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CULTURA / CON MARX O CONTRA MARX
sábado 6 junio, 2015

Ese monstruo tan temido

Al cuidado de Horacio Tarcus, la editorial Siglo XXI acaba de editar una antología de textos de Karl Marx, el padre del socialismo científico, del comunismo moderno y del materialismo histórico. Un autor que no pierde vigencia, porque mientras haya seres humanos que no tengan nada que perder, habrá Marx y marxismo para rato.

por Redacción Perfil

Foto: GET

Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Es una de las frases más famosas de las muy famosas frases de Karl Marx. La escribió en 1845, pero fue publicada post mórtem medio siglo después, luego de que Friedrich Engels la encontrara en un cuaderno de su amigo y colega junto con otras notas a las que llamó las “Tesis sobre Feuerbach”, publicadas como apéndice de su libro Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana.
Sin dudas, el artefacto creado por Marx y Engels dio por tierra con la idea clásica de filosofía y con muchas cosas más. La sentencia funciona como una excelente síntesis del marxismo: volver a interpretar el mundo, como hicieron todos los sistemas filosóficos del pasado, pero de ahora en más apuntando a su transformación. Sería erróneo suponer que no ha habido antes del siglo XIX filósofos “transformadores”: de Platón a Hobbes y de Maquiavelo a Kant, la historia rebosa de ejemplos. Pero en Marx y Engels es mucho más claro el hecho de que cada gramo de pensamiento –de modo materialista, pues el pensamiento tiene peso, volumen y densidad– sea completamente indisociable de una actitud transformadora de las estructuras sociales. Ellos le dieron otro sentido, quizá definitivo, a la palabra revolución e identificaron contra qué se dirige: el capitalismo.
 Sin embargo, no parece que el marxismo sea el horizonte insuperable de nuestro tiempo, como afirmaba Jean-Paul Sartre. Ha pasado mucha agua marxista bajo un puente capitalista que no se ha derribado. Lo que se cayó es el Muro de Berlín y así fue como muchos quisieron que Marx pagara la cuenta de Stalin. Pero el sistema capitalista no triunfa sin más: pasa por sucesivas crisis, las capea, se renueva, se muestra flexible para muchos cambios con tal de ser inflexible en otros. Esto fue lo que dijo justamente Marx, en un contexto de crisis como la de la segunda mitad del siglo XIX en Europa.

Quizá por eso, porque Marx sigue siendo el más importante pensador-transformador de la modernidad, porque su obra y su vida fueron las que obligaron al capitalismo a mutar, la editorial Siglo XXI publica ahora una antología con muchos de los greatest hits de Marx ordenados cronológicamente (las “Tesis sobre Feuerbach”, el Manifiesto Comunista, El 18 brumario de Luis Bonaparte, los tramos iniciales de El capital y La guerra civil en Francia, entre otros), más algunos textos fundamentales para pensar un Marx situado de cara al futuro marxista, como la Crítica al Programa de Gotha y El porvenir de la comuna rural rusa. Según Horacio Tarcus, en su reveladora introducción a su propia selección, esta antología está “destinada no al especialista sino a todo aquel que quiera leerlo” y apunta a encontrar “un Marx más secularizado, menos sujetado a las experiencias políticas y los sistemas ideológicos del siglo XX”.

Transformar el mundo. ¿Podría ser el Marx del siglo XXI un Marx “sin ismos”, como sugiere Tarcus? ¿Debería este nuevo Marx, que es el mismo de siempre, enterrar al marxismo, que era su futuro y ahora sería su pasado? ¿Cuál sería el futuro de Marx sin su marxismo? Es bien cierto que, en medio de las diatribas y persecuciones que sufrió junto a los movimientos políticos que animaba, Marx llegó a decir que no era marxista. Y también es cierto que buena parte de los marxismos del siglo XX se llenó de verdades inconmovibles que fueron más escollos que avances y que le dieron la espalda a su mentor, cuya imagen, al decir de Tarcus, es “más cercana a la del laborioso maestro artesano que pule y corrige su lente, antes que a la de un dios con su visión ilimitada, inamovible e infalible”. Eso correspondía precisamente a un Marx “más secularizado”.
Marx escribió y actuó en una época en la que la revolución parecía al alcance de la mano, como en las comunas parisinas de 1848 y 1871. Se opuso al socialismo utópico porque pensaba que el combate contra el capitalismo no podía llevarse a cabo con ideologías y falsas conciencias, sino a partir de un examen científico de su constitución. Y al hacerlo proyectó una utopía y un sujeto de esa utopía: el comunismo y el proletariado. De allí que uno de los problemas centrales del marxismo a lo largo de su historia fue alcanzar las “representaciones correctas” de la realidad, la conciencia que finalmente se desembaraza de las ideas erróneas que la burguesía hace pasar por las ideas que tiene que tener la sociedad en general.

