El otoño neoyorquino de 1985 encontró a la esquina de la calle 33 y la Quinta Avenida convertida en algo más que el hogar de la mítica Factory. Aquel día, el corazón del Pop Art fue escenario de un gesto que mezcló arte, política y provocación simbólica. Marta Minujín había llegado a Nueva York con una idea tan simple como explosiva: saldar la deuda externa argentina sin dinero, sin bancos y sin intermediarios, desde el arte como gesto político radical.
Sin embargo, no traía dólares ni discursos técnicos. Traía maíz. Choclos apilados como lingotes, presentados como la verdadera riqueza del sur. Para Minujín, ese grano ancestral condensaba siglos de trabajo, territorio y cultura latinoamericana. Era, en su lógica, la única moneda capaz de interpelar al poder económico desde un lenguaje propio.
Andy Warhol la esperaba. Pálido, casi etéreo, vestido con su habitual distancia irónica. El contraste era inmediato: el ícono del consumo masivo frente a una montaña dorada que no provenía de Wall Street sino de la tierra. La performance —El pago de la deuda externa con choclos— no buscaba el escándalo vacío. Era una inversión de jerarquías.


Minujín, con su overol y sus gafas oscuras, comenzó el ritual. Entregó los mazos de maíz como quien ofrece una ofrenda sagrada. Warhol los recibió sin burla, con una curiosidad silenciosa que transformó el gesto en liturgia. Allí, entre flashes y murmullos, el Pop Art dejó de hablar de latas y celebridades para rozar: dependencia, soberanía y desigualdad.
La danza de los choclos y un legado que persiste
Las fotografías de aquel encuentro hicieron el resto. Minujín y Warhol rodeados de maíz, sentados frente a frente o de espaldas, componiendo una escena que parecía salida de una fábula económica. Cada imagen funcionó como un recibo poético, una constancia visual de que la deuda podía pensarse desde otro lugar.
Aquella fuerza estuvo en su ambigüedad. Warhol, que entendía el arte como mercancía, aceptó jugar en un terreno que no controlaba del todo. Minujín, en cambio, logró que el happening se volviera denuncia sin perder ironía ni brillo. El intercambio no fue solo entre dos artistas, sino entre dos mundos que rara vez dialogaban en igualdad de condiciones.
De esta manera, el cierre de la performance terminó de sellar el mensaje. El maíz fue repartido entre los presentes, devolviendo simbólicamente la riqueza a la gente. No hubo aplausos formales ni discursos finales. Bastó el gesto.

Décadas después, aquellas imágenes siguen creciendo en sentido. No resolvieron la deuda argentina, pero dejaron algo más duradero: la certeza de que el arte puede imaginar salidas donde la economía solo ve cifras. Marta Minujín no le pagó a Warhol. Le recordó al mundo que la creatividad, a diferencia de cualquier moneda, nunca se devalúa.
MV/DCQ