La vida, la muerte y las cosas sin decir. Los que se van y los que se quedan. Sobre ese núcleo, tan profundo como intenso, el director Juan Cabral construye Risa y la cabina del viento, un drama protagonizado por la pequeña Elena Romero (10), acompañada por Julieta Cazzuchelli -más conocida como Cazzu- en su debut actoral, y Diego Peretti en un papel central.
Lejos de quedarse en la superficie de una historia sobre el duelo, la película se propone meterse en la mente de sus personajes, en sus angustias, en sus bloqueos y en aquello que los frena para avanzar. En ese recorrido, aparecen el vínculo entre una madre joven y su hija, la depresión, el paso del tiempo y el peso de los recuerdos, en un relato que se mueve con naturalidad entre lo cotidiano y lo fantástico.
La trama se articula desde la mirada de Risa, una niña de 10 años que pierde a su padre en un incendio en Tierra del Fuego. A partir de ese hecho, descubre una cabina telefónica fuera de servicio que, misteriosamente, le permite comunicarse con almas del más allá. Ese espacio se convierte en un umbral entre mundos, donde los muertos esperan cerrar asuntos pendientes antes de partir definitivamente.
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Con esa premisa, el film -que se estrena en cines este jueves 16 de abril- construye un clima que por momentos asfixia y por otros conmueve. En ese vaivén, alterna entre la ternura, el humor y un nudo constante en la garganta, con canciones de Babasónicos que acompañan el recorrido emocional y un paisaje fueguino que se vuelve parte de la historia.
Entre la vida, la muerte y las cosas sin decir: de qué trata “Risa y la cabina del viento”
Todo comienza cuando Risa encuentra una cabina telefónica que sobrevivió a un incendio ocurrido una década atrás, en el que murieron 140 personas. A simple vista parece abandonada, pero la gente hace fila para usarla, convencida de que a través de ese teléfono puede comunicarse con sus seres queridos fallecidos. Sin embargo, nadie obtiene respuesta y solo Risa logra escuchar del otro lado.
A partir de ese hallazgo, la niña, acompañada por su hámster Kuro -que aporta momentos de distensión y también funciona como una proyección de su mundo infantil- comienza a ayudar a esas voces del más allá a resolver asuntos pendientes con quienes siguen vivos. Ese intercambio establece una lógica particular, en la que cada historia se convierte en una pieza más de un relato mayor atravesado por la pérdida.
“¿Por qué tenemos que morirnos?”, pregunta Risa en un momento a Esteban, el personaje de Peretti, condensando así el conflicto central de la película: la imposibilidad de comprender la muerte y la necesidad de encontrar formas, ya sean reales o simbólicas, de seguir conectados con quienes ya no están.

En ese recorrido, Esteban, un hombre solitario atravesado por su propia tristeza, construye con la niña un vínculo tan improbable como necesario. Peretti, fiel a su estilo, vuelve a destacarse en este papel introspectivo: “A mí los personajes solitarios, que están ya en una edad madura, elaborando el tema de la despedidas y la muerte es algo que me toca. Es una zona muy poética y reflexiva”, sostuvo en la función de prensa de la que participó PERFIL.
Por su parte, Elena Romero, en su primer protagónico, sorprende por su capacidad para sostener el tono del film. Con apenas 10 años, logra transmitir esa mezcla de curiosidad y tristeza que atraviesa a Risa a lo largo de toda la película. Mientras que Cazzu, aunque con menor presencia en pantalla, aprovecha sus escenas para construir un personaje que dialoga con la cotidianeidad de muchas madres jóvenes.
En la presentación, la cantante explicó cómo sintió su debut actoral: “En un momento muy particular de mi carrera, en el que estoy volviendo al ruedo, aparece este proyecto que en principio implicaba invertir tiempo en un terreno desconocido y sin certezas, pero aún así había algo muy fuerte que me atraía. Desde la primera lectura sentí una especie de hipnosis con el guión y supe que no me iba a poder librar de esto, que iba a terminar haciéndolo, y así fue”.
El elenco se completa con la participación de Joaquín Furriel, que aparece hacia la segunda mitad del film en un rol breve pero clave para el desarrollo emocional de la historia. También se suman Graciela Borges, Fabián Casas y Gustavo Garzón, que aportan distintas capas a ese universo atravesado por la pérdida.
En ese sentido, el guión de Pablo Minces y Juan Cabral construye un entramado que oscila entre lo cotidiano y lo surrealista, apoyado en esas interpretaciones. Si bien por momentos algunos diálogos pierden naturalidad, la película logra sostener una atmósfera que invita al espectador a dejarse llevar por su propia lógica emocional y simbólica.
“La película propone ideas en cada escena, que invitan a que el espectador se las lleve consigo, y buscan generar emociones que van más allá de las palabras. Como sucede con ciertos libros o canciones, que no se pueden explicar en una solapa simplemente, pero que acompañan y dejan una marca”, explicó el propio Cabral durante el encuentro.
Babasónicos y el fin del mundo como paisaje emocional del relato
Uno de los elementos más distintivos del film es su construcción sonora con canciones de Babasónicos. Temas como “Gratis”, “Putita”, “Mareo”, “Zumba”, “Caliente” y, naturalmente, “Risa” -nombre de la protagonista y título de la película- funcionan como una columna vertebral que organiza y potencia la progresión dramática, aportando capas de sentido que dialogan con lo que ocurre en pantalla.
“Cuando empiezo a escribir la película aparte de poner canciones, se me ocurre poner una banda que el padre escuche y digo ‘me parece que tiene que ser Babasónicos’. Y bueno tiene un tema que se llama Risa y ahí como que todo estaba conectado”, señaló Juan Cabral en la conferencia de prensa de la que participó PERFIL, y agregó: “La música de Babas crea unos climas muy particulares”.