Esta propuesta de una ideología que no sería tal pues no habría engaño se conecta con otro gran problema del marxismo, y es la relación entre las leyes inexorables de la historia y el papel que cabe para el ser humano en ella. La burguesía va a sucumbir porque las fuerzas productivas terminarán desbordando las relaciones de producción, porque la revolución incesante de los medios de producción se va a volver contra sí misma, según plantea Marx en el “Prólogo a la contribución a la crítica de la economía política”, presente en la antología. Pero, al mismo tiempo, el proletariado tiene que asumir su conciencia de tal como condición de posibilidad para acabar con el capitalismo. Tiene un papel histórico, pero la historia misma parece que puede seguir su curso sin ese papel.
En estos trazos muy gruesos, hasta demasiado simples, se puede ver qué es lo que ha provocado la crisis del marxismo. Por un lado, la transformación incesante de los medios de producción no parece conducir a un derrumbe del capitalismo; al menos no ahora, o quizá la profecía de Marx sea a largo plazo y nos hemos puesto demasiado ansiosos. Por el otro, el sujeto que debía tomar conciencia de estas leyes de la historia para cambiarlas es elusivo, no parece ser el proletariado imaginado por Marx. Y como si todo esto fuera poco, la experiencia soviética y la manera en que estructuró todo el siglo XX no hicieron un gran favor al prestigio del marxismo y le dieron alas a sus críticos, algunos acertados y otros malhadados.
Pero está allí la realidad de las luchas, menos centralizadas y monolíticas que las de antes, así como la evidencia de las crisis cíclicas del capitalismo: dos buenas razones para volver sobre los pasos de interpretar y al mismo tiempo transformar. Cabe la posibilidad de que esas crisis permanentes no sean sólo características propias de una burguesía claramente identificable, ni consecuencia lógica del modo de producción capitalista, sino también el resultado de las luchas políticas de muy diverso orden en todo el mundo. Pudo haber sido así durante el siglo XX y puede ser así en el siglo XXI, con los casos frescos de nuestro 2001 y el de Europa en la actualidad. En ambos casos se da un contexto de crisis, emergen procesos de lucha y se imaginan otras formas políticas, económicas, sociales. Eso es lo que también vio Marx en el siglo XIX. Que el capitalismo pueda salir airoso, aunque transformado, de cada uno de los procesos, que cualquier marxista de la vieja escuela no vea nada trascendental allí, no invalida que las crisis y las luchas puedan ser, en un siglo que apenas ha consumido una década y media, el punto en el que se cruzan los sujetos y las leyes, y se entrelazan el entusiasmo y la paciencia.

Interpretar el mundo. En los últimos años se ha consolidado una distinción en algún punto extraterrestre entre lo marxista y lo marxiano, esto es, entre la consecuencia de asumir la plenitud de la tesis 11 sobre Feuerbach y la perspectiva de tomar a Marx como objeto de estudio limpiado de sus apuestas políticas. Se podría ser marxista sin ser marxiano y marxiano sin ser marxista. Quizá todos los Marx que caben en Marx (el humanista, el científico, el joven, el maduro, el materialista histórico o el dialéctico) se rebelen y digan que, finalmente, siempre serán marxistas porque no se puede interpretar sin querer cambiar lo que se interpreta.
El asunto es si la interpretación ha sido la correcta, no sólo la de Marx sino también la de los marxistas, y ahí entran en juego los marxianos. Uno de los libros de moda es El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty. Allí el economista francés plantea que Marx “fue víctima del hecho de haber fijado sus conclusiones desde 1848, aun antes de iniciar las investigaciones que podrían justificarlas”, y que ello redundó en que no pudo hacer un trabajo tan “científico” como imaginaba. Según Piketty, la acumulación del capital pudo seguir su curso a pesar de las predicciones de Marx por dos factores que él no pudo ver del todo: el incremento constante de la productividad y de los medios técnicos de producción. De allí que varios autores estén planteando hoy que habría que renovar la teoría de la plusvalía, la distinción entre trabajo vivo y trabajo abstracto y la del tiempo de trabajo medible en los procesos de producción que no están limitados, como en el siglo XIX, a la fabricación de bienes durables. Para decirlo en otros términos: ¿hay plusvalía cuando se publica algo en el muro de Facebook? ¿O alguien puede creer que simplemente se está comunicando?
El capital del siglo XXI se ha vuelto muy sinuoso e intrincado para el Marx del siglo XIX. Aquel Marx pensaba, por ejemplo, que la naturaleza era suficientemente pródiga como para que el capital se acumulara de modo infinito, esto es, que el límite a la explotación sería puesto sólo por los seres humanos y no por los recursos primarios mismos de la producción fabril. Hoy se sabe que no es así y quizás el apocalipsis del medio ambiente se adelante al del capitalismo. Marx pudo anticipar que Estados Unidos iba a asumir el mando del mundo a manos de Inglaterra, y hasta pudo albergar la idea de que Rusia podía ser el puntapié de un proceso revolucionario, aun cuando no “cumplía” con los pasos evolutivos del capitalismo industrial, pero no que otro país, muy grande, se inspirara en su vida y su obra para poner en marcha una maquinaria fenomenal que al fin y al cabo se hizo capitalista y se dispone a pedir su turno para el cetro. Y si eso ocurre es porque el capitalismo ha sabido ser tan dúctil como para incorporar las enseñanzas provistas por el propio Marx. Puede ser marxiano sin ser marxista, quizá no en la vieja Manchester pero sí en la moderna Shanghai.

Fascinado por la increíble escritura de este gigante, haciéndose eco de sus palabras, Piketty dice que “una vez constituido, el capital se reproduce solo, más rápidamente de lo que crece la producción. El pasado devora al porvenir”. Y también: “Quienes tienen mucho nunca se olvidan de defender sus intereses”. Mientras haya seres humanos que no tengan nada que perder, ni siquiera sus intereses, entonces habrá Marx y marxismo para rato. El fantasma seguirá recorriendo el mundo.

 

Extracto de ‘El 18 brumario...’

Karl Marx

Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caussidière por Danton, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío. ¡Y la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del 18 Brumario...!
Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República Romana y del Imperio Romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí a 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal (…).
La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el p asado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el contenido; aquí, el contenido desborda la frase (pp. 150-154).


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