Ubicada a unos 600 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, Villa Epecuén representó durante décadas el epicentro del turismo termal en la Argentina. Sus aguas, con una salinidad comparable únicamente a la del Mar Muerto, atraían a miles de visitantes anuales que buscaban alivio a diversas dolencias reumáticas y de la piel en el lago bonaerense.
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El destino alcanzó su apogeo en los años 70, cuando contaba con una infraestructura que incluía lujosos hoteles, residencias veraniegas y un flujo constante de ferrocarriles que conectaban la Capital Federal con el balneario. La prosperidad económica del pueblo parecía inagotable, sustentada en las propiedades químicas únicas de su ecosistema hídrico.
Sin embargo, el 10 de noviembre de 1985, un sistema de lagunas encadenadas colapsó tras un periodo de lluvias excepcionales que superó los registros históricos. El terraplén de protección cedió ante la presión de la masa hídrica, iniciando una evacuación de emergencia que cambiaría para siempre el destino de los 1.500 residentes.
El proceso de inundación no fue inmediato, sino una lenta agonía que llevó a que el pueblo quedara sumergido bajo diez metros de agua salada. Durante casi 20 años, las estructuras de las casas, el matadero municipal y los salones de baile permanecieron ocultos, preservados irónicamente por el mismo mineral que les otorgaba su fama turística.
A partir de 2009, un ciclo de sequía prolongado y obras de canalización permitieron que el nivel del lago descendiera, revelando un escenario apocalíptico y fascinante a la vez. Las paredes blancas por el salitre y las calles despejadas mostraron los esqueletos de una ciudad que se negaba a desaparecer por completo del mapa provincial.
Turismo de ruinas y el patrimonio histórico de Adolfo Alsina
El resurgimiento de Epecuén transformó la tragedia en un hito de la cultura popular y el patrimonio histórico nacional. El actual Centro de Interpretación, que funciona en la antigua estación de tren, documenta la vida cotidiana antes del desastre, exhibiendo objetos rescatados del barro que testimonian el estilo de vida de la época.
Uno de los íconos arquitectónicos que sobrevivió parcialmente al embate del tiempo es el Matadero, obra del arquitecto Francisco Salamone. Esta estructura de estilo art déco, con su torre característica, se mantiene en pie como un vigía en las afueras de la zona inundada, atrayendo a fotógrafos y especialistas en arquitectura de todo el mundo.
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La figura de Pablo Novak, el único habitante que decidió regresar a vivir entre las ruinas tras la bajante, se convirtió en una leyenda viviente del lugar. Su presencia en el pueblo fantasma atrajo la atención de documentalistas internacionales, quienes retrataron su soledad en medio de los escombros de lo que alguna vez fue un paraíso vacacional.
El paisaje actual está dominado por el bosque de caldenes muertos, cuyos troncos han quedado completamente blancos debido a la impregnación de cloruro de sodio. Esta estética particular ha convertido a Epecuén en una locación predilecta para la industria cinematográfica y publicitaria, buscando capturar una atmósfera de desolación única.
A diferencia de otras ciudades abandonadas, aquí el silencio es interrumpido únicamente por el viento pampeano y el graznido de los flamencos que habitan las lagunas. El respeto de los antiguos pobladores por el sitio es palpable en cada visita guiada, donde los relatos sobre la identidad perdida se mezclan con la descripción técnica de la catástrofe.
El historiador Gastón Partarrieu, autor de diversas investigaciones sobre la región, señala en sus crónicas que la inundación de Epecuén no fue solo un fenómeno climático, sino también el resultado de una gestión hídrica fallida. Su trabajo destaca la importancia de preservar la memoria colectiva para evitar que el olvido cubra nuevamente a la villa.
En la actualidad, las autoridades de Carhué, la ciudad vecina que absorbió a los desplazados de 1985, gestionan el ingreso de visitantes a las ruinas. Se han establecido senderos seguros para recorrer las manzanas que alguna vez albergaron la panadería de la esquina, el correo central y las piletas de agua termal de los grandes hoteles.
El fenómeno de la "resurrección" de Epecuén ha generado un culto hacia lo que el agua devolvió. Los turistas no llegan ya solo por las propiedades curativas de la laguna, sino por el misterio de un pueblo que fue borrado y reapareció con una fisonomía petrificada, manteniendo intacta la disposición original de sus calles.
La salinidad extrema sigue siendo el motor de la zona, ya que el Lago Epecuén posee minerales que no se encuentran en ningún otro espejo de agua del continente. Esta particularidad química permite que el cuerpo flote sin esfuerzo, una experiencia que los visitantes actuales combinan con la recorrida histórica por el sector de las ruinas.
El impacto visual de las escaleras que no conducen a ninguna parte y las bañeras alineadas al aire libre crea una conexión profunda con el pasado. El artículo de fe de los antiguos residentes es que su pueblo nunca murió, sino que simplemente estuvo bajo un letargo líquido que lo protegió del paso destructivo de la modernidad.
Finalmente, Epecuén se erige como un monumento a la fragilidad humana frente a la naturaleza y a la capacidad de recuperación de una comunidad. Lo que antes fue un drama social es hoy un espacio de reflexión histórica, donde cada piedra cubierta de sal narra la historia de un esplendor que el agua no logró disolver.