificación. El zen, en primer lugar, combate el intelecto; pues, a pesar de su utilidad práctica, el intelecto va contra nuestro esfuerzo por ahondar en las profundidades del ser. La filosofía puede proponer toda clase de preguntas destinadas a resolverse intelectualmente, pero nunca pretende darnos la satisfacción espiritual a que todos debemos tener acceso, independientemente del desarrollo intelectual de cada cual. La filosofía solo es accesible a aquellos que están intelectualmente preparados, y no puede ser una disciplina apreciada universalmente por todos. El zen —o, más ampliamente, la religión— consiste en abandonar todas las cosas que se poseen, incluso la vida, y volver al estado supremo del ser, a la «Morada Original», la madre o el padre de todos. Todos podemos alcanzar esto, pues somos lo que somos a causa de él o ella, y sin ello, o él, o ella, no somos nada. Esto es lo que podemos llamar la última fase de la simplificación, puesto que las cosas no se pueden reducir a términos más simples. El arte del té simboliza la simplificación, antes que nada, por una discreta y solitaria cabaña de tejado de paja, quizás bajo un viejo pino, como si la cabaña formara parte de la naturaleza y no la hubieran construido manos humanas. Cuando la forma recoge plenamente esta idea, se puede tratar artísticamente. Es evidente que el principio del tratamiento debe estar en perfecta conformidad con la idea original que la impulsó; esto es, la supresión de lo superfluo.

Tradición y cultura de Asia
El zen y la cultura japonesa, de Daisetz Suzuki.

"El té era conocido en Japón antes incluso de la era Kamakura (1185-1338), pero su difusión inicial en términos más amplios se atribuye, generalmente, a Eisai (1141-1215), maestro zen, que llevó semillas de té desde China y las cultivó en los terrenos del monasterio de su amigo. Se dice que su libro sobre el té, junto con algo de té preparado con sus plantas, fue presentado a Minamoto Sanetomo (1192-1219), el shōgun de la época, que se encontraba enfermo. Eisai acabó siendo conocido de este modo como el padre del cultivo del té en Japón. Pensaba que el té tenía algunas cualidades medicinales y que era bueno para diversas enfermedades. Aparentemente no enseñó cómo se llevaba a cabo la ceremonia del té que debió haber observado mientras se encontraba en los monasterios zen de China. La ceremonia del té es una forma de recibir a las visitas en el monasterio, o a veces una forma de mantener la relación entre los propios ocupantes. El monje zen que llevó el ritual a Japón era Dai-ō, maestro nacional1 (1236-1308), aproximadamente medio siglo después de Eisai. Después de Dai-ō, vinieron varios monjes que llegaron a ser maestros del arte, y, finalmente, Ikkyū (1394-1481), el conocido abad de Daitokuji, enseñó la técnica a uno de sus discípulos, Shukō (1422-1502), cuyo genio artístico la desarrolló y consiguió adaptarla al estilo japonés. Shukō se convirtió así en fundador del arte del té y lo enseñó a Ashikaga Yoshimasa (1435-1490), shōgun de la época, que era un gran mecenas de las artes. Más tarde, Jō-ō (1504-1555), y especialmente Rikyū, lo desarrollaron más y dieron el toque final a lo que ahora se conoce como cha-no-yu, generalmente traducido por «ceremonia del té» o «culto del té». La original ceremonia del té, tal como se practica en los monasterios zen, se desarrolla de forma independientemente al arte ahora en boga entre el público en general. A menudo he pensado en la relación del arte del té con la vida budista, que parece compartir tantas de las características del arte. El té conserva la mente fresca y vigilante, pero no intoxica. Tiene cualidades naturales que son apreciadas por los estudiosos y los monjes. Es natural que el té llegara a estar ampliamente difundido en los monasterios budistas y que su introducción en Japón se realizara por medio de los monjes. Y si el té simboliza el budismo, ¿no podemos decir que el vino representa al cristianismo? El vino es muy utilizado por los cristianos. Se usa en la iglesia como símbolo de la sangre de Cristo, que, de acuerdo con la tradición cristiana, fue vertida por la humanidad pecadora. Probablemente por esta razón los monjes medievales tenían bodega en sus monasterios. Parecen joviales y felices rodeando el barril y alzando sus copas de vino. El vino primero excita y luego embriaga. Contrasta en varios sentidos con el té, y este contraste es también el que existe entre el budismo y el cristianismo.

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"Podemos ver ahora cómo el arte del té está íntimamente relacionado con el zen, no solo en su desarrollo práctico, sino principalmente en la observancia del espíritu que inspira la propia ceremonia. Ese espíritu, en términos de sentimiento, consiste en «armonía» (wa), «reverencia» (kei), «pureza» (sei), y «tranquilidad» (jaku). Estos cuatro elementos son necesarios para llevar a buen término el arte; son los constituyentes esenciales de una vida fraterna y ordenada, como es la vida del monasterio zen. Que el monje se comporta de forma perfectamente ordenada puede inferirse de la observación realizada por Tei Meidō (Ch’êng Ming-tao en China), un estudioso confuciano de la dinastía Sung, que visitó en una ocasión un monasterio llamado Jōrinji (Ting-lin Ssŭ): «Aquí, en verdad, somos testigos de la clásica forma de ritualismo, tal como fue practicada en las tres dinastías antiguas». Las tres dinastías antiguas son los días ideales soñados por todos los estudiosos y hombres de Estado de China, cuando prevalecía un estado de cosas más deseable y el pueblo gozaba de toda la felicidad que cabía esperar de un buen gobierno. Todavía ahora, los monjes zen están bien preparados individual y colectivamente para dirigir ceremonias. La escuela de ceremonial Ogasawara se supone tiene su origen en las «Reglas del Monasterio», texto compilado por Hyakujō2 y conocido como Hyakujō Shingi. Mientras la enseñanza zen consiste en captar el espíritu transcendiendo la forma, el ceremonial nos recuerda indefectiblemente el hecho de que el mundo en el que vivimos es un mundo de formas particulares y que el espíritu se expresa solo por medio de la forma. Por consiguiente, el zen es, a la vez, antinómico y disciplinario.

CP