En diciembre pasado, ReaderLink –el mayor distribuidor de libros en Estados Unidos para librerías de aeropuertos, farmacias y grandes cadenas de supermercados como Target y Walmart– anunció que dejaría de vender libros de bolsillo para el mercado masivo, dicha información la difundió la publicación especializada Publishers Weekly. Hoy la noticia es que a mediados de este mes se concretó tal medida. Es decir, el formato gráfico libro de bolsillo perdió su mayor distribuidor y, en la práctica, desaparece del ecosistema editorial estadounidense, una lápida que anticipa su extinción a nivel global.
Un libro de bolsillo es pequeño, formato cerrado alrededor de 10 x 18 centímetros, con un papel interior símil diario, liviano, impreso en negro, con pocos márgenes en blanco, tapa a color en papel símil cartulina, encuadernado con cola adhesiva. En sus inicios, hacia 1935, las tapas eran a un solo color y muchas veces se desprendían al poco tiempo de sufrir la manipulación para la lectura, característica que conservó durante muchos años. En esencia, un libro barato, al alcance de cualquier persona.
De hecho, en habla inglesa estadounidense se los denominó pulp, pero el origen del formato es inglés y se lo atribuye al editor Allen Lane (Penguin Books) quien, ante la falta de lecturas en la estación ferroviaria de Exeter, concibió la idea de lecturas accesibles para el público en tránsito. Este, en 1939, implementó el libro de bolsillo en Estados Unidos como Pocket Books, enfocado al público con tiempo de espera para viajes en trenes y ómnibus. Lecturas para tiempos perdidos de gente común, pobre, trabajadora. Libros tan baratos como un paquete de cigarrillos o una golosina, que si se perdían en el camino eran incapaces de generar algún tipo de culpa.
Pero su característica de objeto circunstancial en la multiplicidad de producción generó fortunas, también una manera particular de difundir el hábito de la lectura del que no escapó a género editorial alguno: novela romántica, policial, suspenso, ciencia ficción, de aventuras en el oeste, eventos de la historia universal, autoayuda, hasta libritos de picaresca, incluyendo temáticas para gays y lesbianas.
Mientras que la circunstancia de su popularidad radicó en la Segunda Guerra Mundial. Las tropas estadounidenses recibían no solo balas y cigarrillos, también libros de bolsillo del sello Ediciones de las Fuerzas Armadas, tanto para aumentar el nivel de alfabetización como el entretenimiento durante los tiempos “muertos” entre combates. Fue tal el volumen de libros distribuidos que, al finalizar el conflicto, los soldados debían devolver no solo las armas, también esos ejemplares para su destrucción: los editores temían que volvieran al mercado interno como “usados”, algo que atentaría contra el circuito de distribución dentro de Estados Unidos.
Esta red estaba conformada por más de 600 distribuidores mayoristas independientes que contaban con 100 mil puntos de venta como clientes, donde se vendían revistas y periódicos, que además incluían quioscos, tiendas de artículos varios, estaciones de servicio, supermercados y centros comerciales. Más tarde surgieron las ferias escolares del libro, clubes de lectura y bibliobuses que acercaban los libros de bolsillo a profesores y alumnos de primaria y secundaria.
Tanto The New York Times como The Guardian se ocuparon de esta “desgracia cultural”, no sin añoranza por un tiempo que fue mejor (al menos el público leía). Ambos medios señalan una época de oro del libro de bolsillo, así tenemos títulos y cifras que hoy solo son comparables con las estadísticas de éxitos musicales en YouTube o Spotify, lo que también indica el reemplazo tecnológico en los “consumos culturales”.
En millones de dólares, entre finales de la década de 1960 y mediados de los 90, los libros de bolsillo fueron líderes de ventas: de 656,5 en 1975, llegaron a 811 en 1979, mientras que en ese año los libros de tapa dura vendieron 676,5. La dimensión del fenómeno remite a los éxitos del sector, como El valle de las muñecas de Jacqueline Susann que en 1967 vendió 8 millones de ejemplares. En 1975, el libro de bolsillo relacionado con la película Tiburón de Steven Spielberg, vendió 11 millones en seis meses. Louis L’Amour, escritor de westerns, publicó más de 125 títulos en formato libro de bolsillo, en total vendió más de 150 millones de ejemplares durante toda su carrera como autor “masivo”.
En 1987, 112 títulos vendieron más de un millón de ejemplares cada uno, bajo el liderazgo de Danielle Steel, cuyos libros Family Album, Wanderlust y Secrets sumaron 12 millones de copias; mientras Sidney Sheldon, con dos títulos, vendió 8,6 millones. La lista de ese año se completa con autores como Stephen King y Judith Krantz.
Justamente, quien recuerda comprar libros a 35 centavos de dólar en la farmacia cuando niño es Stephen King, más precisamente los de suspenso de John D. MacDonald, con alguna belleza pin-up en tapa. Y, paradoja del tiempo sin ficción mediante, fue el libro de bolsillo lo que permitió a King dedicarse por completo al oficio de escritor, cuando la New American Library adquirió los derechos de edición de bolsillo de su novela debut de 1974, Carrie, por 400 mil dólares. “Vivíamos de ese dinero”, dijo King. “Podía escribir libros. Era libre”.
Brenna Connor, analista de la industria editorial, señala que la utilidad del formato (portabilidad) fue usurpada, también observa un cambio del libro como objeto. En la era de BookTok (comunidad de lectores en TikTok), los lectores valoran más los libros como artefactos estéticos –tapas duras con bordes pintados y estampados metálicos– en lugar de libros de bolsillo, desechables y amarillentos.