Pero si hay otro protagonista silencioso es el paisaje. Filmada en Tierra del Fuego, con locaciones en Ushuaia, la película encuentra en ese territorio un componente narrativo central. El viento, el frío y la geografía extrema acompañan el tono de la historia. “Arrancamos en Japón, pasamos por Nuevo Orlean, habíamos incluso casteado locaciones, pero paso por Tierra del Fuego y me reclama la película”, explicó el director.
En esa línea, la fotografía se destaca por una puesta en escena que combina planos detalle impecables, con la amplitud y belleza de los paisajes fueguinos, junto a un uso preciso de la luz y el encuadre. La cercanía y la distancia de cámara en los momentos de mayor y menor tensión, sumadas a una posproducción dominada por tonos oscuros y fríos, construyen una estética desolada que refuerza el clima emocional del relato.
Durante la conferencia, Cazzuchelli también subrayó el peso del entorno en la construcción de sentido. “Sumo como personaje a Tierra del Fuego porque hay algo ahí, suena obvio, pero es Tierra del Fuego, es el fin del mundo”. A lo que Cabral agregó: “Fin del mundo, Ushuaia, es medio como donde todo termina”, en sintonía con ese cruce constante entre la vida y la muerte que atraviesa la película.

Por su parte, Diego Peretti destacó la experiencia del rodaje y el clima de trabajo que se generó durante la filmación. “Al convivir durante un mes y medio en un lugar tan particular como Ushuaia, se formó una especie de familia enfocada en contar una historia profundamente poética, todos poniendo el corazón, la profesionalidad y la dirección de Juan, que hizo que el proceso fuera muy disfrutable”, señaló.
La historia real de “Risa y la cabina del viento”
La película se basa en la historia real del "teléfono de viento" en Japón. Se trata de una cabina instalada en 2010 por Itaru Sasaki en su jardín, en la ciudad de Ōtsuchi, luego de la muerte de un familiar cercano. Allí colocó un teléfono desconectado con la idea de poder “hablar” con él, no a través de una línea, sino dejando que sus palabras fueran llevadas por el viento.
Un año después, tras el terremoto y tsunami de Tōhoku de 2011 que dejó miles de víctimas, ese lugar dejó de ser íntimo para convertirse en un sitio de duelo colectivo. Cientos de personas comenzaron a acercarse a la cabina para comunicarse simbólicamente con sus seres queridos fallecidos. Con el tiempo, se transformó en un ritual compartido que atravesó generaciones y llegó a recibir decenas de miles de visitantes.
Cabral retomó esa idea y la reconfiguró en clave cinematográfica. “El proyecto arranca con una cabina en Japón… la gente empezó a ir a ahí a descargarse y eso existía”, explicó en conferencia de prensa, y agregó: “Un amigo tenía una especie de guión animado y ahí pensé que podía ser una película, porque desde la realidad se puede construir algo más potente”.
En este sentido, la película también dialoga con una sensibilidad cercana a ciertos universos del cine asiático y del animé. El propio Cabral lo definió así. “Es una especie de animé patagónico. Con Juli hablamos mucho de esas películas que nos gustan, tipo animé de Studio Ghibli, o las Aventuras de Chihiro”, señaló durante el encuentro con la prensa.
El resultado es una obra que, aun con algunas irregularidades narrativas, intenta correrse de los márgenes habituales del cine local para construir un relato que combina lo íntimo con lo fantástico, evitando quedar encasillado en la etiqueta de “realismo mágico” y buscando abrir una conversación que trascienda la pantalla. En palabras del director: “Ojalá esta historia pueda llegar a la mayor cantidad de personas, porque aborda rincones que normalmente no siempre se hablan”.
Risa y la cabina del viento se estrena este jueves 16 de abril en cines y llegará a Netflix un mes después, tras un recorrido internacional que incluyó el premio a Mejor Película Joven en el Stockholm International Film Festival Junior y los galardones a Mejor Película y Mejor Director en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, además del premio del público en el Festival La Fiesta del Cine de Francia.